Al parecer, el presidente electo de Estados Unidos considera que puede confiar en las fuerzas armadas para nombrar puestos clave de su gabinete, o en otras palabras, ha llegado el momento de llamar a los generales.

Si bien es una jugada política interesante y revela mucho de los futuros planes de Donald Trump, también puede haber riesgos, si empieza a depender demasiado de aquellos que han pasado su vida en uniforme.

Actualmente, tres de los cargos más importantes de la nueva administración que tomará posesión el 20 de enero, como secretario de Defensa, secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, han apuntado hacia la experiencia castrense, y aunque los aspirantes cuentan con impresionantes méritos en el campo de batalla, también es cierto que no todos los generales pueden ser instantáneamente administradores brillantes, como tampoco es garantía que esa pericia militar asegure la necesaria habilidad política para pelear las causas de la Casa Blanca ante el Congreso.

Trump ya ha elegido al teniente general Mike Flynn, exjefe de la Agencia de Inteligencia y Defensa, como su asesor de Seguridad Nacional.

Flynn es un militar de opiniones críticas que dejó su último cargo un año antes de lo previsto, sin alcanzar las cuatro estrellas que sí ostentan los otros generales entrevistados por Trump, lo que abre un potencial conflicto de rangos en el círculo interno del nuevo jefe de Estado.

El general Jack Keane, un respetado estratega y subjefe del estado mayor del Ejército, rechazó por razones personales la oferta de Trump como próximo secretario de Defensa, aunque recomendó al general David Petraeus para el puesto, el exjefe de la CIA, con una impresionante carrera al frente de la guerras en Irak y Afganistán, y al general James Mattis, jefe retirado de la Infantería de Marina y exjefe del Comando Central de Estados Unidos.

La experiencia pasada ha dejado en evidencia cómo innumerables jefes militares han lucido poco preparados y sin soltura a la hora de enfrentar un interrogatorio hostil ante el Senado o el Comité de los Servicios Armados de la Cámara de Representantes, como también hay ejemplos donde exmilitares se han adaptado con éxito a las presiones del servicio civil.

Por ejemplo, Colin Powell, un general de cuatro estrellas y presidente del Estado Mayor Conjunto, logró desenvolverse como un experimentado diplomático al frente del Departamento de Estado durante la administración de George W. Bush, a pesar de que en el pasado llevó sobre sus galones el peso de las estrategias militares en la Guerra del Golfo.

Por el contrario, Alexander Haig, también general de cuatro estrellas, y secretario de Estado del presidente Ronald Reagan, parecía no estar feliz fuera de su uniforme militar. Su estilo controversial será recordado por frases como la que pronunció ante las cámaras, luego del atentado a Reagan: “De momento, yo estoy al mando en la Casa Blanca, a la espera de que regrese el vicepresidente".

Muchos se preocuparon por esa declaración.

La ironía es que aunque Trump se rodee de generales convencidos de estar amparados para justificar cualquier acción. La realidad es que la mayoría de oficiales de cuatro estrellas son muy prudentes antes de enfrentar un conflicto potencial, porque demandan una misión definida que cuente con el respaldo apropiado para que asegure las posibilidades de triunfo, antes de poner en entredicho la voz de su mando.

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