La investigación que dirige el fiscal especial Robert Mueller, sobre la posible injerencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016, está tomando nuevos rumbos, lo que podría complicar el futuro del Presidente Donald Trump.

Y es que en lugar de enfilar los esfuerzos para encontrar evidencia sobre una presunta colusión entre el equipo electoral de Trump y los rusos, Mueller -según las nuevas filtraciones de información- está investigando también al Presidente por una posible obstrucción de justicia, luego de que intentó detener la investigación inicial del FBI sobre la sospechosa conexión de su asesor de seguridad nacional Michael Flynn con Moscú.

Ante este giro de los acontecimientos y desde el punto de vista de Trump, es fácil entender por qué siente que el establishment de Washington está siendo hostil y trata de ponerlo contra las cuerdas.

No debe sorprender entonces que haya decidido echar mano de su equipo legal para defender su posición.

Suponiendo que el Presidente tuviera razón y la acusación de connivencia rusa es una historia fabricada -a pesar de que algunas figuras cercanas a su entorno tuvieron contacto con el embajador ruso en Washington durante la campaña electoral, ¿quiere entonces esto decir que la investigación de Mueller es una cacería de brujas?

A juzgar por la cobertura mediática, no se ha considerado en serio la eventualidad de que Trump pudiera estar diciendo la verdad y que cuando la investigación termine, tal vez concluya que no hay evidencia alguna de complicidad. En otras palabras, no se le ha dado el beneficio de la duda a Trump.

Jack Comey, quien fue despedido de su cargo como director del FBI, por el propio Presidente, sugirió incluso esta posibilidad cuando dijo en una ocasión que personalmente no tenía ninguna evidencia de conspiración entre el equipo de campaña de Trump y los rusos.

Si las pesquisas de Mueller arrojaran el mismo veredicto, entonces, por descarte también, responderán a la pregunta del supuesto intento del mandatario por obstruir la justicia porque dejará esta interrogante sin sustento.

Ciertamente, Trump no ha sido su mejor aliado, utilizando Twitter sin cesar para calificar como noticias falsas todo aquello que no le gusta. Pero es igualmente cierto que en una democracia una persona bajo investigación por un acto criminal es inocente hasta que se demuestre lo contrario y al Presidente lo han puesto a luchar contra una creciente matriz de opinión que desde ya lo considera culpable.

Es claro que un jefe de Estado más prudente habría dejado que la Justicia siguiera su curso para probar su inocencia, pero en honor a la verdad, Trump no se comporta como otros presidentes, haciendo honor a la promesa que hizo a sus seguidores para que lo llevaran a la Casa Blanca.

¿Acaso esto lo hace culpable de obstrucción de la justicia? El problema para él es que las fugas constantes de información están todas apuntando en esa dirección.

Tal vez es hora de una evaluación más equilibrada del Presidente, mientras finalizan las averiguaciones para encontrar la verdad, aunque es difícil porque ahora mismo en Washington nadie parece creerle.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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