Mi esposa y yo peleamos muy raramente. Vivimos juntos hace siete años en una casa en la isla y somos padres de una niña de seis a la que adoramos. No ejercemos la paternidad de un modo admirable. Una nana cubana le sirve el desayuno a nuestra hija y la lleva caminando al colegio, mientras nosotros dormimos hasta mediodía. No dormimos juntos, en la misma cama. Cada uno tiene su cuarto, su cama, su baño. El amor en cuartos y baños separados sufre menos lesiones y dura más. Dormir abrazados, atenazados, en posición cucharita, yo roncando como un animal, erosiona sistemáticamente el amor. Conviene extrañarse de noche.

La última vez que peleamos, ella estaba en Lima con nuestra hija, escapando del huracán, y yo me había quedado en Miami para cumplir con el programa de televisión. La llamé de madrugada. La desperté. Me dijo que su mejor amiga, Pilar, estaba durmiendo en mi cuarto, en mi cama. Tontamente, lo tomé como un agravio. Levanté la voz, me agité, alegué como un idiota que debía haberme consultado si quería que su amiga durmiese en mi cama, dije palabras atropelladas, afirmé como si fuese un hombre ejemplar que yo jamás hubiese invitado a un amigo a dormir en la cama de mi esposa, antes le hubiese consultado a ella. Colgué, indignado. Me pregunté si mi esposa y su amiga estarían teniendo una relación erótica. Me pregunté si esa sería la razón por la que mi esposa demoraba su regreso a Miami. Me dije que su amiga siempre me había parecido sospechosamente posesiva con ella. Me sentí humillado. Sin fundamento alguno, trémulo de celos y paranoia, llegué a la conclusión de que mi esposa, tantos años menor que yo, al punto de que muchos la confundían con una de mis hijas, ya no deseaba mi cuerpo en modo alguno y se complacía con el de su amiga, o con alguno de sus eternos enamorados en Lima. Ella es muy linda, muy llamativa, y tiene en Lima, la ciudad en que nació y fue al colegio, dos o tres chicos guapos que le escriben cosas furtivas y malician la comprensible ocurrencia de irse a la cama con ella. Podía imaginar a esos chicos lindos, pensando: Baylys es putísimo, seguro que no se la coge nunca, algún día ella tendrá ganas de sacarle la vuelta y será conmigo. No podía competir con ellos: eran jóvenes, guapos, atletas, machos, y estaban en Lima. Yo era una señora gorda y melancólica, adicta al azúcar y al aceite de marihuana, exiliada en una isla de Miami. Tarde o temprano, mi esposa me dejaría. Por eso su mejor amiga estaba en mi cama en Lima, mientras yo ardía de celos y despecho.

Abrí la caja fuerte y busqué marihuana, pero no había. Pensé en tocar el timbre de mi vecino argentino y pedirle un porro, él siempre tenía hierba fina, de calidad, pero eran casi las tres de la mañana, no podía ser tan desconsiderado. Saqué una de mis pistolas y disparé desde el balcón dos tiros estrepitosos a la piscina iluminada, en cuya superficie cálida flotaban grillos, abejas, avispas y arañas suicidas. Tomé vino helado, dulzón, de Vancouver, British Columbia, mi trago favorito. Me negué a ver pornografía: todos la tenían más grande que yo, era una humillación que no podía soportar. Tragué varias pastillas para dormir y mi sistema nervioso, en buena hora, colapsó, me bajó la cortina, decretó el final de la función. Al día siguiente, pasado el mediodía, rencoroso, mal perdedor, llamé a la tarjeta de crédito y fijé un límite de gastos a la tarjeta de mi esposa, pensando en que ella no se enteraría de inmediato. Pero fue notificada enseguida, supo que yo había tomado esa represalia ridícula (si ya no deseas mi cuerpo, te daré menos dinero) y sin embargo encajó el golpe con elegancia y no me dijo nada. Al mismo tiempo, pedí dos tarjetas de crédito nuevas, sin límite de gastos, para mis hijas mayores, de veinticuatro y veintidós años, que viven en la parte baja de la isla de Manhattan y trabajan con un decoro, un empeño y una seriedad que no pueden haber heredado genéticamente de mí, un gran holgazán: la mayor es analista financiera en un banco de inversión y gana fortunas, y la segunda, ejecutiva de una empresa tecnológica muy exitosa. Les escribí sendos correos electrónicos, pidiéndoles sus direcciones físicas, o sea de sus apartamentos, o de sus trabajos u oficinas, para enviarles lo que califiqué como “una sorpresa, un regalito”. No obtuve respuesta. Días después, insistí, les rogué que me dijeran adónde debía despacharles el “regalito”. Tampoco contestaron. Era evidente que no querían saber nada de mí. Derrotado, les dije que la sorpresa consistía en dos tarjetas de crédito de mi compañía, sin límite de gastos. La mayor, tal vez herida en su orgullo, respondió: No necesito una tarjeta, mil gracias. La segunda, con adorable franqueza, me dijo: Si quieres regalarme plata, mejor deposítala en mi cuenta. Abrí los sobres con las tarjetas y, con una tijera enorme, las despedacé en la cocina. Me sentí, de nuevo, humillado. No solamente era mi esposa quien prefería alejarse de mí, también mis hijas mayores habían aprendido que cualquier distancia era siempre insuficiente, tratándose de un sujeto bipolar, egocéntrico, envanecido, como yo.

