El señor presidente debe sentirse enormemente frustrado. Llegó al poder apoyado en una serie de promesas que, al menos en algunos casos, estaban cargadas de razón. Una de ellas era la de no lanzar a Estados Unidos a más aventuras bélicas –ni Afganistán ni Irak han concluido y mucho menos con victoria– y dedicarse a resolver los innegables problemas domésticos. Sobre la base de la distensión con Rusia, Trump esperaba no sólo librarse de conflictos en Oriente Medio sino también bajar los impuestos y volcarse en un colosal programa de infraestructuras y de creación de empleo.

Tras las dos primeras semanas en que pareció que Trump iba a cumplir aceleradamente con su programa ha venido la terrible realidad. Trump ha sido incapaz de acabar con el Obamacare sustituyéndolo por un plan sanitario digno, su reforma tributaria sigue en el aire y las infraestructuras no se perciben en el horizonte salvo por los posibles oleoductos que se puedan extender –no siempre legalmente– por ciertos territorios.

Pero lo más grave ha sido su decisión de bombardear Siria en un intento de golpear al régimen de Assad. No se trata sólo de que no existe ninguna prueba de que Assad usara armamento químico y de que, por añadidura, cuando Obama ideó una intervención en Siria basándose en el mismo argumento tuvo que detenerla porque eran los denominados “rebeldes sirios” –terroristas islámicos sería su denominación adecuada– los que habían utilizado armas químicas.

Se trata, por añadidura, de que Estados Unidos no tiene legitimidad alguna para ir bombardeando partes del planeta como se le antoje. Para remate, el argumento utilizado por el señor presidente en el sentido de que afecta a la seguridad de Estados Unidos es simple, lisa y llanamente un disparate.

Assad es un dictador y es lógico sentir repugnancia hacia él, pero no constituye amenaza alguna para Estados Unidos. Por el contrario, los que combaten a Assad desde ISIS al Frente An-Nusra - que es la rama siria de Al Qaida - sí que constituyen una amenaza para Occidente.

Golpear a alguien que nos resulta antipático, favoreciendo así al que nos quiere matar, es una inmensa estupidez salvo que se nos esté ocultando algo muy grave en relación con ISIS. Y eso no es lo peor. La guerra de Irak –una guerra inconclusa y no ganada– había costado ya en 2010 una cantidad con la que se hubiera podido pagar la sanidad para todos los habitantes de Estados Unidos durante medio siglo.

Entrar en un conflicto en Siria que sólo servirá para fortalecer a ISIS y Al-Qaida puede que entusiasme a algunas de las potencias de la zona, pero para los intereses reales de Estados Unidos equivale a dispararse un tiro en el pie alegando que se va a correr mejor. El gasto militar –que agradará a las empresas armamentísticas, sin duda– se pagará a costa del programa de infraestructuras y de la creación de empleo y reviviremos el gran drama de Vietnam cuando el entonces presidente Johnson tuvo que renunciar a su plan de la gran sociedad en áreas como la creación de trabajos, la cobertura sanitaria y la educación porque era más urgente bombardear masivamente el país indochino. Por cierto, bombardeos que utilizaron armas químicas como el agente naranja que dañaron también a soldados estadounidenses que aún siguen pleiteando con el Gobierno nacional.

Tengo mis dudas de que Trump sepa cabalmente lo que ha hecho, pero difícilmente hubiera podido escoger un camino peor. En cualquier caso, podemos dar su sueño por acabado y no sólo el suyo sino el de millones de estadounidenses.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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