El presidente Donald Trump ha demostrado tener inclinación por la guerra. Su confrontación con Corea del Norte es el último y más peligroso de los ejemplos, sobre cómo usar la fuerza militar para respaldar, en este caso, su propia retórica.

Trump es diferente a su antecesor Barack Obama, ya que ha demostrado no tener inconvenientes en recurrir a sus generales, cuando quiere enviar una señal clara a los enemigos de los Estados Unidos.

El despliegue de un contingente operacional de la Armada de Estados Unidos en las aguas cercanas a la península coreana, el lanzamiento de la mayor bomba no nuclear jamás antes usada en combate, con la que atacó a ISIS en Afganistán; el ataque con 59 misiles Tomahawk a una base aérea siria y la embestida de fuerzas especiales dirigida a las células de Al-Qaeda en Yemen el pasado mes de enero han dado muestras de que no le tiembla la mano para enfrentar las crisis internacionales.

El presidente Obama aprobó en varias ocasiones el envío de portaaviones a los mares aledaños a Corea y Japón, pero nunca hizo alardes sobre estar listo para lanzar un ataque contra Corea del Norte.

Ahora, en cambio, bajo el liderazgo del nuevo presidente, nadie puede dudar, y menos aún el líder norcoreano Kim Jong-un, que Trump está listo para autorizar una ofensiva, si las circunstancias así lo exigen.

Obama fue siempre más cauteloso pero incluso él advirtió a Trump, antes de entregar la Casa Blanca, que Corea del Norte sería el reto más peligroso para su presidencia, dejando implícita la necesidad de llevar a cabo alguna forma de acción.

En todo caso Trump dejó claro que si China no coopera para detener el programa de armas nucleares de Corea del Norte, Estados Unidos lo hará solo, lanzando así la advertencia más fuerte jamás dada a Kim Jong-un.

La respuesta del dictador norcoreano fue amenazar con una guerra nuclear si era atacado.

Mientras que la retórica beligerante de Pyongyang es algo a lo que el mundo ya se ha acostumbrado, la última confrontación verbal entre Trump y Kim ha movido la línea roja a un nuevo y más peligroso nivel.

Kim parece estar convencido de que la única manera en la que su régimen puede sobrevivir es construyendo tantas bombas nucleares como sea posible y desarrollar misiles que puedan alcanzar a los Estados Unidos.

En el pasado, muchos presidentes estadounidenses trataron de cambiar esta visión norcoreana de hacer “relaciones internacionales”, ofreciendo mano de obra económica a cambio del compromiso de Pyongyang de desnuclearizar su política exterior, pero la oferta nunca funcionó. El programa nuclear continuó inalterable tanto bajo el régimen de su padre como del propio Kim, y ahora el conflicto se encuentra en una peligrosa escalada.

Corea del Norte siempre ha sido la amenaza más grave tanto para la región como para los Estados Unidos, pero mientras Obama mantuvo el camino diplomático, persuadiendo a China para ser interlocutor con su vecino, Trump ha adoptado una actitud más frontal.

En Washington hay muchos republicanos que apoyan esta dura postura, en contra de un hombre que consideran volátil y peligroso, pero hay enormes riesgos.

Si Corea del Norte es atacada por Estados Unidos y Kim logra lanzar un misil nuclear hacia Corea del Sur en represalia, las consecuencias serían demasiado aterradoras como para siquiera considerarlas.

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