Con más de veinte millones de habitantes, Shanghai es la ciudad más importante de China desde ya hace más de un siglo. Sin embargo, lo más relevante es que, a día de hoy, constituye el símbolo más acertado de la nueva China, la que camina con paso firme hacia la meta de convertirse en la primera potencia mundial.

El despegue de esta prodigiosa urbe estuvo vinculado a un episodio trágico. En 1842, una flotilla británica agredió a la ciudad –que ya tenía un cuarto de millón de habitantes– y forzó a China a firmar el Tratado de Nanjing. El imperialista texto sometía a la nación asiática a pagar 21 millones de dólares de plata, a ceder Hong Kong y a aceptar unos aranceles bajos para los productos extranjeros así como la apertura de cinco puertos, entre ellos Shanghai. Fue sólo el inicio. Inglaterra quería el té y la seda de China, pero no tenía, realmente, nada que interesara a los chinos así que decidió que la droga solucionaría esa diferencia en la balanza de pagos.

Naturalmente, China intentó resistir la entrada masiva de opio, pero no pudo enfrentarse con las cañoneras de Su Majestad. Como suele suceder en estos casos, la nación invadida por el narcotráfico se cuarteó. Mientras las autoridades se veían incapaces de frenar la importación de la droga, no pocos chinos colaboraban con las redes del tráfico británico y cuando ni esto funcionaba, flotillas de cañoneras llegaban a nuevos puertos con la carga.

Finalmente, la guerra estalló y, como era de esperar, China la perdió. El impacto que eso tuvo sobre Shanghai fue impresionante. La ciudad creció con fumaderos de opio, con nuevos barrios extranjeros, con prostíbulos, con casas de juego y, curiosamente, con la apertura de iglesias. En las décadas siguientes, Shanghai se convertiría en la urbe más relevante del Pacífico oriental.

En Shanghai, Sun Yat-sen llamaría a la creación de una nueva China; el partido comunista nacería e intentaría tomar el poder hace ahora noventa años; el cristianismo se extendería espectacularmente de la mano del evangélico Watchman Nee y, por supuesto, el imperio japonés se haría sentir en toda su crueldad.

Cuando se tiene en cuenta todo este tipo de situaciones se puede entender Shanghai y, a la vez, se queda uno fascinado al contemplar su evolución histórica. Dotada de una hermosura especial que deriva de la combinación de una modernidad en nada inferior a la de Nueva York con la conservación del exquisito clasicismo chino, Shanghai se ofrece al viajero como un producto de ese espíritu de conciliación armoniosa. Los grandes edificios de multinacionales se entrelazan amorosamente con pequeños comercios de té, seda y porcelana. Los elegantes restos del barrio francés están pespunteados de monumentos nacionales e incluso nacionalistas como el hogar de Sun yat-sen. Los colores rojos de la revolución comunista se yerguen más orgullosos que en ninguna parte del mundo sobre las torres de los bancos. Sin embargo, nada lesiona a lo opuesto; nada aparece menoscabado; nada es borrado del mapa por lo contrario. Todo se conjunta, se suma, se superpone, se abraza para dar un resultado que aquieta el malestar, que serena el corazón, que suaviza incluso el calor opresivo de este verano chino.

Si bien se reflexiona, da la sensación de que no hay opuesto alguno que China no pueda ahora fundir en beneficio propio. Shanghai, histórica y tradicional, vanguardista y mercantil, es buena prueba de ello.

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