El huracán Irma se acerca. Las autoridades y meteorólogos coinciden en que el fenómeno natural será uno de los devastadores de la historia reciente de la Florida. La trayectoria amenazadora que Irma dibuja parece tener un único objetivo: arremeter con toda su fuerza destructora contra el sur de la Florida. La prioridad máxima es ponernos todos a salvo.

Los medios de difusión publican a diario las medidas a tomar para prepararnos ante tal monstruosa eventualidad. Al unísono aconsejan mantener la atención en los programas oficiales de información del Gobierno, elaborar un plan familiar de emergencia, preparar un maletín con medicinas de primeros auxilios y localizar los documentos personales más importantes.

El otro foco de la atención recae en convertir nuestra propiedad en una fortaleza, reforzar las ventanas, acopiar agua y comida, arreglar los techos, recoger de los balcones los objetos que puedan ocasionar daños, dotar a nuestra casa de sistemas alternativos de iluminación, como velas y linternas.

Pero una vez que cumplimos con el deber sagrado de proteger nuestra familia, lo más importante es entonces levantar el teléfono o abrir la puerta y llamar al amigo o al vecino para proponerle nuestra ayuda.

Como sociedad, no podemos considerar que estamos a salvo, si sabemos que la vida de un amigo o vecino está en peligro por carecer de recursos necesarios para enfrentar “el más horrendo evento climatológico de la historia de la Florida”.

Es la hora de la solidaridad humana, de pensar en el prójimo. Si hacemos un pequeño ejercicio mental, aflorarán a nuestra mente las personas conocidas vulnerables, aquellas que tienen sus propiedades en zonas de inundación o el consabido amigo que vive en condiciones de fragilidad social. Llamémosle y ofrezcámosle nuestra ayuda. Ayudemos a la familia del colega de aula de nuestro hijo que carece de las posibilidades de protegerse adecuadamente. Es nuestro deber hacerles saber que pueden contar con nosotros, y si es menester, deberíamos brindarle cobijo en nuestra propia morada.

En los momentos difíciles y aterradores de nuestra existencia es cuando aflora lo más bello de la condición humana: el altruismo y la solidaridad desinteresada. Porque, como dijo Alejandro Magno, “de la conducta de cada uno depende el destino de todos” como especie.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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