Este mes se han cumplido los quinientos años del inicio de la Reforma protestante. Se tenga la opinión que se tenga de ese acontecimiento, la realidad es que su importancia histórica es trascendental y marcó una clara diferenciación religiosa y social entre las naciones que abrazaron la causa de la Reforma –como fueron los antepasados de los Padres fundadores– o la de la Contrarreforma, como fue el caso de España y de su imperio.

La Reforma implicó basar la vida espiritual en la Sola Escritura liberándose de las tradiciones medievales; colocar a Solo Cristo en el centro apartando la pléyade de mediadores aparecidos en el medievo y proclamar la salvación como fruto de la Sola gracia y amor de Dios y no como algo que puede ser adquirido, merecido, ganado e incluso comprado. Además la Reforma también impulsó, partiendo de la lectura de la Biblia, fenómenos inexistentes en la Europa contrarreformada.

La Reforma impulsó una cultura bíblica del trabajo considerado como una actividad de enorme dignidad; abrió la primera escuela gratuita, obligatoria y pública de la Historia ya en 1536; estableció una cultura económica y financiera aún en parte inexistente en el mundo católico; desencadenó la revolución científica que todavía aprovechamos –de 1901 a 1990, el 64 por ciento de los premios Nobel de ciencias fueron protestantes– implantó la separación de poderes dando lugar a sistemas democráticos como el británico o el norteamericano; impuso la primacía de la ley como parte indisoluble del sistema jurídico y desterró concepciones como la de que el hurto o la mentira –los dos pilares esenciales de la corrupción– son meros pecados veniales.

Que Carlos III tuviera que decretar en 1783 que el trabajo no era deshonroso legalmente, que España no contara con un banco digno de tal nombre hasta la segunda mitad del siglo XVIII, que las primeras leyes educativas de España, Portugal y las repúblicas hispanoamericanas se promulgaran –con encarnizada resistencia de la iglesia católica– ya avanzado el siglo XIX, que las naciones hispanas sólo hayamos contado con tres premios Nobel de ciencias –uno ya en Estados Unidos–, que sigamos pensando que es lícito votar a políticos embusteros o que no es tan grave llevarse material del trabajo o hurtar las toallas de un hotel son fruto directo de que España y las naciones que de ella se emanciparon se quedaran en el campo de la Contrarreforma y no de la Reforma.

Añadan además el testimonio continuado de No es poco costo. Quizá a quinientos años del inicio de la Reforma sería el momento de asumir los valores bíblicos que entonces, para terrible desgracia propia, rechazaron nuestras amadas naciones.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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