Traición y guerra perdida
A decir verdad, sólo en la guerra de Irak y sólo hasta el año 2010, Estados Unidos había gastado suficiente dinero como para pagar el cuidado médico de todos los habitantes –documentados y sin documentar– de su territorio por nada menos que medio siglo

El 11 de septiembre de 2001, el mundo quedó sobrecogido al contemplar las imágenes de unos aviones que se estrellaban contra las Torres gemelas. En poco, los gigantescos edificios se desplomaban y millares quedaban sepultados trágicamente entre los escombros.

A la sazón, me encontraba remontando el Nilo en Egipto e inmediatamente me lancé a la calle para pulsar la opinión de las gentes. Desde el comerciante al empleado de banca pasando por el funcionario, todos los egipcios me dijeron lo mismo: aquel pavoroso episodio era un castigo de Al.lah contra Estados Unidos; con certeza, iban a culpar a los musulmanes de lo sucedido, pero se trataría de acusaciones falsas porque ellos no tenían capacidad suficiente para realizar ese tipo de acciones y seguro que eran agentes de Israel los que habían perpetrado los terribles hechos.

Hay que reconocer que como primera radiografía de lo que sucedía aquellas palabras resultaban no poco reveladoras. Lo que vino después de esos atentados que hemos recordado una vez más esta semana nos encaminó por el camino del horror sin que, lamentablemente, se lograra solucionar nada.

Primero, vino la invasión de Afganistán que, sin duda, resultó muy conveniente para alguna transnacional petrolífera, pero que no sirvió para capturar a Bin Laden ni mucho menos añadió la menor estabilidad al planeta.

Después, llegó el ataque sobre el Irak de Saddam Hussein, un dictador repugnante sin duda pero que no había tenido la menor relación con los crímenes del 11-S. Muy posiblemente, aquella nueva guerra debió parecer magnífica a ciertos sectores de la política norteamericana e israelí por eso de aprovechar la ocasión para desembarazarse de alguien potencialmente peligroso.

Ciertamente, las operaciones iniciales en ambos casos salieron bien, pero ambas guerras continúan librándose y no existe la menor razón para pensar que concluirán pronto.

A decir verdad, sólo en la guerra de Irak y sólo hasta el año 2010, Estados Unidos había gastado suficiente dinero como para pagar el cuidado médico de todos los habitantes –documentados y sin documentar– de su territorio por nada menos que medio siglo.

Y entonces, en paralelo, se produjeron dos fenómenos pavorosos que no contaban con precedentes. En primer lugar, el terrorismo islámico comenzó a actuar cada vez con más crueldad y frecuencia sobre Occidente.

En segundo lugar, políticos, medios y ONGs empezaron a abrir las puertas a millones de musulmanes mientras nos martilleaban con la idea de que el peligro no eran posibles atentados sino que nos convirtiéramos en islamófobos.

En otras palabras, el mal no es el impacto que una inmigración islámica descontrolada puede causar sobre España o Suecia sino el que alguien se atreva a decirlo. Pueden pensar lo que quieran los lectores, pero esta guerra llevamos años perdiéndola.

No sólo es que en el exterior como mucho el combate está en tablas. Es que el interior de Europa occidental ha sido penetrado de tal manera –instituciones y partidos incluidos– que en menos de una generación su cultura democrática va a desaparecer en medio de una marea de velos sobre cráneos femeninos y barbudos que vociferan que Al.lah es el más grande. Seguramente, se pudo actuar mejor, pero aquel 11-S que hubiera marcado el comienzo de un mundo más civilizado y libre de barbarie sólo fue el inicio de una capitulación ideológica en la que Occidente ha optado por suicidarse autoengañándose.

Quizá sea una necedad semejante a la de un traidor obispo español llamado don Opas que, en 711, abrió las puertas de España a los invasores musulmanes