A estas alturas de la Historia, nadie se atreve a cuestionar la democracia. No es que todos crean en ella porque no hay más que ver los planes de algunos para ver que la democracia y ellos son como el agua y el aceite. Con todo, el Irán de los ayatolas se presenta como una verdadera democracia con elecciones regulares y adefesios políticos, como el chavismo, se ufanan de ser la verdadera democracia. La única excepción a ese tributo que hasta los regímenes totalitarios rinden hoy en día a la democracia como sistema es China.

Como si sus libros de cabecera fueran las obras de Jenofonte y Platón, ferozmente críticas de la democracia ateniense, los chinos afirman con orgullo que la democracia es un régimen sin pies ni cabeza. Según su versión, lejos de permitir que los más aptos, los más cualificados, los mejores sean los que rijan los destinos de la nación, la realidad es que, al fin y a la postre, cualquier cretino puede llegar a ser presidente. Por añadidura, insisten en que la demagogia resulta imposible de separar de la democracia lo que tiene como consecuencia directa que se adopten medidas que perjudican enormemente al conjunto de los ciudadanos y que erosionan fatalmente el sistema. Finalmente, esa democracia, en lugar de buscar el bien común, se pierde en el enfrentamiento estéril, si es que no criminal, de los partidos.

Hasta ahora todo ese tipo de críticas podía ser rechazado mediante un gesto desdeñoso indicando que, además de sus virtudes innegables, las democracias llevaban a vivir mejor. Bastaba señalar Cuba o Corea del Norte y el argumento se mantenía de manera contundente. Hoy en día, semejante afirmación ya no se sostiene con tanta facilidad. El nivel de prosperidad potencial de los chinos no es inferior al de Occidente y, en general, supera al de Hispanoamérica, África y el resto de Asia con la excepción de Japón. Por añadidura, su futuro es más prometedor, sus impuestos son más bajos y sus limitaciones a la libertad de expresión – suponiendo que les quite el sueño que no parece ser el caso – cada vez son menores si se examinan en comparación algunas normas impulsadas por determinados lobbies en Occidente. En cuanto a las infraestructuras, Trump tenía toda la razón al señalar que han superado en no pocos casos las que podemos contemplar viajando por Estados Unidos. Es verdad que durante mi última estancia en China por dos veces los hackers – imagino que no serían rusos - intentaron adentrarse en mi ordenador y que me resultó imposible acceder a Facebook o a Google. No es menos cierto que los partidos políticos resultan impensables en China. Pero – insisto en ello – no parece que, en general, esas circunstancias les preocupen especialmente a los chinos.

Para mediados de este siglo, todo parece indicar que el enfrentamiento ideológico no se dará entre la democracia liberal y próspera y el comunismo miserable y liberticida. Será entre una democracia que muestra considerables dificultades para atender a los ciudadanos por encima de los intereses de ciertos lobbies – ésa ha sido la principal razón de la victoria electoral de Trump – y un despotismo de élites como el chino. Ese sistema no busca, como las dictaduras comunistas de antaño, exportar la revolución, sino que se ha entregado, con bastante éxito, a traer la prosperidad material, la estabilidad familiar, la paz social y los impuestos bajos. Ciertamente, es para reflexionar porque no se trata de un pequeño desafío para nuestro sistema.

CONTINUARÁ

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