Cuando mi esposa y nuestra hija llegaron a Miami, ya la casa con luz eléctrica y aire acondicionado, después del huracán, o del amago de huracán, que me condenó a una semana sin luz ni aire, padeciendo un calor devastador, las cosas volvieron a la normalidad: la niña y su nana caminaban al colegio, mi esposa dormía en su cuarto hasta mediodía y luego salía al gimnasio, yo roncaba hasta la una de la tarde, casi siempre atacado de pesadillas con mi padre difunto, quien ponía en entredicho con palabras ásperas mi virilidad y hacía escarnio de mis delicadezas, y después de buscar a nuestra hija del colegio, almorzábamos los tres en el mismo café de siempre. Yo pensaba que mi esposa no sabía que le había impuesto un límite a sus gastos con la tarjeta, pero ella por supuesto estaba al tanto y se hacía la tonta. Una noche, después de hacer el amor, mientras ella dormía en su cuarto, llamé a la tarjeta y suprimí el límite de gastos. Mi esposa también se enteró, pero no me dijo nada. Le conté que mis hijas habían preferido no recibir las tarjetas que les ofrecí. Las entendió, les dio la razón, dijo que ellas no querían que yo viese en qué gastaban el dinero en los estados de cuenta que me hubiesen llegado. Yo hubiese hecho lo mismo, dijo. Además, añadió, no necesitan tu plata, son chicas de éxito, déjalas tranquilas, si algún día necesitan plata te escribirán, no las obligues a depender de tu plata cuando les hace bien sentirse independientes. Es verdad, me dije: a su corta edad, ya graduadas con honores de excelentes universidades, mis hijas me superan ampliamente, ganan mucha plata, no me necesitan para nada. Uno, como padre, las educa en ser independientes, pero cuando son tan independientes, quieres que te extrañen un poco, que dependan mínimamente de ti, que vengan a visitarte cada tanto.

Luego vinieron un fin de semana mi primo y su esposa, que viven en Londres. Mi primo es banquero, y su esposa, inglesa, bellísima, adorable, es entrenadora de yoga y decoradora de interiores. Pasearon por nuestra casa, no la conocían, y la mujer de mi primo le dijo a mi esposa que había quedado espantada, horrorizada, con la decoración: las cortinas marrones le parecían tétricas, de casa funeraria; los muebles de cuero reclinables, comprados en una tienda cubana de la Calle Ocho, eran francamente deleznables, abominables, de balseros recién llegados o futbolistas villeros; los cuadros de mi amigo, el pintor español, merecían ser arrojados a la piscina; cómo podía tener los libros apilados unos sobre otros, impregnados de polvo, y no ordenados en anaqueles o estantes; cómo podía tener todas las cortinas cerradas, bloqueando la luz, como si fuésemos murciélagos o vampiros; y, sobre todo, lo que más la escandalizó, ¡cómo podía tener una nevera grande, enorme, en mi dormitorio, a quién carajos se le ocurría tener una refrigeradora familiar en su cuarto! Yo sé que la decoración y el refinamiento estético son dones que no me han sido concedidos, sólo busco la comodidad con espíritu mediocre, conformista. Cuando mi esposa me comunicó que se llevarían los muebles de cuero reclinables y las cortinas lóbregas, y que traerían muebles finos, caros, de moda, me tragué el sapo y no puse objeciones. Pero anoche, ya tarde, me informó de que el ejército de decoradores remilgados también se llevarían la gran nevera de mi cuarto, llena de cervezas, vino canadiense, agua mineral con limón, chocolates peruanos La Ibérica, los mejores del mundo, y limonada. Furioso, ultrajado, puse el grito en el cielo:

-¡Nadie se lleva mi nevera! ¡Nadie decora un carajo en mi cuarto! ¡Todo se queda como está! Y si se va la nevera, ¡me voy yo también! ¡Hasta aquí hemos llegado!

Mi esposa sonrió con aire burlón y me preguntó si al menos estaría de acuerdo con tener una refrigeradora pequeñita en mi cuarto. Me negué a los gritos:

-¿No has entendido? ¿Estoy hablando esperanto? ¡Nadie, nadie, se llevará la nevera! Y si no te gusta, ¡no entres a mi cuarto!

Mi esposa se acercó, me dio un beso en los labios, me miró con indudable amor y me dijo:

-Tranquila, Sofía.

Cuando quiere reírse de mí, me llama así, Sofía. Luego añadió:

-Por si acaso, mañana viene Pilar.

Pilar es su mejor amiga.

-Y dormirá en mi cama.

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