El título que pongo a esta columna guiará la descripción de un país en ruinas, un país donde la amoralidad y la complicidad conviven como si fuesen actitudes normales y comprensibles. Donde la muerte violenta es parte de lo cotidiano, la mendicidad un rasgo nacional, la mentira un discurso que sirve por igual a gobierno y oposición, país en el cual la censura social es satanizada y con grupitos de seguidores, adoradores y asalariados se busca erradicarla aún más de un lugar donde realmente poco ha existido y esa ausencia nos trajo hasta este espanto de guarida hamponíl que para muchos ya no significa otra cosa más que un castigo y del que cientos de miles quieren irse.

Porque Venezuela, si quiero ser veraz, es un país donde una elite corrupta y avariciosa apoyó a un tropero golpista y asesino que irrumpió una madrugada aciaga hace casi 25 años; que calculó beneficios de toda índole y también cobrando resentimientos y alimentando ambiciones hizo pendant con la izquierda infame y su obsesión de llegar al gobierno y desde él destruir libertades, economía, esperanzas y sobre todo alternabilidad política; elite que prefirió decapitar la democracia e imponer el espanto que hoy padecemos y que no llegó por obra y gracia de Dios, llegó sí por obra y gracia de blasfemos que hicieron verdad que la soberbia es el árbol donde cada rama guarda un pecado distinto y letal.

Venezuela es hoy la consecución del sueño que tuvo aquel infame ladrón llamado Hugo Chávez de llegar al Poder para eternizarse y aunque la vida le jugó una trastada con ayuda de la “Gran medicina” castrocomunista, le cedió el testigo a sus herederos, a esos que son su herencia, los que conforman lo que mucho opositor peligrosamente dotado de alguna cuota de liderazgo define como un “Legado” que además toma como componente de un discurso tan canalla y amoral como el mismo de los chavistas. Venezuela es hoy una plana gigante en la cual se nos pretende poner a escribir: “Con votos derrotaremos la canalla roja” y se evade por cualquier medio, dar información sobre la esencia de un régimen comunista, una tiranía a la que además se le ha complementado con narcotráfico y terrorismo y tiene entre sus “Principios” lo que reseña en su libro Jesús Urdaneta Hernández, otro de los golpistas del 4 de febrero de 1992, que narra que Chávez decía: “Si a mí me ponen la bombita de llegar a la Presidencia de la República por votos y estos adecos piensan que yo voy a renunciar, o que me van a sacar con votos, que se bajen de esa nube. La única forma que yo salgo del gobierno es a punta de plomo”. Así, con lo anterior tan presente y vigente, Venezuela también es hoy un cadalso para las opiniones que choquen con dogmas de un liderazgo opositor errático y que bien podemos secundar yendo a votar dentro de una semana, pero jamás permitiéndoles que desde cuoticas de poder que les permite la tiranía, nos convenzan de que elegir para que todo siga igual es una opción admisible.

Porque millones, y yo entre ellos, no escondemos la ira que nos causa que unos políticos cuyos “aciertos” son tan ínfimos que hay que ser o generosos o necios para tomárselos en cuenta a la hora de seguir jugando con nuestros derechos tanto políticos como humanos en general, y continuar arrastrándonos a elecciones y plebiscitos que terminan en nada como sucedió el 6 de diciembre de 2015 y el 16 de julio de 2017 sean capaces de obviar el hambre, la carencia de medicamentos, el secuestro de nuestras libertades tanto por el régimen como por el hampa, ya asomen posibles candidatos para medirse con el tío de los narcosobrinos, en un tiempo tan largo como resulta el que se transita de la mano de la pobreza extrema, de la falta de derechos elementales, de la ruina como apuesta segura y de la mancebía como fisonomía del hombre y la mujer que es obligado a malvivir y morir en tiranía.

Y porque Venezuela es hoy uno de los lugares con más presos políticos, un país ubicado en el último puesto entre los 159 países evaluados en el Índice de Libertad Económica 2017, un moridero de 916,445 km² cuyas basuras son tesoro para la abrumadora mayoría de hambrientos, este próximo 15 de octubre -sea cual sea mi decisión- la tomaré sobre la ira que causa la complicidad, la terrible verdad de que nuestra esperanza está en las sanciones internacionales y nunca en el errático proceder de los que ya conocemos de sobra y no les perdonamos la insensibilidad frente al dolor de una nación traicionada. La tomaré quizá buscando no reclamarme a mí misma una omisión…

ebruzual@gmail.com / @eleonorabruzual / www.gentiuno.com

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