Mi madre Dorita entró en su habitación del hotel en Washington, cerró la puerta y se encontró a oscuras. Todo era una densa penumbra, el oscuro corazón de las tinieblas. Quiso encender la luz, pero no sabía dónde se hallaba el interruptor. Caminó a tientas, procurando no tropezar y caerse, dando palos de ciego, tocando sigilosamente las paredes a ver si encontraba el modo de encender las luces. No atinó a entrar en el baño. Pasó varios minutos luchando con denuedo por encontrar los botones que deseaba pulsar para escapar de tan inquietante oscuridad, pero careció de suerte, se rindió, se tendió en la cama y, al estirar el brazo, descolgó el teléfono y fue apretando todos los botones hasta que alguien del servicio a habitaciones le contestó en inglés. Dorita, que sabía hablar perfectamente inglés y francés, habló sin embargo en su coqueto español con acento limeño:

-Mándame un sándwich de pollo, por favor. Y avísale al gerente que estoy sin luz en mi cuarto.

Dorita pasó largos diez, quince minutos a oscuras, sin que nadie se acercase a socorrerla. Se lamentó de no haber prestado atención al lugar donde se hallaban los interruptores. Tenía un celular a mano, pero no sabía cómo activar la función de linterna en él. Un buen rato después, cuando ya la vencía el sueño, tocaron la puerta. Se acercó lenta y cuidadosamente, para no caerse. Eran dos hombres uniformados en mamelucos, con cajas de herramientas.

-Se ha quemado la luz –les dijo Dorita.

Ellos pasaron a la habitación y encendieron las luces sin dificultades. Dorita no les dio ni media propina y los amonestó cordialmente:

-¡Un poco más y llegan mañana! Se supone que este hotel es de cinco estrellas, ¿cómo puede ser que se vaya la luz?

-No se ha ido la luz, señora –le dijo uno de los operarios, en tono respetuoso-. Es que usted no sabía encenderla.

-¿Y cómo voy a saber prenderla, si está todo oscuro, dime tú? –se impacientó Dorita.

Los hombres en mameluco se retiraron cortésmente, dejando el cuarto con todas las luces encendidas. Poco después tocaron la puerta y le dejaron a Dorita la comida que había pedido. Pero, de nuevo sola, ella descubrió que no le habían llevado un sándwich de pollo, como había pedido, sino una pizza extra grande. No se enfadó. Le pareció que el descuido o error la favorecía. Nos llamó a nuestra habitación y nos invitó a que subiésemos a su cuarto a comer pizza. Subimos enseguida. Estaba deliciosa. Luego mi esposa y nuestra hija se retiraron a descansar. Dorita pidió quedarse a solas un momento conmigo, dijo que tenía algo importante que decirme. Su asistenta no se encontraba con nosotros, había salido a comprar ropa en una tienda de descuentos cercana al hotel.

-Necesito que me pongas mi ozono rectal –me dijo mi madre.

Yo quedé perplejo, demudado. Nunca había oído esas dos palabras juntas: “ozono rectal”. Había oído de la capa de ozono que la contaminación ambiental estaba agujereando, poniendo el peligro la vida humana en el planeta. Y desde luego había oído del conducto rectal, cómo no, y en otra época de mi vida me había dedicado con bastante empeño en darle usos bastante heterodoxos, además de los convencionales, ya bien conocidos. Pero no sabía bien qué era aquello del “ozono rectal”. Mi madre sacó un aparato con una manguerita adherida y me explicó el procedimiento: debía colocarse el tubito en su orificio trasero y luego bombear el aparato para que la insuflase de bastante ozono, de modo tal que su cuerpo se oxigenase y sus células desgastadas se renovasen como si fuese una jovencita.

-Mamá, no puedo hacerte el ozono rectal, te ruego que me disculpes –le dije.

-Ay, hijito, no seas tonto, por favor, déjate de cojudeces –me dijo ella, y se tendió en la cama, se puso en posición fetal, se cubrió con una sábana, y se bajó levemente el pantalón.

No me quedó más remedio que obedecerla como si fuera lo que aún era, el niño que siempre había adorado a su madre. Sin mirar mucho, apenas lo necesario, cubierta de la cintura para abajo por una sábana muy oportuna, Dorita colocó e introdujo suavemente el tubito en el lugar correcto y enseguida dijo:

-Perfecto, ya está. Ahora bombea el ozono. Yo me voy a echar una pestañita.

Mamá durmió media hora mientras yo le aplicaba el ozono rejuvenecedor. De pronto despertó farfullando una oración en latín, retiró la manguerita y dio por terminada la sesión.

