El país pide se le abran caminos, luces de esperanza en medio de la oscuridad que le aprisiona y hace temblar las piernas de la república. Lo pide a gritos la gente, en medio de lágrimas todavía pacíficas, las de la impotencia, las de la tristeza, que amenazan ser las de la rabia colectiva.

No se trata sólo del hambre que nos lleva a hurgar comida en medio de la inmundicia o de las medicinas que se mendigan a través de las redes. Se trata de algo más vertebral. Es el asesinato moral que se ejecuta a manos de la dictadura y algunos pocos opositores –que los hubo también en las dictaduras de Pérez Jiménez y en la de Pinochet como me consta– funcionales a la misma. Busca inhibir los reflejos nacionales, esos que todo ser humano despierta ante el peligro extremo cuando le acecha, y para salvar su vida y la de los suyos.

Quienes lo procuran no tienen más propósito que la rendición de los ánimos de nuestra sociedad hecha de hilachas, para luego hacerse, en su obra de destrucción, de los mendrugos restantes de una patria que ha dejado de ser tal; que expulsa a los hijos buenos –diría Andrés Eloy– o los lleva a sus ergástulas; que perdió su tensión hacia el pasado y se empeña en negar el porvenir, predicando “la muerte de Dios”. Y no olvido que fue Zaratustra la biblia que lée el causante en su agonía habanera, antes de transferir los venenos de su aprendizaje a sus muchos causahabientes; pues no es sólo Nicolás Maduro el culpable de que hayan cedido entre nosotros hasta las leyes universales de la decencia.

Este diagnóstico, así de crudo y ajeno a los circunloquios, no es pesimista. Tampoco inútil desahogo. Expresa, sí, el coraje y la indignación de quienes desde nuestros teclados denunciamos situaciones, posturas, actitudes dentro de la vida política nacional, que emergen como mala raíz para contaminar a la yerba buena, y ante las que cabe alertar. “Recojan primero la mala hierba, y átenla en manojos para quemarla; después recojan el trigo y guárdenlo en mi granero”, rezan las Sagradas Escrituras.

Que a las cabezas de los poderes públicos –el Ejecutivo y el Judicial– y a sus entornos les aparezcan expedientes criminales que dicen –según la prensa nacional independiente que agoniza y la extranjera, con apoyo en investigaciones sustanciadas durante años– sobre sus vínculos presuntos con el narcotráfico, el terrorismo y el asesinato es algo muy grave y desdoroso. Es motivo suficiente para la vergüenza de quienes somos los gobernados.

Lo peor, no obstante, es que los que han de salir en defensa de esa vergüenza pisoteada y escupida, prestos y diligentes ahora impiden que se censure parlamentariamente a los responsables o afirman que esas nimiedades no deben distraernos del camino pactado y dialogado, o acaso en lucha, para llegar hasta unas elecciones. Ello representa un acto de traición y lesa majestad. Revela, en quienes así se conducen, ausencia total de fibras éticas; cosa distinta del sentido práctico de la política o de las argumentaciones de quienes, indigestos con la obra cumbre de Nicolás Maquiavelo, El Principie, reducen la ciudad a una mera lucha existencial del poder.

Nadie duda de la importancia de bregar por las elecciones, bajo una dictadura que las niega. Luis Almagro, secretario general de la OEA y en buena hora “esclavo de los principios”, se las reclama a Nicolás Maduro, sin más. Sabe que son un sagrado derecho del pueblo, innegociable, a contrapelo de quienes, también de manos de la propia dictadura y traídos a nuestro suelo por algunos opositores funcionales a ésta –ellos saben que lo son y el país sabe a quienes me refiero, pero no merecen mención para los anales– se empeñan en transarlas, con ucase vaticano. Se escudan en la idea de evitar que la sangre inocente llegue hasta el río, omitiendo que en 2016 quedaron a la vera 28.479 votantes asesinados y otros muertos por inanición, cuyas sangres ya anegan nuestra total geografía.

Pero volvamos a lo que importa, pues quienes llegan como emisarios de la UNASUR y del expresidente colombiano marcado por sus vínculos con el narcotráfico, no lo hacen por obra propia sino de quienes los apañan y abogan por dos impresentables: el vicepresidente de la república y el neo-presidente del Tribunal Supremo. Y me viene a la mente, de modo inevitable, la expresión de Julio César ante Brutus, su protegido y asesino: ¡Tú también, hijo mío!

Las elecciones, en una democracia, no se olvide ello, para que sean democráticas no basta con que se realicen y sean libres y justas, como reza la Carta Democrática Interamericana. Han de ser elecciones informadas. Todo votante ha de saber a favor y en contra de qué o de quién vota. Y una cosa es votar o no a favor de un gobierno incompetente, y otra elegir, “democráticamente”, a narcotraficantes, terroristas, asesinos y sus cómplices, quienes nos hacen pasar hambre y miserias como parte de sus “narcisismos malignos”.

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