Desde hace años, se me pregunta a este lado del continente qué está sucediendo en esa región española conocida como Cataluña para que desee la independencia.  La pregunta se ha ido convirtiendo en más acuciante porque, en la actualidad, Cataluña atraviesa una gravísima crisis interna.

Posiblemente, la corrupción del nacionalismo catalán sea la mayor de España. Baste decir que a Jordi Pujol, el que fuera presidente de Cataluña durante décadas, se le han encontrado tan sólo en Belice y Panamá no menos de tres mil doscientos millones de euros procedentes, presuntamente, de la corrupción. 

En términos económicos, Cataluña recibe mucho más del estado que lo que aporta; se ha llevado la mayor parte de los fondos de ayuda a las Comunidades autónomas y tiene una deuda pública situada dos escalones por debajo del bono basura y a la altura de la de Angola.  

No puede extrañar que, en el curso de los últimos años, las empresas huyan de su territorio con una rapidez inquietante y que el gobierno nacionalista de Cataluña, empeñado en mantener a sus clientelas, ni siquiera pague a las farmacias. 

¿Cómo puede ser que una de las regiones más prósperas de España se haya desplomado de esa manera y, en medio del desastre, quiera ser independiente?  La razón se encuentra en la situación de privilegio que, desde hace siglos, ha disfrutado Cataluña.

Al menos desde el siglo XVIII, las oligarquías catalanas obtuvieron del gobierno nacional – sin excluir el del general Franco – la aprobación de medidas proteccionistas que impedían que sus productos soportaran la competencia, por ejemplo, de los textiles británicos mucho mejores y más baratos. 

Por supuesto, esas medidas proteccionistas perjudicaban al resto de España cuyos productos chocaban a su vez con los aranceles que otras naciones elevaban en respuesta a los que favorecían a Cataluña, pero ésta disfrutaba de un mercado cautivo y sometido a su práctico monopolio. 

Tal situación se vio seriamente amenazada al entrar España en la Unión Europea y desaparecer las barreras aduaneras.  Las oligarquías catalanas – que, en siglos, no habían creado productos competitivos - articularon entonces una amenaza de separación a la que los gobiernos españoles respondían derramando sobre Cataluña mucho más dinero que sobre otras regiones. 

El independentismo era, en realidad, un instrumento de expolio sobre el resto de España y, en el fondo, todos lo sabían, pero pasaron los años…  lo que sucedió entonces puede entenderse mediante una ilustración. 

Imaginen un joven desvergonzado que ha convencido a su novia para que se acueste con él bajo promesa de que cuando sus padres no lo necesiten se casarán o, al menos, se irán a vivir juntos.  Durante años el barbián se beneficia de la muchachita sin problemas, pero, un día, los padres le señalan que sería mejor que se fuera de casa y se casara.  En ese momento, descubierta la falacia, el joven escucha a su novia decir que hay que pasar por el altar.  Lo mismo ha sucedido con los nacionalistas catalanes.  Tras décadas de propaganda antiespañola, las generaciones educadas en ella quieren la independencia y los que se las han beneficiado durante décadas tienen que fingir que no hay distancia alguna entre sus palabras y sus deseos.  Eso es todo lo que pasa.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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