Los fines de semana, en cualquier canto de la gran ciudad, es común ver a enjambres de colegiales pedir dinero a los choferes con tal de sufragar equipos deportivos.

La muchachada, guiada por sus entrenadores, escogen sitios -como la intersección de Coral Way y la Avenida 87- donde la demora de cada luz roja propicia reclamar de carro en carro unas monedas. 

Es una faena de relevo. Mientras unos se lanzan al ruedo, otros descansan, sin poder prescindir de sus refrescos de marca, como si el agua del grifo ya no saciara la sed.

Indudablemente, semejante abordaje de menores entre vehículos entraña peligros, lo cual contrasta con el celo de las administraciones educacionales en mantener a un nutrido personal para asegurar el ingreso y salida de los educandos en cada escuela.

Pero no sólo son escolares quienes suelen acudir a la caridad del prójimo. Igualmente piden uniformados a nombre de veteranos de guerra, bomberos a fin de socorrer a familiares de un colega y gente presuntamente sin empleo, quienes exhiben carteles tan lastimeros que aún le dejan el alma hecha un guiñapo a muchos cuando no le pueden ayudar.

Tantos reclamos de donativos por doquier le endilgan a la urbe una imagen de Tercer Mundo, sin que las autoridades se pronuncien o pongan ciertos cotos al respecto.

Precisamente, cuando hay tanta abundancia de bolsillos esquilmados, ¿qué valores socialmente-productivos les fomentan promotores y padres a esos chicos ávidos de costear sus empeños atléticos? ¿Es ser émulos de limosneros la opción adecuada?

Si no hay suficientes recursos con qué enfrentar lo caro, como lo son el béisbol o el fútbol americano, ¿acaso no existen actividades físicas y recreacionales más baratas? Incentivar entre los más nuevos la práctica del ajedrez, por ejemplo, es una irrisoria inversión con la cual se obtendría la fortuna de muchos más hombres y mujeres de luces largas.

En cuanto a los bomberos, bien pudieran recaudar fondos entregando al año la paga de un día. En definitiva, son altos como meritorios sus salarios por el servicio siempre presto a la comunidad.

Es que además, se resiente el prestigio de esa institución cuando con el afán de financiar nobles causas, se extienden botas y cascos por las calles por unas calderillas o hay quienes posan sensualmente sus músculos para almanaques comerciales.

Entre tanto, también sábados y domingos no lejos de las cuatro esquinas en la calle 24 del Suroeste y la Avenida 87, jóvenes feligreses friegan largas filas de autos a fin de cubrir gastos de su propia iglesia.  

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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