Cuando mi esposa me dijo que quería irse dos semanas a Lima, con nuestra hija de seis años, para escapar del calor agobiante de Miami, y disfrutar del suave invierno de Lima, tan suave que a veces no parece invierno, pensé que nos vendría bien dejar de vernos unos días y, si acaso, extrañarnos. Desde que ella quedó embarazada siete años atrás, nunca nos habíamos separado más de tres o cuatro días, y dejar de vernos dos semanas nos parecía una prueba, un desafío y unas convenientes vacaciones conyugales, el tipo de descanso o asueto en el que uno recupera en cierto modo la libertad perdida y se permite hacer algunas cosas egoístas que la vida en pareja, un pulso de dar y recibir, un juego de concesiones desiguales, a menudo impide.

Yo me había jactado siempre de saber estar solo, de elegir estar solo sin por eso sentirme mal, desgraciado o desdichado, de ser consistentemente ermitaño, ensimismado, reacio a la vida social, desconfiado y hasta paranoico de las intenciones de los demás (quieren saber cómo vivo, quieren espiar de qué manera zafia está decorada mi casa, quieren sacarme plata, quiere robarme chismes que luego esparcirán a mis espaldas, haciendo escarnio de mí). Cuando era joven, mi noción de la felicidad era austera y acotada: leer cosas que se parecieran a la vida misma (desde luego a solas, no he conseguido nunca leer si una persona está echada a mi lado), escribir (a solas, en silencio, con los teléfonos apagados y las puertas cerradas, como si fuese un prisionero de mí mismo o el habitante de un manicomio que camina en círculos y habla solo) y ver películas en el cine (a veces dos y tres en un solo día, si estaba de viaje en alguna ciudad con gran cartelera, como Madrid, Barcelona o Nueva York, por supuesto siempre solo, para correr de un cine a otro y comer algo de paso entre películas).

Nunca se me ocurrió la idea chiflada de que la felicidad podía hallarse oculta en una fiesta, un evento social, un banquete, sarao o francachela: he evitado sistemáticamente los bautismos, los casamientos, los funerales, los aniversarios de bodas, los cumpleaños, los quinceañeros, incluso, las reuniones navideñas. Cualquier concentración humana, convocada en nombre de la felicidad, me parecía sospechosa, inconveniente, un tipo de alegría forzada, impostada, que no se me daba bien y, de prestarme a ella, me dejaría extenuado, vacío. Por eso no he querido ser padrino de nadie, he renunciado explícitamente a ser padrino de dos de mis sobrinas (con los resentimientos y habladurías consiguientes), y no he asistido a las bodas fastuosas de varios de mis hermanos (aterrado de que me pidiesen bailar y emborracharme, dos cosas que no sé hacer), y no concurro tampoco a velorios, funerales, cremaciones (con la excepción del sepelio de mi padre, aunque me negué a cargar el ataúd, pues sentía que su vida me había pesado bastante como para cargar también sus despojos), ni me apunto a los cumpleaños de nadie. Debido a ello, y no debería sorprenderme, ya nadie me invita a nada, y cuando cumplí cincuenta años nadie quiso venir a saludarme a esta casa en la isla, a no ser por mi madre, una santa, y un par de hermanos, buenos samaritanos, que me ven con lástima como al loquito de la familia al que hay que perdonarle todo, porque, bueno, nació medio fallado.

Por eso, dado mi historial, y cuando digo “historial” aludo también a mi historia clínica, a mis adicciones, a mi condición bipolar, a las pastillas que tomo para regular y mejorar mi estado de ánimo, pensé que pasar dos semanas solo, como un monje anacoreta, como un nefelibata, como un asceta, me haría muy feliz. Pues me equivoqué, me equivoqué en toda la línea. Fueron dos semanas miserables, me sentí como un perro sin dueño, pensé que me iba a morir.

