El hombre se duerme a las cuatro de la mañana y despierta pasado el mediodía. Duerme con zapatos: si se los quita, se le enfrían los pies. En una esquina de su habitación tiene una nevera muy grande. Despierta cada dos o tres horas, abre la nevera, toma un vaso de limonada helada y sigue durmiendo. En general, duerme bien, mejor de lo que ha dormido los últimos diez o doce años, cuando comenzó a tomar pastillas.

A la una de la tarde, después de tomar un número de pastillas diurnas (para que no se le caiga el pelo, para atizar la potencia sexual, para no deprimirse, para que no le falle la memoria), va con su esposa al colegio donde estudia la hija de ambos. Es una escuela pública. Hay treinta niños en el salón de su hija. Casi todos son bilingües y pasan del inglés al español sin dificultades ni sobresaltos, salvo un niño que es ruso y una niña que es coreana. Su hija le habla a menudo en inglés y él no la riñe ni le pide que le hable en español y le contesta en su inglés guerrillero. Pero ella, con apenas cinco años, habla un inglés más fluido que él. De todos modos, a él le sirve para practicar un idioma que, si no lo habla con su hija, no lo habla con nadie más, porque todas sus operaciones, diligencias, transacciones y conspiraciones las hace en español, a pesar de que vive en un país donde el inglés es la lengua oficial.

Almuerzan en el mismo restaurante todos los días. Es un café moderno, sencillo, sin grandes lujos ni pretensiones, con un cocinero peruano de extraordinario talento, que renueva la carta día a día, haciendo gala de gran inventiva. Los dueños son venezolanos y escaparon a tiempo de las desgracias que se han ensañado con su país. Son de origen vasco, sumamente laboriosos, encantadores, muy queridos por todos los habituales en ese café. Hacia las tres de la tarde, una vez que han comido y bebido platos deliciosos, el hombre y su familia vuelven a casa. Cada uno se encierra en su cuarto: él, a trabajar en la novela que está maliciando, sobre la pelea épica de dos grandes escritores; ella, su esposa, a tramar los comentarios en clave de humor que grabará, editará, musicalizará y subirá a Youtube, donde tiene ya miles de suscriptores; y su hija, la niña de cinco años, a hacer sus tareas, mientras mira de soslayo la televisión o juega en su tableta.

Dos horas después, cuando empieza a dolerle la espalda y siente la vista cansada, el hombre se pone ropa deportiva, una vincha sujetándole el pelo díscolo, y se dirige al gimnasio del barrio. Procura no hablar con nadie, agradece que no le hablen. Le gusta mirar sin que lo observen. Por eso, entre otras razones, no vive más en el país en que nació. Mientras trota media hora subido en la cinta, confirma que los hombres jóvenes son abrumadora mayoría en ese gimnasio. De cada diez personas, siete u ocho son jovencitos que levantan pesas y se miran en el espejo como si fueran inmortales, y dos o tres son señoras que batallan admirablemente para encubrir los estragos del envejecimiento. El hombre corre, mira, suda, jadea, quema en total doscientas cincuenta calorías. Es inútil: sigue estando gordo. No se considera mórbidamente obeso, escandalosamente gordo, sino un gordito solapadamente feliz. Debería bajar unos diez kilos. Ha tratado, pero todas sus tentativas han sido en vano. Parece resignado a vivir con esa barriga hecha principalmente de chocolates. Su esposa no se hace ilusiones y lo quiere así.

