Zoe ha cumplido seis años. Sus principales preocupaciones, expresadas en constantes preguntas y asiduas lecturas de su tableta electrónica, son el clima en diversas ciudades del mundo, especialmente aquellas que no conoce y en las que asegura que el aire está viciado, como Beijing y Shangai, los atentados terroristas en Europa, la guerra civil en Siria y la existencia de Dios, tema que aborda con mi madre cuando la visitamos en Lima. También le preocupa recordar con precisión todas las capitales de América y Europa, y las que ha aprendido últimamente sin que nadie la estimule ni acicatee para ello, las del Medio Oriente.

Cuando pasamos a buscarla del colegio, después de saludarme con besos en la mejilla, y tras decirme diminutivos afectuosos y juguetones, suele preguntarme qué temperatura está haciendo en Beijing, en Tokio, en Seúl, en Bangkok, ciudades que ella no conoce y yo tampoco, y como nunca sé qué responderle, porque no investigo en mi teléfono los climas del mundo, ella enseguida abre su tableta que ya es casi una parte de su cuerpo, navega por las redes y me va contando los climas del Lejano Oriente. Curiosamente, nunca me pregunta qué clima hace en Nueva York, en Los Ángeles, en San Francisco, solo se obsesiona con la temperatura y la contaminación que se registran en el Oriente. También me pregunta sin demora si ese día han ocurrido actos terroristas en Europa, y cuando por desgracia se han registrado matanzas perpetradas por locos suicidas, debo relatárselas sin ahorrarme detalles y tratando de explicarle por qué esa gente decide matar a personas inocentes, lo que a veces resulta completamente inexplicable, a no ser por el veneno que siembra la interpretación fanática de unas ciertas religiones.

Zoe tiene una pasión creciente por los viajes. Empezó a viajar cuando cumplió cuatro años y ahora me pide que viajemos todos los meses, lo que, dado su calendario escolar y mis obligaciones con la televisión, no siempre es posible. La hemos llevado a ciertas ciudades de América del Sur donde me siento en casa, como Buenos Aires, Santiago, Montevideo y por supuesto Lima, y a ciudades de los Estados Unidos, su país, su casa, donde hemos gozado sin restricciones ni culpas, como Nueva York, Los Ángeles y Houston. Sin embargo, donde más feliz la he notado es en Montreal, quizás porque en aquella ciudad conoció la nieve y aprendió a esquiar. Con frecuencia me pregunta qué ciudades visitaremos pronto, y le digo que iremos a Washington, a Vancouver, a Palm Springs, a Santa Bárbara, y cuando me pide ir a Europa, le digo que todavía es muy pequeña y que los cambios de horario le afectarían mucho, y que es mejor esperar dos o tres años antes de ir a Europa. No le hace ninguna gracia que le diga eso, ella se siente una niña en aptitud de conocer ya todo el mundo. A veces me sorprende diciéndome que por favor no la lleve nunca a Turquía ni a Siria. Sabe que en Turquía ocurren atentados terroristas con una cierta frecuencia, y que en Siria la guerra civil ha cobrado casi medio millón de muertos, y cuando vio las imágenes de los niños sirios agonizando, intoxicados por gas sarín, quedó horrorizada y me dijo que nunca iríamos a Siria, a Turquía, ni en general a los países de Oriente Medio.

¿Cómo ha aprendido sola las capitales del Medio Oriente y de Europa, no digamos ya las de América? Yo nunca se lo he sugerido ni menos exigido, es una curiosidad que surgió espontáneamente en ella y que ha cultivado en aplicaciones de internet, no solo memorizando capitales y países, sino incluso banderas, lo que ya me deja pasmado. ¿Por qué está tan al día de la contaminación en ciertas ciudades del mundo? ¿Por qué se preocupa tanto del clima, de cuánto frío hace en Beijing o cuánto calor hace en Buenos Aires? De nuevo, son cosas que ella ha aprendido por su cuenta, consultando ciertas páginas de internet que yo ni siquiera conozco, y preocupándose genuinamente por la calidad del aire que respiran los chinos. Todos sus conocimientos provienen de su curiosidad, de su intuición, de sus ganas de saber, y las respuestas a sus preguntas las obtiene en una tableta electrónica que rara vez suelta, y que lee obsesivamente mientras come, espera el sueño o viaja con nosotros. Sus deseos quemantes de estar bien informada, ¿los ha heredado en su dotación genética de mis deseos de leer veinte periódicos del mundo y saber al detalle lo que ocurre en el globo? Sus ganas de saber todos los países, todas las capitales, todas las banderas, que me recuerdan vivamente a las ganas que sentía yo de niño de saberme las capitales africanas y hacer alarde de ello ante mis abuelos, ¿las ha heredado también de mí? No lo sé, pero con solo seis años parece por momentos una reportera del clima, una corresponsal de guerra, una periodista precoz a la que le cabe el mundo en la cabeza, y eso me maravilla, me asombra, y al mismo tiempo me asusta un poco, porque no quiero que sea una niña adulta, resabida, como fui yo un niño revejido, politizado, sabihondo, pero la verdad que es nada o muy poco es lo que puedo hacer para frenar el ímpetu caudaloso de sus curiosidades.

