El presidente Donald Trump perdió la paciencia con Irán y la existencia del acuerdo nuclear internacional firmado por Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Gran Bretaña y Alemania en 2015.

Esta nueva situación podría poner a la Casa Blanca en confrontación directa con las otras cinco naciones garantes y prácticamente extiende una invitación directa a la República Islámica de Irán para abandonar el compromiso adquirido de restringir su programa nuclear, el cual impone estrictos procedimientos de inspección que evitarían que Teherán viole los términos del acuerdo.

Sin embargo, la decisión del presidente estadounidense de negarse a certificar que Irán se ha adherido al acuerdo nuclear, a pesar de que ya lo ha suscrito dos veces en los últimos ocho meses, no significa que el acuerdo con Teherán haya terminado.

El Congreso todavía tendrá que decidir si apoya la posición presidencial y se lanza por la vía de establecer más sanciones económicas que, bajo el acuerdo nuclear todavía en vigencia, se iban a levantar gradualmente.

En todo caso, parece poco probable que los otros países signatarios del acuerdo compartan filas con Trump, tomando en cuenta que esta movida podría tener una serie de consecuencias negativas para todos.

Primero, la suspensión daría la impresión al mundo de que el Presidente está jugando a política interna para dar la espalda a un acuerdo internacional, que fue meticulosamente negociado por seis grandes potencias y luego firmado por su predecesor Barack Obama. Recordemos que Trump ya ha abandonado el acuerdo climático de París.

En segundo lugar, si Trump logra persuadir al Congreso para respaldar su posición y endurecer las sanciones, enviará un mensaje potencialmente peligroso a países como Corea del Norte.

El líder norcoreano Kim Jong-un podría pensar que no tiene mucho sentido tratar de llegar a un acuerdo diplomático con Washington, si Trump decide, en cualquier momento, renunciar unilateralmente a cualquier compromiso para efectuar una acción militar.

A nivel nacional, esta situación provocaría un nuevo desgaste político al fomentar más divisiones dentro del partido del Presidente, pues básicamente estará pasado la responsabilidad al campo republicano para que decidan si el acuerdo nuclear con Irán debe continuar o no.

A primera vista, la aversión de Trump hacía el acuerdo nuclear es comprensible.

Las restricciones impuestas sobre Irán sólo duran diez años y el acuerdo no abarca ninguna de las otras actividades hostiles que involucran a la Guardia Republicana iraní, que incluyen el financiamiento y entrenamiento de grupos extremistas en el Medio Oriente.

Desde la firma del tratado, Irán ha aumentado significativamente sus intervenciones en el Oriente Medio, incluyendo Irak y otros lugares, en claro desafío a los intereses estadounidenses.

De igual modo, cuando Trump calificó el acuerdo nuclear de uno de los peores que había visto, tenía en mente tanto su carácter cortoplacista como la ausencia de castigo a Teherán por su patrocinio al terrorismo.

Sin embargo, si Estados Unidos le retira su apoyo al acuerdo sin pasar por negociaciones previas, podría perder su credibilidad al dañar gravemente las relaciones con los otros países signatarios.

Pero lo más preocupante es que Teherán, en respuesta, podría retomar con más fuerza su programa de armas nucleares, lo que representaría un gran dilema mundial, tomando en cuenta que ya Trump está considerando opciones militares para tratar con el programa de misiles nucleares y balísticos de Corea del Norte.

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