El primer desencanto, que, de haber sido menos iluso, bien pude evitarme, sobrevino cuando les escribí a mis hijas mayores, una en la ciudad de Nueva York, la otra en San Francisco, invitándolas a venir a la isla a pasar unos días conmigo, aprovechando que estaríamos solos y podríamos mimarnos y consentirnos y ponernos al día con los chismes y ocurrencias familiares. No hubo respuesta alguna, la respuesta fue un silencio elocuente, cortante, que perdura hasta hoy. Insistí, escribí varios correos, pero fue evidente que ellas no querían visitarme ni perder su tiempo conmigo. Bien, me dije, será cosa de reanudar las costumbres de los viejos, buenos tiempos, y darme un empacho de películas, a dos y tres por día. Mi esposa y nuestra hija viajaron un sábado por la tarde, las llevé al aeropuerto, lloramos como si no fuésemos a vernos más, y, en vez de volver a casa, temeroso de encontrarme con mis demonios y fantasmas en medio de un silencio abismal en la casa deshabitada, me dirigí a un cine, y a otro, y a un tercero, y vi tres películas, hasta bien entrada la madrugada. Al día siguiente vi otras dos películas, y ya no había nada más por ver en la cartelera. Luego empezó la lenta, insidiosa erosión que la tristeza y la melancolía provocaron en mi estado de ánimo y ulteriormente en mi salud. No sabía que uno podía enfermarse de estar triste, y es lo que me ocurrió. Divagaba como un zombi por la casa, buscando las voces y los olores de mis chicas, y una congoja pesada y gris como un saco de cemento me aplastó y hundió, llevándome al subsuelo mismo de la infelicidad. No por eso las llamé por teléfono, no: sabía que eran dichosas en Lima y no quería contaminarles el viaje de vacaciones con las palabras tóxicas, corrosivas, que a buen seguro saldrían de mi boca. Decidí sufrir como los hombres, a solas, en riguroso silencio, replegado como un animal herido, sin buscar desesperadamente la compañía de nadie, pues eso de hacer citas a ciegas en las redes sociales no me interesa, no sé cómo se hace y no quiero hacerlo. Siempre he pensado que las desdichas son malas para la salud pero buenas para el arte, para la educación sentimental, y me propuse entonces hacer la larga travesía por el desierto arrastrándome como un perro pulgoso, callejero, sin dueño. Antes me gustaba estar solo, ahora me sentía menoscabado y enfermo por culpa de la soledad que no había elegido, que me había sido impuesta, muy a mi pesar: no tenía hambre, comía solo bananas y manzanas; un pitido persistente zumbaba en mis oídos; me sentía débil, mareado, abúlico, idiotizado; dormía mal; soñaba todo el tiempo con ellas; me echaba en la cama de mi hija y buscaba su olor en la almohada; me metía en la piscina sin traje de baño y flotaba como un cadáver, mirando cómo los aviones dejaban una estela nívea en el cielo despejado; regaba las plantas y les hablaba; me costaba un trabajo hercúleo vestirme para ir a la televisión.

Hasta que se me ocurrió sacar el revólver de la caja fuerte. Era el día de la independencia y en la noche habría los fuegos y estruendos esperados. Pasé la tarde limpiando el arma, colocando balas calibre treinta y ocho en el tambor, leyendo las instrucciones como si fuera a cometer un crimen o a retirarme bruscamente del escenario. No la había disparado desde que la compré, hacía ocho años, después de que mis enemigos políticos, que son multitud, y tienden a crecer, me amenazaran de muerte. Si vienen a matarme, moriremos juntos, me dije, y compré el revólver, obtuve la licencia y, trabado por el seguro, lo escondí en la caja fuerte. Ahora paseaba por la casa, revólver en mano, y disparaba imaginariamente a mis enemigos, y les decía invectivas y diatribas, y yo mismo era mi padre, tan loco y encabronado y armado como fue siempre mi padre, que iba con pistola, pistolón, hasta a misa, y que fue colocado en el ataúd con dos pistolas al cinto, tal era su deseo. Hacia las nueve de la noche, cuando un fragor de pirotecnias y bombazos estremeció la noche, salí al balcón del segundo piso, apunté a la piscina iluminada, vi en ella a mis enemigos políticos, y disparé tres balazos, tres, que provocaron un estrépito, un fogonazo, y se confundieron con la trapisonda de aquella noche festiva. Al día siguiente, a media tarde, entré en la piscina, buceé con una máscara y encontré las tres balas diminutas, levemente desfiguradas por el impacto, que, gracias a la resistencia del agua, provocaron solo unos orificios menores al final de su trayectoria fugaz. Por extraño que parezca, jugar con esa arma, dispararla, sentir el daño que aquellas balas pequeñitas podían hacer, me devolvió a la vida, al lado más oscuro y peligroso de la vida, que es el que siempre me ha atraído naturalmente, y me hizo pensar que si la cosa en algún momento resultaba insoportable, era bien fácil, cuestión de segundos, acabarla, interrumpirla, bajar el telón. Revólver en mano, disparándole al agua quieta de la piscina, sentí un poder hechicero y perverso, y recordé la inevitable, trágica precariedad de la vida misma, y me llamé entonces a dejar de sufrir y hacer lo único que sé hacer para escapar de las contrariedades que vienen embozadas con los días: sentarme a escribir, sin más dilaciones, la novela que tengo que escribir, como si este fuese el último año de mi vida.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario