Después de que el pueblo norteamericano eligiera a Donald Trump para dirigir los destinos del país durante los próximos cuatro años y dejando a un lado la fuerte campaña mediática que ha marcado su votación, EEUU se enfrenta al reto de lo que debería ser un proyecto político renovador, abierto y no excluyente.

La victoria del empresario neoyorquino termina con 8 años de “progresismo” en la Casa Blanca. Pero, sobre todo, supone una clara voluntad de cambio por parte de la sociedad estadounidense.

Los norteamericanos han decidido cambiar y desmontar viejos tópicos: es la primera vez en mucho tiempo en la que se han movilizado los trabajadores, los pequeños empresarios y la clase media, cansados por la falta de expectativas de progreso, contra los abusos de poder de una élite económica, política y mediática. Una quiebra que ha dividido a esta sociedad -como también a la europea- entre los de arriba y los de abajo, más allá de la tradicional separación ideológica entre izquierda y derecha.

Toca ahora mover ficha. Mientras que el presidente saliente y el electo preparan el traspaso de poderes, el equipo de trabajo de Trump ha colgado en su web los temas que abordará el ejecutivo durante sus primeros 100 días, plazo de cortesía que la tradición acostumbra a conceder al nuevo mandato.

Trump, que finalmente se impuso a Hillary Clinton al ganar en 30 estados y sumar 279 votos (9 más de los 270 requeridos para hacerse con la presidencia de Estados Unidos), ha manifestado que su mayor prioridad es la de combatir el estancamiento de la economía por el que pasa el país.

Para hacerlo su gabinete ha anunciado un apremiante plan de acción que incluye numerosas medidas económicas. Pero el líder republicano podría tener que enfrentarse a una situación más delicada aún, marcada por la crisis de la clase media y una debilitada productividad que frenan a la mayor potencia del mundo, pese al pleno empleo y a las cifras optimistas de Wall Street.

Trump fue contundente al señalar que examinará "todos los abusos de comercio exterior que injustamente afectan a los trabajadores estadounidenses", y que adoptará medidas concretas y urgentes para poner fin a esta situación.

La otra pata en la que el presidente electo va a apoyarse para romper con la dinámica de desindustrialización de la economía, es el levantamiento de las restricciones a la producción nacional (que en su día impuso la Administración Obama) al sector energético, incluyendo petróleo, gas y carbón, así como el establecimiento de sanciones fiscales a las empresas que decidan deslocalizar su producción a otros países mediante la aplicación de aranceles a sus productos. Rebajaría incluso al 10% a las empresas que decidan repatriar los beneficios que acumulan en el exterior.

Es necesario tener en cuenta que el nuevo gobierno recibirá un legado envenenado. Bajo la presidencia de Barack Obama, la deuda pública de Estados Unidos aumentó un 80%, alcanzando los 19 billones de dólares (19 veces el PIB de España), lo que deja un horizonte lleno de incertidumbres.

Desde el punto de vista político, el descontrol de las cuentas públicas agrava el déficit de credibilidad de EEUU en el concierto mundial. Un desgobierno que no han sabido corregir ni sus responsables directos en la Casa Blanca ni el Departamento de Comercio.

Como contrapartida, el equipo de Trump ha mostrado determinación para combatir este estado de cosas, y ese es podría ser su principal acierto.

Dentro su programa económico, de claro corte reformista y con una dosis de realismo respecto a algunas cuestiones en los que se podía haber caído en la demagogia fácil, destaca la congelación de contratos para nuevos empleos federales con el propósito de reducir el personal público, así como una serie de medidas concretas para garantizar el crecimiento del PIB a un ritmo del 4% anual, lo que generaría al menos 25 millones de nuevos puestos de trabajo, mediante una rebaja generalizada de impuestos y una amplia simplificación regulatoria.

A falta de la letra (incluso la pequeña), se puede decir que la melodía suena bien, con una rebaja fiscal del 35% para las familias de clase media con dos hijos.

¿Qué otro objetivo básico incluye su programa para los primeros 100 días de gracia? Favorecer la cooperación público-privada para crear empleos y elevar la productividad, aplicando incentivos fiscales para impulsar un gran plan de infraestructuras por valor de 1 billón de dólares durante diez años.

