La realidad política, nacional o internacional, da para pocas alegrías. El televisor, la radio, el periódico nos arroja al rostro espectáculos como democracias secuestradas, deudas públicas impagables, medios manipulados o consignas engañosas. A decir verdad, esas circunstancias son el pan cotidiano, amargo como el acíbar.

Quizá por eso cuando, de manera inesperada, tiene lugar una excepción, una agradable sensación de regocijo invade el alma.

Debo confesar que eso es exactamente lo que me sucedió el domingo pasado al conocer la noticia de la victoria del No en el referéndum celebrado en Colombia.

Me da igual que el Sí lo apoyaran la Casa Blanca, el Vaticano y hasta el anterior rey de España. No deja de resultarme absolutamente inmoral el que, bajo los auspicios de la dictadura castrista, se pactara entregar a un grupo narcoterrorista la impunidad incluso de crímenes contra la Humanidad a lo que se añadían un conjunto de escaños no obtenidos por votación popular, la paralización de las fumigaciones contra campos de cultivo de la droga, subvenciones como nadie las ha recibido en la Historia de Colombia y - ¡el colmo!- la imposición de la ideología de género.

Semejante proyecto vino adobado con una propaganda más que cuestionable, desde una perspectiva moral, que igualaba la capitulación ante los narcoterroristas con la paz mientras que la defensa de la integridad, de la justicia y de las víctimas se equiparaba con el belicismo.

Añádase además no pocas irregularidades de carácter jurídico o las presiones a los funcionarios para que orientaran su voto en la dirección que deseaba el presidente Santos. Pues ni por esas ganaron. Al menos, hay que reconocer que, a pesar de las unánimes encuestas que daban por vencedor al sí, se permitió al pueblo votar y el pueblo ha votado que no y hay que dar gracias a Dios por ello.

En España, por ejemplo, los ciudadanos no pudieron votar si aceptaban los acuerdos de los enviados de Rodríguez Zapatero y de la banda terrorista ETA en el santuario jesuita de Loyola.

Tampoco han podido votar si desean que las franquicias de ETA estén en los parlamentos o los ayuntamientos.

Mucho menos, si cabe, se les sometió a referéndum si estaban dispuestos a la inclusión del matrimonio homosexual en el código civil y no hablemos ya de cuestiones como las subidas continuas de impuestos o la ampliación de supuestos del aborto.

Y si eso sucede en España, a fin de cuentas, una nación inserta en la Unión Europea ¿qué podemos decir de una Nicaragua reducida a la dictadura por el sandinismo? ¿Qué se puede pensar de un Ecuador cuyas leyes de represión de la libertad de expresión sólo son superadas por las cubanas? ¿Qué señalar de una Bolivia donde la coca sustenta al régimen?

¿Qué concluir de Venezuela donde el chavismo está haciendo todo lo posible para perpetuarse en el poder o de una Cuba donde se vulneran los derechos humanos más elementales desde hace más de medio siglo?

Ambos regímenes, el castrista y el chavista, se hubieran visto favorecidos por la victoria del SÍ en el referéndum, pero en Colombia, han podido expresarse democráticamente y se han opuesto a consentir la inmundicia política y sus consecuencias. La verdad es que parece que hay días en que las fuerzas del mal son derrotadas y entonces es para gritar: ¡Viva Colombia!

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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