¿Qué está pasando en Cataluña? (I)
Desde hace años, Cataluña – la región más corrupta de Europa occidental – se ha convertido en una úlcera que amenaza la integridad territorial de España y la permanencia de su sistema constitucional.

Desde hace años, Cataluña –la región más corrupta de Europa occidental– se ha convertido en una úlcera que amenaza la integridad territorial de España y la permanencia de su sistema constitucional.

Dado que en las últimas horas, los nacionalistas catalanes han cercado a la Guardia civil en sus cuarteles, han asaltado violentamente edificios de la administración de justicia y de Hacienda, han señalado a los disidentes con métodos propios del nazismo y las autoridades catalanas persisten en anunciar que celebrarán un referéndum independentista ilegal resulta obligado preguntarse qué está pasando. La propaganda nacionalista catalana insiste en hablar de una opresión española.

La realidad histórica es exactamente la contraria: el conjunto de España lleva siglos padeciendo la explotación y el expolio de las oligarquías catalanas.

Fue el novelista francés Stendhal uno de los que lo comprendió ya a inicios del siglo XIX cuando afirmó que unos minutos pasados en el puerto de Barcelona bastaban para entender todo: las oligarquías catalanas querían ser las únicas que vendieran sus productos en España e impedir que lo hiciera nadie más.

Esa posición ha tenido durante siglos pésimas consecuencias. Cataluña logró imponer, mediante una red de corrupción y clientelismo, una política arancelaria favorable a su industria y perjudicial para el resto de España.

Los textiles catalanes, por ejemplo, eran pésimos, pero se impusieron en el mercado nacional al impedirse la entrada de productos extranjeros mejores y más baratos.

El resultado fue que Cataluña tuvo una industria no competitiva, de invernadero, que se mantenía porque se impedía la libre competencia; segundo, el resto de España sufrió las represalias extranjeras a la hora de exportar en respuesta a los aranceles favorables a Cataluña y tercero, la modernización y el libre mercado se vieron extraordinariamente dificultados en España.

Semejante trato de favor a Cataluña se mantuvo incólume con la monarquía, la segunda república, el franquismo y los inicios de la democracia con un respaldo directo y añadido de una iglesia católica que respaldó al nacionalismo catalán como manera de evitar que un estado español fuerte y liberal pudiera limitar sus privilegios de siglos.

Esta suma terrible de injusticias históricas se vio seriamente amenazada por la entrada de España en la Unión Europea.

Por un lado, la apertura de fronteras impidió mantener los aranceles en favor de Cataluña; por otro, la política corrupta y clientelar del nacionalismo catalán dirigido por Jordi Pujol necesitaba fabulosas cantidades de dinero para seguir en pie. La posición del nacionalismo catalán fue ir forjando un estado dentro del estado que no sólo contaba con más competencias políticas que las de los estados federados en un estado federal sino que además depredaba los ingresos de España en beneficio propio a la vez que impedía la enseñanza del español y desobedecía todas las resoluciones judiciales que no eran de su agrado. El coste salvaje del nacionalismo –muy superior al de naciones enteras– y de su corrupción provocó ya dificultades a finales del siglo XX.

Precisamente, por eso, el nuevo estatuto de autonomía de Cataluña de inicios del siglo XXI –un estatuto abiertamente inconstitucional– pretendía convertir a España en un protectorado que Cataluña podía saquear a voluntad. No fue suficiente. Actualmente, Cataluña se lleva ahora el sesenta por ciento del Fondo que debe atender a diecisiete comunidades autónomas en España; debe más de cincuenta mil millones de euros a la administración española y tiene una deuda pública con una calificación inferior a la de naciones africanas. Con todo, el nacionalismo catalán ha decidido ir hacia la independencia. ¿Por qué? De ello, hablaré en la próxima entrega.