Las calles de Venezuela han sido tomadas por el coraje de los ciudadanos. Como bien han advertido algunos analistas, la lucha en contra de la dictadura se está produciendo, de forma simultánea, en más de cien ciudades, de distinto tamaño. No hay región donde esto no esté ocurriendo. En la mayoría de los casos, los ciudadanos salen a la calle atendiendo al llamado de sus dirigentes. Pero también hay casos, que son el resultado de la propia iniciativa: ya tenemos en Venezuela, como ocurrió en Praga o en la Polonia de Lech Walesa, comunidades de protesta, grupos de ciudadanos cuyo punto principal de afinidad es ejercer el derecho a protestar.

Deben ser cientos de miles los videos y fotografías que se están haciendo día a día. Los ciudadanos, propietarios de esas imágenes fijas o en movimiento, deben archivarlas, protegerlas en la nube, enviarla por correo electrónico, compartirlas con personas de su confianza. Constituyen un tesoro, no solo para reconstruir los hechos. También serán valiosas pruebas para la acción de los tribunales. Las protestas deben seguir, y cada una de ellas debe ser documentada.

Si algo tienen en común la mayoría de los videos y fotografías que están circulando por redes sociales y medios de comunicación, es que hacen patente un contundente fenómeno: la pérdida del miedo durante las protestas. Es posible que el miedo esté presente, no lo dudo. Pero es evidente que quienes protestan, lo superan. El miedo no les impide salir a la calle y resistir los embates de los organismos encargados de represión: la alianza entre colectivos, policías nacionales y guardias nacionales, bajo el mando de Reverol y Padrino López.

Contestar a la pregunta de cómo ha sido posible que los ciudadanos hayan logrado superar el miedo a protestar, no es sencillo. Un factor potente, es sin duda, el hartazgo del régimen. Venezuela es un país unido alrededor de un sentimiento de repulsa ante Maduro y su corte. Es posible que, como dice una vieja idea de la política, mucha gente haya llegado a la conclusión de que ya nada tiene que perder y sí un futuro por conquistar, si contribuye a la restitución de sus derechos. Es posible que las imágenes que muestran la acción unitaria de Henrique Capriles, Freddy Guevara, Henry Ramos Allup y María Corina Machado, entre otros, sea un aliciente significativo.

Lo más probable es que no haya una sola explicación, y que sean muchos los factores concurrentes. Pienso que lo más importante es esto: se ha producido un salto cualitativo, la comprensión de que no hay regreso. Hay un sentimiento nacional, que permea a todas las capas y sectores de la sociedad, de que Maduro y su banda son ilegítimos. El país siente que su presencia en el poder es inaceptable, inviable para una sociedad que no acepta que se le pretenda imponer, por tiempo indefinido, una política de hambre, enfermedad y muerte, con la complicidad de los poderes públicos y el Alto Mando de las fuerzas armadas. Ese sentimiento de ya basta, de no más, de punto final, es el que se está expresando en las calles. Los ciudadanos demócratas tienen miedo, pero eso no les paraliza. El miedo es la fuerza que los impulsa a seguir adelante. Como dice una joven a un periodista: “salí a marchar porque tengo miedo, miedo a la destrucción de mi país”.

Al miedo movilizador y ciudadano de los demócratas, se le opone el miedo represor del poder. El lector debe entender esto: Maduro y su banda están aterrorizados. Saben que tienen los días contados. Saben que en cualquier proceso electoral serían derrotados. Violan la Constitución porque la presión de los narcotraficantes es poderosa. Tienen miedo, pero es un miedo distinto: tienen las armas, las bombas lacrimógenas, los helicópteros con francotiradores, los malandros en moto a las órdenes de Diosdado Cabello.

Están armados hasta los dientes y tienen la promesa del Alto Mando Militar. ¿Y entonces, que los atemoriza? La sensación de que el final es inminente. Saben que, más temprano que tarde, serán derrotados. Deténganse en el rostro de Maduro o el de Cabello cuando miran de frente a las cámaras: son hombres derrotados. El odio que irradian, es el del miedo. Odian a los que protestan. Odio al país. Odio a los camaradas que les preguntan hasta cuándo. Odian a los opositores. Pero sobre todo, se odian entre ellos mismos. Esos odios internos potencian el miedo.

Todos en el PSUV y en el alto poder tienen en el doble juego de la diplomacia cubana, su tema de estos días. Repiten que los cubanos, por una parte, ordenan a Padrino López, reprimir; y que por la otra, han asegurado en Estados Unidos, que el límite de maduristas que serán recibidos como exilados en Cuba, es de cien. No más. Todos sacan cuentas: cien suman apenas tres familias: los Maduro, los Flores y los Chávez. La pregunta que todos se hacen: ¿Y los demás? Lo dice un diplomático cubano activo: nosotros, por agradecimiento a Chávez, podemos recibir a Alí Babá, pero no a los cuarenta ladrones.

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