De vuelta en su casa, el hombre se da una ducha rápida en agua fría. No le gusta el agua caliente. Necesita un chorro frío en la cabeza para sentirse vivo. Luego lee cuatro periódicos impresos en papel: tres en español, uno en inglés. A las seis y media en punto, mira las noticias en un canal de televisión. A las siete se viste de traje y corbata. Tiene decenas de corbatas finas que ha comprado a lo largo de los años. Podría decirse que es un coleccionista de corbatas (y enemigos). Ciertas corbatas le recuerdan momentos buenos o no tan buenos de su vida. Incluso hay corbatas que evocan vivamente a un determinado personaje al que entrevistó en su programa de televisión. Después de cenar algo ligero, generalmente unas galletas con queso y un jugo de manzana, cosas que compra con su esposa en el supermercado naturista, se dirige al canal de televisión. Maneja con suerte cuarenta minutos, pero a veces hay un accidente o un tráfico espeso incomprensible y le toma una hora o más llegar. Mientras maneja, escucha una radio de Buenos Aires. Tiene pasión por todo lo argentino. Sueña con irse a vivir a la Argentina cuando se retire de la televisión. Compraría una casa en el campo, en Pilar, en un barrio cerrado con vigilantes controlando la entrada, y un apartamento en Recoleta, cerca de los cines, para ir caminando cada tarde. Oír la radio argentina le permite saber las cosas febriles que pasan allá: a quién quieren meter en la cárcel, qué pasa con la selección de fútbol, que piensa la gente del presidente, cosas así. El hombre ha sido feliz en Buenos Aires como no ha podido ser feliz en Lima, la ciudad donde nació.

Llegando al canal, se encierra una hora en el cuarto de edición. El editor es un cubano de origen judío que vivió en Israel. Es muy inteligente, muy talentoso. Edita con manos de tijera. En una hora, eligen juntos los videos que emitirán más tarde en el programa. Es un trabajo delicado, paciente, que exige absoluta concentración. En ese momento el hombre se siente como el chef en la cocina: tiene que meter las manos para que lo que va a ofrecer al público sea de óptima calidad. Luego pasa por el cuarto de maquillaje. La señora le aplica bases y polvo. Es una mujer muy agradable, de mediana edad, que suele sonreír en cualquier caso. Después va a su oficina y se encierra a tomar apuntes, preparando el monólogo de introducción que dirá en su programa.

El programa comienza a las diez y media, en directo. Antes comenzaba a las diez. Lo movieron media hora más tarde y a él le dolió, pero no tuvo más remedio que encajar el golpe con aplomo y seguir haciendo su mejor esfuerzo. Antes era un programa mitad político, mitad artístico: veinte minutos dedicados a repasar la actualidad política, luego una entrevista a algún artista de paso por la ciudad, promocionando algo de valor debatible: un disco, un concierto, una obra de teatro, una película, un libro. No siempre los promotores de esas cosas son verdaderos artistas, a veces son esforzados comerciantes de sus tentativas artísticas. Ahora, sin embargo, el programa es enteramente político, y el hombre parece más a gusto en esa deriva. Por alguna extraña razón, la política le apasiona más, de una manera morbosa, que los discos o las obras de teatro o los libros que llegan a su programa con la expectativa de que él les dé un espaldarazo. De hecho, el hombre podría ser un político. No lo es porque es consciente de sus limitaciones y sus fallas genéticas: es bipolar, es depresivo, es ermitaño, ha sido adicto a las drogas, ha tenido novios lujuriosos, aunque ahora está casado y es feliz con su esposa y por fortuna ha dejado todas las drogas ilegales, salvo las que le prescribe su médico de cabecera para regular la bipolaridad.

Terminado el programa, cerca ya de la medianoche, el hombre maneja de regreso a su casa, oyendo de nuevo la radio argentina, pero a esa hora el conductor no le parece demasiado bueno y cuando habla parece que estuviera leyendo cosas que le han copiado de internet. Después de quitarse el maquillaje, se prepara una cena frugal: corta un aguacate y un tomate, pedazos de queso y jamón de pavo, y acompaña esa ensalada con un vaso de jugo de manzana que ha comprado en el mercado naturista. Luego viene el mejor momento del día: tendido en su cama, ve un capítulo de una serie de ficción que lo tiene hipnotizado, y enseguida lee un capítulo de una novela admirable, prodigiosamente bien escrita, sobre un dictador latinoamericano. Ambas cosas, ver ficciones y leerlas, le sirven de un modo impreciso para educar el instinto artístico y trabajar en sus novelas. Tiene para sí que no se puede ser escritor sin ser antes un buen lector.

A las tres de la mañana apaga todas las luces y conversa en la penumbra con su esposa hasta que ella se queda dormida. Muy a menudo ella se duerme cuando él está hablándole, y eso le hace mucha gracia, y termina pensando que las cosas que dice deben de ser tan aburridas y predecibles que ella se duerme enseguida, narcotizada por aquellas palabras sedantes. Luego se queda pensando en que estos han sido los años más felices de su vida.

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