Las conversaciones religiosas no las busca conmigo sino con mi madre. Sabe que mi madre es muy religiosa, de misa diaria, y por eso la interroga sobre asuntos que parecen preocuparla: qué es la misa, qué es la comunión, por qué el cuerpo de Cristo está en una hostia, por qué su sangre está en un copón de vino, por qué Cristo está clavado en una cruz, adónde se van los muertos, por qué Dios no se deja ver y se esconde. Mi madre tiene todas las respuestas que yo no poseo ni me siento en aptitud de enunciar. Zoe la escucha atentamente y casi siempre repregunta, pero me parece que es incrédula y escéptica como sus padres respecto de las religiones en general. No se siente cómoda en un templo religioso, y menos en un oficio religioso. Se inquieta, se aburre, se quiere ir. Le gusta sentirse libre, vivir en su mundo de fantasía, hablar sola, ejecutar pasos de baile, volar imaginariamente. Y cuando quiere entender las complejidades del mundo, le gusta que las cosas tengan un sentido racional, una explicación lógica, demostrable, científica, y no que sean actos de fe, verdades irracionales, supersticiones indemostrables. Yo no me atrevo a mentirle cuando me pregunta adónde iré cuando muera, y suelo decirle que lo más probable es que, como los perros y los gatos y los colibríes, no me vaya a ninguna parte, y viva solamente, si acaso, en la memoria de las personas que me recuerden con afecto. La verdad puede ser áspera y hasta triste, pero previene de llevarse grandes desengaños, terribles decepciones. A veces he pensado bautizarla solo para contentar a mi madre, y hasta casarme en una iglesia con mi esposa para complacer las expectativas de mamá, pero no encuentro suficientes reservas histriónicas en mí para ejecutar ejercicios tan formidables de cinismo y duplicidad.

Durante la campaña presidencial que capturó su atención el año pasado a esa edad tan temprana, ella se opuso rotundamente al candidato rubicundo que acabó ganando la presidencia y convirtiéndose en el hombre más poderoso del globo. Veíamos juntos las noticias y me decía que no le gustaba nada ese señor. Me decía que sus modales eran los de un matón, le recordaban a tal o cual matoncito de su colegio público. No dudó en tomar partido por la señora afanosa que perdió. Aun ahora, cuando se sienta a mi lado para ver las noticias, se disgusta tan pronto como aparece el presidente del que desconfía intuitivamente, y se preocupa mucho de que pueda estallar una guerra en la península de Corea, y me pide que le explique por qué hay dos Coreas, cuál es la Corea buena y cuál la mala, quién ganó la guerra de Corea, por qué el rechoncho dictador norcoreano quiere irse a una guerra termonuclear. Yo se lo explico todo pacientemente y con detalle, pero ella se enfurece con la infinita idiotez humana, abre su tableta y empieza a ver cómo está el clima en Halifax, en Edimburgo, en Oslo, y cuáles son las noticias inquietantes que provienen de Siria y Turquía, los dos países que ella considera más peligrosos del mundo, y a los que, de nuevo, me ruega que no la lleve nunca de viaje. Cuando me dice “papi, por favor no me lleves a Turquía”, me conmueve, porque siento que ella en el fondo sabe que soy tan tonto que podría ser capaz de llevarla a Estambul o Ankara, y entonces sabe que tiene que cuidar de mí y alejarme de las zonas de riesgo y conflicto, más de lo que yo debo cuidar de ella.

En su última fiesta de cumpleaños, una señora le dijo, elogiándola:

-Zoe, ¡pareces una artista!

-No soy una artista –la corrigió ella, muy seria-. Artista es gente que toma whisky.

En otro momento de la fiesta, un niño que la adora le preguntó si quería casarse con él.

-No –dijo ella-. Prefiero tener un perrito.

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