Las propuestas en materia de comercio exterior son las que suponen más cambios respecto al actual marco económico en EEUU. Renegociará el tratado de libre comercio con Canadá y México (TLCAN), estudiará una posible retirada del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y propondrá que China sea etiquetada como un "manipulador monetario", denunciando así que devalúa su moneda para abaratar artificialmente sus productos.

Los electores han apostado por un proyecto que promete solvencia frente a los métodos inmovilistas de Barack Obama. Lo que está por ver, entre otras medidas, es cómo va a llevarse a cabo la sustitución de la polémica ‘Ley de Asistencia Sanitaria Asequible’, también llamada Obamacare, por las Health Savings Accounts (cuentas de ahorro para gastos sanitarios con ventajas fiscales y condiciones flexibles).

En política hacer lo correcto no siempre es lo mismo que hacer lo adecuado, según las circunstancias.

A partir de ahora, según el plan de Trump, cada estado manejará los fondos destinados a Medicaid (seguros de salud públicos para personas sin recursos o con bajos ingresos). Asimismo, el líder republicano ha avisado que reformará la Agencia Federal de Medicamentos (FDA) con el propósito de agilizar la aprobación y venta de nuevos fármacos mediante la eliminación de métodos burocráticos. Eso sí, su éxito va a depender de la habilidad para conquistar consensos en torno a unas políticas que van a ser inevitablemente conflictivas.

Con respecto a las políticas migratorias, el control de las fronteras se ha convertido en el ámbito más divisivo de la política mundial y ha puesto al descubierto las enormes fallas y la incoherencia de los diferentes países para lidiar con el fenómeno. EEUU no es una excepción.

Precisamente, una de las medidas más polémicas que tomará el gobierno de Trump será la deportación de más de tres millones de inmigrantes ilegales con historial delictivo.

Siempre dentro de los cauces democráticos, y ante una amenaza real, la sociedad norteamericana deberá tener la madurez suficiente como para que sus gobernantes adopten decisiones difíciles. Lo que sería una triste paradoja es que el país más multicultural del planeta desde que naciera el fenómeno de la globalización, cayese bajo los zarpazos del racismo y de la xenofobia.

En tan sólo un par de meses, veremos si el nuevo gobierno es capaz de reorientar la política en un sentido más constructivo. Su éxito dependerá de la capacidad que tenga para desactivar las bombas de relojería que encontrará apenas pise la Casa Blanca.

Todo eso tendrá que comprobarse en el día a día, y la primera prueba de la franqueza de sus propósitos será la composición del Gobierno.

Lamentablemente, y visto el aluvión de las tensiones en las últimas semanas, el partido demócrata -así como medios de prensa, organizaciones anarquistas y líderes de opinión afines- ha acabado en un juego de verdades a medias para esconder su fracaso electoral y en una manifiesta incapacidad para asumir la inoperancia de una militancia política, escasa de miras.

Es verdad que las campañas políticas tiendan a la simplificación, pero ello no justifica el maniqueísmo con que algunos pretenden manipular el resultado de las elecciones norteamericanas. Por eso, la cruzada de desprestigio emprendida contra el nuevo presidente, ni es de recibo en una sociedad democrática, ni refuerza la voluntad de los ciudadanos de corregir los graves problemas políticos, económicos y sociales que sufre el país, sino todo lo contrario.

Por rotundas y populistas que sean sus críticas al establishment y a la partitocracia de las élites, es algo usual dentro del juego democrático, siempre que ello no encubra algo más que su intención de llegar a la Casa Blanca para asumir las responsabilidades de su investidura.

La posibilidad de alternancia es parte necesaria de la esencia de la democracia. El proyecto político del nuevo presidente, como el de sus predecesores en el cargo, merece una oportunidad, si bien sus valedores han de respetar también las reglas del juego.

Hay que saludar las palabras de Donald Trump cuando afirmó que gobernará “para todos los americanos”. No será un camino fácil. Para eso hará falta que el líder republicano forme un gobierno con un perfil netamente negociador, con cintura, capaz de tranquilizar a la opinión pública y a sus socios estratégicos, dentro y fuera de EEUU, y de hallar un denominador común. Lo que no es poco.

(*) Analista y consultor

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