El presidente Donald Trump está dirigiendo un Gobierno en la Casa Blanca lleno de colaboradores, que parecieran pasar la mayor parte del tiempo discutiendo unos con otros.

Tener diferencias sobre temas esenciales es una cosa pero algo muy diferente es cuando los miembros clave de una administración, incluido el propio presidente, parecen estar conspirando para sabotearse mutuamente y en público.

La última interrupción de la paz y la armonía en el número 1600 de la avenida Pennsylvania surgió con la llegada y la abrupta salida de Anthony Scaramucci, un banquero de Wall Street que se desempeñó como nuevo director de comunicaciones de Trump por menos de dos semanas.

Scaramucci comenzó su primer día de actividades acusando a Reince Priebus por las filtraciones de información, que han estado llenando los periódicos en los últimos meses. Priebus, quien se desempeñaba como jefe de Gabinete de la Casa Blanca hasta su reciente salida, era una pieza importante del Partido Republicano y muy cercano al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan.

Aunque la liberación de “información privilegiada no autorizada” ha sido siempre parte del día a día en Washington, se ha convertido en la obsesión del Presidente, quien ha dicho en repetidas ocasiones que esas prácticas están poniendo en riesgo la seguridad nacional del país.

Tal vez Trump designó a Scaramucci para causar una corta interrupción y exponer a quienes divulgan anónimamente información confidencial. Quizás en secreto, Trump también creía que Priebus era culpable.

Luego de que Priebus dimitió, el jefe del Gabinete fue reemplazado de inmediato por John Kelly, secretario de Seguridad Nacional, un general retirado, de cuatro estrellas, de la Infantería de Marina y exjefe del Comando Sur, quien podría imponer un nuevo sentido de disciplina a una desordenada y caótica Casa Blanca. Kelly y Scaramucci nunca hubieran podido trabajar juntos.

Trump siempre dijo que quería destruir el “establishment’ de Washington y esta puede ser su manera de hacerlo, pero es extraño que el Presidente elija a sus asesores para luego aniquilarlos a la vista de todos.

El ejemplo más dramático de este comportamiento es el trato que Trump le ha dado a Jeff Sessions, el procurador general, a quien ha criticado abiertamente por su aparente debilidad al apartarse de la investigación del Departamento de Justicia sobre la supuesta interferencia rusa, en las pasadas elecciones presidenciales.

Sessions fue una de los primeros republicanos en demostrar lealtad a Trump.

Entonces, ¿por qué el Presidente se ha vuelto contra él? Tal vez sigue enojado porque Sessions se recusó del tema de Rusia.

Al parecer, igualmente confiaba en que Sessions iniciara una investigación en contra de Hillary Clinton por el uso de correos electrónicos privados desde un servidor oficial, cuando fue secretaria de Estado.

Trump siempre dijo que Hillary Clinton debería estar en la cárcel. ¿Esperaba realmente que su fiscal general investigara a Clinton, cuando hay tantos otros retos importantes como las provocaciones con pruebas de misiles de Corea del Norte?

Ha habido incluso rumores de que Rex Tillerson, el zsecretario de Estado, está considerando renunciar, aunque por ahora lo ha negado.

Tal vez la estrategia de Trump es construir un nuevo orden a su medida, apoyado en las preferencias de sus votantes, las habilidades de sus militares y tomando distancia de los republicanos.

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