En mi anterior artículo, me referí a las personas que, previsiblemente, votarán a Trump. Debo dedicar éste a los votantes potenciales de Hillary. 

En primer lugar, la votarán los que recuerdan con nostalgia al presidente Clinton. Muchos desearían relacionar a Bill Clinton sólo con episodios como el de la becaria Lewinsky o el fracaso de las conversaciones para llegar a un acuerdo definitivo en Oriente Medio. Sin duda, todo eso sucedió durante su presidencia, pero no es menos cierto que Clinton consiguió las mejores cifras de empleo de la Historia reciente y unos resultados económicos difíciles de superar. El sueño de muchos es verlos repetidos y esperan que se conviertan en realidad con Hillary en la Casa Blanca.

Segundo, apoyarán a Hillary los partidarios de la protección o incluso discriminación positiva en favor de minorías como los negros, los hispanos o los gay. Por supuesto, hay excepciones como algunos negros del estilo de Larry Elder o buena parte de los cubanos de Miami, pero, en términos mayoritarios, Hillary se llevará el voto negro, hispano y gay y, por supuesto, el de no pocas mujeres ilusionadas con la idea de que una de ellas alcance la presidencia.

Tercero, respaldarán a Hillary los que aspiran a unas políticas sanitaria y educativa mejores.  La sanidad en Estados Unidos es, ciertamente, buena, pero también innegablemente cara y fuera del alcance de millones de ciudadanos. En cuanto a la enseñanza universitaria, no es excepcional que los estudiantes se gradúen con una deuda de centenares de miles de millones de dólares. Es cierto que no todos los seguidores de Bernie Sanders van a dar su voto a la que denominan “candidata de Wall Street” y también que el Obamacare no ha funcionado todo lo bien que se esperaba.  Sin embargo, en estos temas, muchísimos confían más en Hillary que en Trump.  

Cuarto, la votarán los que desean que once millones de inmigrantes ilegales se queden y, por añadidura, vengan sus familiares. El único esfuerzo – derrotado hasta ahora – para que la mitad pudiera quedarse legalmente lo ha realizado Obama y es previsible que Hillary lo repita. 

Quinto, también la votarán los que creen más en un mensaje comunitario que individualista, positivo que negativo.  De hecho, uno de los aspectos más inteligentes de la campaña demócrata es contraponer el “unidos” al “hombre solo”.

Sexto – y muy importante – el ticket demócrata será votado por aquellos que desean a un presidente moderado. Hillary está jugando muy astutamente la carta de ser la candidata que no sólo no provocará maremotos en la bolsa sino que es capaz de impulsar a un candidato a la vicepresidencia, cuyo discurso en favor de la familia parece pronunciado por el ala derecha de los republicanos. Si hubo “demócratas por Reagan” en el pasado, Hillary aspira ahora a tener “republicanos por Clinton”. 

Séptimo y esencial, Hillary es la candidata del establishment.  No presionará a las grandes empresas, no acosará a Wall Street y, a diferencia de un aislacionista Trump, emprenderá cualquier intervención militar considerada conveniente en ciertas esferas de poder. A fin de cuentas, las primaveras árabes – fallidas trágicamente – forman parte de su legado como secretaria de estado.  De esta manera, Hillary apela desde los republicanos moderados – o simplemente anti Trump – a las minorías étnicas que pueden decidir elecciones en swing states como Florida. Para derrotarla, tendrán que ser muchos los americanos que acudan a las urnas convencidos de que les están robando el país.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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