La pelea del pasado sábado en la ciudad de Nueva York entre los campeones de peso welter Keith Thurman y Danny García se quedó en poco sin pensamos en las grandes expectativas que se tenía de este encuentro unificatorio, del cual esperábamos que iba a hacer historia en el boxeo.

Pero no fue así.

A pesar de que el combate fue interesante y algo entretenido, al final no vivimos una guerra que vayamos a recordar para siempre. Ni de cerca.

Ambos quedaron a deber, sobre todo cuando estábamos comparando esta pelea con legendarias de este peso, como las de Sugar Ray Leonard vs Tommy Hearns y la Oscar de la Hoya vs Tito Trinidad.

Las expectativas eran inmensas, pero la acción quedó a deber.

Ahora queda ver si este combate regular afecta el futuro de ambos, quienes a mi entender son los mejores en las 147 libras. No solo eso. Sino que hay que ver si la falta de acción en muchos de los asaltos y el tener ese sabor de no haber llegado a las expectativas afecta incluso más al deporte, precisamente cuando hablamos de dos de los mejores libra por libra.

En cierto modo pienso que hay que reconocer que en este caso hemos sido bastante exigentes. Y creo que es posible que cualquier pelea de grandes proporciones estemos pagando el fracaso del combate entre Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao y por eso, cuando vemos una luz que nos pueda hacer olvidar aquél fracaso, esperamos que sea legendaria para dejar el mal sabor en el pasado.

Pero del hecho al trecho hay una gran distancia y tanto Thurman como García no dieron lo mejor de sí en una noche que pintaba de lujo, con una asistencia en el Barclays Center de 16533 personas, record del lugar para una pelea de boxeo y un gran número para cualquier tipo de evento.

Thurman fue el mejor al comienzo, pero en los últimos tres asaltos se puso a bailar, sabiendo que estaba arriba en las tarjetas y sin querer arriesgar. García, por su parte, comenzó muy lento y solo sobre el final del combate se avivó, teniendo su mejor momento.

La decisión fue dividida, pero creo que eso no es lo más importante. No lo es porque grandes combates han terminado sin que los jueces tengan una decisión unánime de lo que ven en el cuadrilátero. Infinidad de peleas.

Que se quedaron cortos a mí no me queda ninguna duda. Ahora en que el boxeo busca una cara que sustituya a Mayweather Jr. y a Pacquiao, quienes dominaron el deporte los pasados 15 años, es un golpe fuerte cuando nos sentamos a esperar que dos de los mejores se enfrenten y al final nos quedamos con un mal sabor de boca.

Pero toda la responsabilidad de levantar de vuelta este deporte no puede morir con lo que vivimos la noche del 4 de marzo en Brooklyn.

No, no y no.

Tampoco podemos pensar que la pelea entre Julio César Chávez Jr. y Saúl el Canelo Álvarez es la salvación. No puede y no debe serlo. Una pelea entre el primero que nos dice que quiere ser leyenda y se enfrenta a uno semiretirado no puede ser la cita que nos tenga a todos pensando positivamente del presente y el futuro del deporte.

No, no y no.

El boxeo, de la mano de sus promotores, agentes y boxeadores, tiene que mejorar esa imagen de pesimismo que tiene la gran mayoría.

Y no puedo culpar a Thurman y a García con lo que pasó esa noche del 4 de marzo. No, porque ellos hasta ahora han intentado lo mejor por su parte y solo espero que el futuro no se vea afectado por esas expectativas que no se vivieron en el Barclays Center.

Pero, volviendo al principio, de que quedaron a deber, no me queda ninguna duda.

Absolutamente ninguna.

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