Si se pensaba que los temas que iban a definir la presidencia de Donald Trump al principio de su mandato eran el veto migratorio contra países predominantemente musulmanes, el muro a lo largo de la frontera mexicana y el desmantelamiento del Obamacare, ahora, en cambio, la agenda apunta a tres nuevos tópicos no menos controversiales: el cambio climático, la influencia de Rusia y las nuevas relaciones con Europa.

Hasta ahora, Estados Unidos ha gozado de un lugar privilegiado como la única superpotencia en el mundo, cuyas decisiones tienen un impacto global, en base a un liderazgo que ha sido reconocido por todos. Esto significa que la onda expansiva de cualquier cambio de rumbo que se decida en Washington afecta no solo a la política interna, sino también a la internacional.

El anuncio de Trump de retirar a Estados Unidos del acuerdo sobre el cambio climático de París, incuestionablemente ha marchitado las relaciones con líderes internacionales y tendrá secuelas por los próximos cuatro u ocho años.

China está destinada a sacar el mayor beneficio de la decisión tomada por La Casa Blanca, ya que el apoyo de Pekín a las directrices para enfrentar el cambio climático aumentará enormemente su influencia, mientras que el influjo de Estados Unidos irá en dirección opuesta.

El segundo tema es Rusia, que ya ha tenido un efecto desproporcionadamente negativo en la presidencia de Trump, al Washington obsesionarse con la idea de que Moscú interfirió en las elecciones presidenciales y ayudó al magnate neoyorquino a ganar la presidencia.

Como resultado, la capital estadounidense está inundada de tantas teorías conspirativas, que han convertido una vez más a Rusia en el enemigo número uno de Estados Unidos, mientras el presidente Vladimir Putin probablemente no sale de su asombro por lo exitoso que ha sido en su intento de sembrar tantas dudas internas, para minar la confianza política de su exadversario de la Guerra Fría.

El tercer tema, Europa, es quizás el más preocupante. La alianza transatlántica ha sido clave para mantener la estabilidad y la seguridad de Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Las críticas de Trump contra la OTAN, su ambivalencia para garantizar que Estados Unidos prestará ayuda militar a cualquier miembro de la alianza que esté bajo ataque y su extraño comentario acerca de que Alemania es ahora un oponente político de los estadounidenses han sacudido a los gobiernos europeos, pues una coalición que parecía fuerte y segura de su futuro, ahora se proyecta vulnerable e incierta.

Europa quedó sorprendida por la decisión de Trump, más allá de abandonar el acuerdo de París sobre el cambio climático. Lo que está en juego es reacomodar las fuerzas y la noción de liderazgo mundial.

Queda por ver cómo este nuevo panorama afectará las relaciones a largo plazo con Berlín, Londres, París u otras capitales europeas o del mundo, y si se está perfilando un nuevo orden internacional.

Al parecer, el mundo tendrá que habituarse a la idea de que bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos se encamina rápidamente hacia una posición aislacionista, lejos de sus aliados y socios tradicionales en el planeta.

Trump se comprometió a poner a Estados Unidos primero y eso es exactamente lo que está haciendo, esperemos que haya calculado igualmente las consecuencias.

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