Tengo muy presentes las palabras de Ramón J. Velásquez, dichas para describir la realidad venezolana de finales de siglo e inicios del actual. “El pueblo abandona sus casas y se lanza a las calles sin disposición de regresar, en actitud constituyente”, me dice. Su descripción metafórica sobre los sucesos de 1989 y 1992 indica con lucidez que los tiempos por venir serán distintos y sin anclajes en lo conocido. Destaca la explosión del desarraigo, la pérdida de la textura social a raíz del agotamiento del modelo de Estado y de organización partidaria que a todos –en Occidente y no solo en Venezuela- nos lega la modernidad.

Se trata de un fenómeno coetáneo a la globalización –inevitable como la revolución de la imprenta, sucedida hoy por la virtualidad e inmediatez de la información– y al debilitamiento de los espacios territoriales, contenedores hasta entonces de la identidad cultural y ciudadana.

Que luego el chavismo acierte en la constatación de ese fenómeno en 1999 y a la sazón, antes que resolverlo, prefiera la forja de categorías constitucionales profundizadoras de la división social a objeto de imponer luego un retorno esquizofrénico hacia el socialismo real o comunismo, no le resta veracidad a la premisa.

Que el Socialismo del siglo XXI sea expresión del mismo disparate que fueran las fallidas experiencias de la Unión Soviética y Europa oriental, en modo alguno trastoca lo esencial. La república democrática hace crisis –no los valores de la cultura occidental, abandonados por sus albaceas- desde el instante mismo en que el tiempo y la velocidad de vértigo pasan a ser más importantes que el espacio enrejado del Leviatán.

América Latina vive su transición histórica adelantada y sus desafíos se frustran al predominar el tráfico de las ilusiones, al maridarse la corrupción política con el narcotráfico y manipularse los elementos de la democracia bajo la regla del usa y tire, para favorecer los autoritarismos; pero esta vez el deslave de la liquidez social empapa a la madre de nuestras democracias, la de Estados Unidos, y se topa con el muro de Donald Trump.

Apenas concluida su inauguración los disparos en su contra no se hacen esperar. No pocos esperan que traicione o modere su discurso de campaña. Un agudo comentarista lo resume –peyorativamente– como “nativista”.

Obviamente, para el mundo liberal norteamericano, emparentado con los populismos latinoamericanos, Trump es la negación de lo “políticamente correcto”. Más, lo paradójico, es que aquél y éstos tachan de populista al mandatario en estreno por remitir su discurso inaugural al pueblo, reiterándoles su promesa de volver a las raíces. Afirmar la patria –lo dice pertinente otro comentarista de CNN, próximo a Trump– no significa avalar comportamientos discriminatorios.

Tal criterio, por cierto, lo esgrime y comparte Francisco, admirado por los “progres” y sus áulicos de la izquierda globalizada. En La nación por construir (2005), el cardenal Jorge Mario Bergoglio señala como primer paso para la superación de la “política pactista sin proyecto hacia el Bien Común”, volver la mirada hacia la patria, hacia las raíces.

“Se ha roto la relación entre el hombre y su espacio vital, fruto de la actual dinámica de fragmentación y segmentación de los grupos humanos. Se pierde la dimensión identitaria del hombre con su entorno, su terruño, su comunidad. La ciudad va poblándose de no-lugares, espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas instrumentales, privados de símbolos y referencias que aporten a la construcción de identidades…”, son las palabras del Cardenal.

La personalidad y el sentido mesiánico de la empresa que se propone acometer Trump, suscita temores obvios, incluso en quien esto escribe. La historia nos nutre de ejemplos al respecto que al final mutan en tragedias humanas. Pero su primera afirmación, aun así, es impecable a la luz de la ortodoxia democrática: “Lo importante no es que los partidos controlen al presidente, sino que el presidente se deje controlar por el pueblo”. La segunda, su predicado de la vuelta a los orígenes para mirar con pie firme el porvenir, es coherente como respuesta a la liquidez de la realidad social en boga: “Un pueblo que no tiene memoria de sus raíces y que vive importando programas de supervivencia, de acción, de crecimiento desde otro lado, está perdiendo uno de los pilares más importantes de su identidad como pueblo”, dice Bergoglio y lo repite Trump.

Ante la explosión del desarraigo, en síntesis, cabe seguir el ejemplo de Juan Pablo II, levantarnos: “Revitalizar la urdimbre de nuestra sociedad” para contener la fuerza disolvente de las izquierdas irredentas y el terrorismo, que sólo se propone facilitar al Oriente engullirse las leyes morales y pluralistas de Occidente.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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