Vuelvo la mirada atrás. Me asalta la imagen de mis encuentros, que son varios, con los golpistas detenidos del 4F. Suman centenares, entre oficiales subalternos y suboficiales. La víctima, Carlos Andrés Pérez, quien me ha pedido esa gestión siendo yo juez de la Corte Interamericana, en un gesto de magnanimidad que a todos confunde, decide perdonarlos y enfrentar el fondo de la crisis, sin distraerse en los traspiés. Pero lo tumban y la tarea queda en manos de sus sucesores, antes de que el cabecilla de la felonía llegue al poder, Hugo Chávez.

Situados ante mí, en postura desgarbada, desafiantes de toda disciplina, sobrados, los golpistas desgranan sus excusas. Y me equivoco al presumir antes que los empuja a la aventura el anuncio del mismo Pérez, de su eventual arreglo con Colombia sobre las aguas del golfo. No visualizo, allí, lo que el propio Presidente me dice e intuye: ¡Están penetrados por Bandera Roja y extremistas de la izquierda!

La memoria aún me es fiel.

Uno de los muchachos se me queja de no poder visitar a su familia los fines de semana libres, pues le obligan a repartir vasos de leche por órdenes de políticos “corruptos”; a lo que agrega otro que la cuestión es el abuso de sus superiores, quienes los usan de cachifos o choferes y hasta han de calarse los gritos de sus mujeres. “En la academia nuestros anaqueles no requieren de candados, pues ningún cadete roba a su compañero”, ajusta un tercero al comentar que el Alto Mando les da un ejemplo contrario. “Son unos corruptos nuestros generales”, espetan a coro.

La cuestión no queda allí. Hablamos de temas geopolíticos, sobre las relaciones nuestras con el Palacio de Nariño. Les cuento sobre el largo proceso de nuestros desencuentros fronterizos y quedan pasmados, pues creen que revelo cuestiones tan secretas que ellos mismos no conocen y ningún superior les detalla; siendo que apenas hago crónica coloquial de lo que informa la prensa cotidiana.

Uno de los alzados - no retengo su cara, pero revivo sus ademanes violentos y la acusación gruesa que vierte – grita: ¡Han prostituido al Palacio de Miraflores con sus amantes y humillado a los edecanes!

Me despido sin dejarme atrapar por el ambiente febril. Trato de hacer gala de mi experiencia, recordando los primeros días de cada año lectivo en la universidad, cuando la primera tarea que se nos impone a los profesores es domar a quienes inician el curso y como perros marcan sus territorios. El trato, al término, es cordial. Hasta me detengo alguna vez para almorzar con ellos, en sus mismas viandas.

Han pasado casi 25 años desde entonces. Y esa vuelta hacia atrás para calibrar el presente me causa asco, como a todo venezolano a quien le duela la patria. Una mayoría de los golpistas – otros en buena hora abandonan el barco de la ignominia – ha secuestrado el cuerpo del Estado y lo horada hoy como el cáncer, cuando hace metástasis. Mucha agua ha corrido desde aquel día en que los enfrento en las dependencias de Fuerte Tiuna o la Escuela de Geografía, y queda una lección de historia que los venezolanos hemos de aprender: Los sueños que nacen de arrebatos, con tontos útiles de ocasión, terminan en tragedias y pesadillas.

Superadas las complicidades de los gobiernos que se beneficiaron de la riqueza venezolana mal habida y desnuda la vulgaridad de su dispendio, encontrándose nuestra nación tan empobrecida como Haití, escandalizan ahora quienes se dicen escandalizados por los juicios de narcotráfico a miembros de la familia presidencial Maduro-Flores o por la condición de capo criminal del segundo hombre al mando del país, declarada, recién, por la Secretaría del Tesoro norteamericana.

Nada se dijo cuando Chávez, en 1999, firma un modus vivendi con la narcoguerrilla colombiana o, en 2010, cuando provoca una crisis diplomática con el gobierno de Uribe, que le acusa ante la OEA de proteger al terrorismo. Hubo silencio cuando Obama, en 2015, declara a Venezuela “amenaza para la seguridad nacional” y ordena sanciones contra generales y altos cargos civiles, antes de que el Departamento de Estado le proponga un diálogo a Nicolás Maduro, facilitado por Thomas Shannon.

Las preguntas pendejas se me atragantan: ¿Qué pasó con los jóvenes que empuñaron sus armas para desafiar al deshonor y las corruptelas, para reclamar el trato de peones que les daban los políticos de la democracia, y esta vez, envejecidos, barrigones, ponen rodilla en tierra para defender al narco-régimen terrorista que nos queda como herencia vil? ¿No reparará el general Padrino, más allá de sus debilidades afectivas por el entorno palaciego o las confusiones ideológicas acerca del imperialismo, que se trata de un grave dilema moral que daña a Venezuela, a sus ciudadanos de uniforme, y que mata de mengua a toda la población?

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