El contenido del discurso pronunciado por el presidente Trump ante el legislativo fue notable por distintas razones. Sin embargo, quizá lo más relevante es que apenas deja espacio a los demócratas para maniobrar.

En primer lugar, estaban los aspectos que mal pueden contradecir los demócratas. Comenzando por las menciones al mes de Historia negra y los atentados contra centros judíos –¿quién podría rechazar esas referencias?– Trump fue desarrollando toda una visión de futuro que se proyecta hacia la creación de millones de empleos, la mejora de unas infraestructuras que ya se comparan mal con las existentes en naciones como China, el regreso de empresas a Estados Unidos, el aumento del gasto militar para mantener la dirección estadounidense de la política mundial, la preservación de la NATO, pero repartiendo más equitativamente los gastos, la lucha contra los cárteles de la droga y la eliminación de la amenaza islámica especialmente encarnada en ISIS.

Guste o no la manera en que se articulen esos objetivos no veo manera de que los demócratas se puedan oponer a ellos. De hecho, algunos de los aspectos fueron aplaudidos por personajes tan como sospechosos de simpatizar con los republicanos como Elizabeth Warren o Bernie Sanders. Tiene una enorme lógica que así sea. ¿Acaso los demócratas pueden pretender que Estados Unidos pierda su hegemonía o no derrote al terrorismo islámico o no modernice sus infraestructuras?

En segundo lugar, se hallan aquellos objetivos que pueden desagradar a los demócratas, pero que tienen no escaso apoyo popular. ¿Son favorables millones de estadounidenses a una frontera más segura con México? Sin duda. ¿Prefiere la mayoría de los ciudadanos de este país una inmigración selectiva a las oleadas de inmigrantes ilegales de escasa cualificación laboral? Por supuesto. ¿Piensa un sector considerable de la población de Estados Unidos que los tratados con otras naciones son mejores que un acuerdo global de libre comercio? Con razón o sin ella, así es. ¿Está convencido el ciudadano de a pie de que paga demasiados impuestos en relación con lo que recibe? Cuesta mucho negarlo. ¿Preferirían los contribuyentes un sistema de sanidad mejor que el Obamacare? Naturalmente. Los demócratas no pueden aceptar todos esos impulsos de gobierno, pero la oposición a ellos tendrá un coste considerable.

Finalmente, están las omisiones del discurso de Trump que los demócratas pueden intentar suplir. Así, pueden insistir en financiar la industria del aborto cuyo símbolo más importante es Planned Parenthood. Sin embargo, esa industria ha tenido un enorme costo no sólo para el contribuyente sino para la demografía y el futuro de Estados Unidos.

Sólo el número de afroamericanos abortados desde los años ochenta ha sido de dieciocho millones, nada menos que el triple de la cifra pavorosa de judíos muertos durante el Holocausto. Los demócratas pueden insistir también en levantar la bandera de los lobbies gay, pero los homosexuales no superan el 1 por ciento de los varones y el 0.5 de las mujeres en Estados Unidos. Su número de votos es más que dudoso que supere al de los partidarios de la familia natural.

También pueden excitar el ardor de los ambientalistas, pero ¿sus partidarios son más que aquellos que encontrarán o mejorarán sus empleos en las distintas industrias energéticas? Es dudoso. La figura de Trump seguirá previsiblemente siendo objeto de controversia, pero la situación de la oposición no es fácil porque, tras escuchar las palabras de Trump ante el legislativo: ¿qué discurso les queda ahora a los demócratas?

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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