-Ni se te ocurra pedirme prestado mi ozono rectal –me advirtió-. Después te haces adicto y vuelves a tus malos hábitos.

Me retiré a mi habitación riéndome de las extravagancias de mi madre. Al día siguiente, mientras desayunábamos, Dorita se quejó de que los recepcionistas del hotel no la habían asistido con la diligencia y la amabilidad que ella merecía. Les había consultado dónde podía comprar cosas usadas, de segunda mano, a precios regalados, y ellos al parecer le habían dicho que no podían ayudarla dándole direcciones ni sugiriéndole nada.

-Son unos necios, unos majaderos, unos engreídos -dijo mi madre-. Son unos muchachitos vanidosos. Creo que están maquillados y se pintan los labios con colorete.

-Es cierto, podrían ser más amables –dije.

-El problema es que son todos gay –dijo Dorita, y no bromeaba.

-No digas eso, mamá –le dije, mientras mi esposa reprimía la carcajada.

-¡Son todos gay! –se enfureció Dorita-. ¡En este hotel son todos gay en la recepción! ¡Son unos tarados!

Me reí a pierna suelta. No tenía sentido discutir con Dorita. En otros tiempos tal vez hubiese reprobado sus palabras, la hubiese llamado homofóbica, pero ahora me hice el tonto y no me di por aludido. Solo le dije:

-No creo que sean todos gay, mamá.

-Eres un huevón, hijito –me dijo ella-. ¿No ves cómo te coquetean? ¡Se derriten por ti! ¡Son todos gay!

Esa tarde, después de visitar un par museos, nuestra hija pidió darse un chapuzón en la piscina. No fue fácil encontrar un hotel con piscina que nos permitiese usarla sin estar alojados en él. Tuvimos suerte, sin embargo. En un hotel cerca de la plaza Dupont, el Embassy Row, nos dejaron subir a la terraza en el último piso y, tras cobrarnos treinta dólares por persona, nos permitieron usar la piscina con agua salada. Mi madre, con sombrero y gafas de sol, abanicándose, echó una mirada a los bañistas y comentó con estupor:

-¡Esto es Sodoma y Gomorra, por el amor de Dios!

En efecto, había una fiesta gay en la terraza del Embassy Row y de pronto Dorita era parte improbable de aquella fiesta excéntrica, llena de hombres fornidos, musculosos, en trajes de baño muy ajustados.

-Todos los recepcionistas de nuestro hotel han venido acá –dijo Dorita-. ¿Cómo se te ocurre traerme a una fiesta del otro equipo, hijito?

Mi esposa y yo nos reíamos a carcajadas.

-Mil disculpas, mamá –le dije-. No teníamos idea.

Pocos después Dorita cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Mientras ella roncaba, nuestra hija se hacía amiga de los gay más guapos de la ciudad y los hacía reír con sus ocurrencias y disparates.

Al día siguiente un chofer del hotel llevó a Dorita a los arrabales de la ciudad, a un barrio pobre y desangelado en el que vendían cosas usadas a precios de remate, un dólar, dos dólares, cinco dólares. Dorita y su asistenta pasaron varias horas eligiendo muchísimas cosas. Regresaron al hotel con tantas bolsas y maletines que tuvieron que contratar dos taxis. Mi madre se hizo íntima amiga de un hombre oriundo de Madagascar, que la invitó a conocer su isla remota, al tiempo que Dorita lo invitaba a conocer Lima y disfrutar de la exquisita comida peruana.

-Creo que el moreno me quiso levantar –me dijo mi madre, y enseguida se permitió un mohín coqueto.

Lo que había comprado era en verdad inverosímil: no solo muchísima ropa usada para hombres y mujeres, alguna muy gastada, roída, agujereada, zapatos maltrechos, corbatas arrugadas, sino, y esto era lo más insólito, toda suerte de utensilios para la cocina: ollas, sartenes, vasijas, espátulas, cuchillos, cucharones de palo y de metal, tazas y tazones de vidrio, y hasta gorros y mandiles para cocinar.

-¿Cómo vas a llevar todo esto a Lima, mamá? –pregunté, riéndome-. ¿Qué necesidad tenías de comprar ollas usadas?

-Esto es un tesoro –dijo ella, orgullosísima-. Todo es para mi personal. Van a estar felices. Tú sabes que yo los trato como si fueran de mi propia familia.

La ayudé a cargar las bolsas voluminosas hasta su habitación y, exhausto, le pregunté:

-Mamá, ¿me prestas tu maquinita de ozono rectal?

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