Se han cumplido estos días cuarenta años desde la primera vez que vi hablar en directo a Alexander Solzhenitsyn, autor ruso y Premio Nobel de literatura. La razón fue que Solzhenitsyn visitó España y fue objeto de una entrevista extraordinaria realizada por José María Íñigo y emitida por la televisora TVE. 

En el curso de la misma, el escritor tuvo el atrevimiento de decir que lo que pasaba en España distaba mucho de ser una dictadura cuando se comparaba con la URSS. Había muerto ya Franco y el régimen iba a comenzar su desguace en unos meses, de manera que cargaron contra Solzhenitsyn despiadadamente todos aquellos que soñaban con implantar el comunismo en España. 

Incluso algún intelectual orgánico del totalitarismo llegó a escribir que el GULAG, el terrible sistema de campos de concentración creado por Lenin y copiado por Hitler, se justificaba para encerrar a gente como Solzhenitsyn. 

Decía la verdad. Ese océano de horror se había sustentado desde el principio en el deseo desmedido de aniquilar a los disidentes reales o supuestos. En aquel año bastante lejano de 1976, yo era un voluntarioso estudiante de ruso y lo era, en importante proporción, impulsado por el deseo de leer a Solzhenitsyn en su lengua original. 

Mi profesora –que no era mala, pero que exudaba un sovietismo espantoso– llegó a clase el día después de la entrevista hecha una verdadera fiera. A pesar o quizá por su actitud, yo defendí públicamente al escritor. Fue el mío un empeño quizá no elocuente, pero sí ardoroso porque admiraba al ruso desde tiempo atrás. Había comenzado a leerlo en la infancia, antes de que concluyeran los años sesenta, y me alegré cuando le otorgaron el Premio Nobel como si fuera cosa propia.

Con el paso del tiempo, mi identificación con el escritor no dejó de crecer.  Incluso vertí al español su libro El colapso de Rusia, uno de mis trabajos de traducción del que me siento más orgulloso y cuya descatalogación hace años lamento porque es un faro de lo que podría suceder en países como España en cualquier momento. 

Solzhenitsyn fue héroe en la gran guerra patria librada contra los nazis, prisionero en el GULAG en el denominado primer círculo –¿para cuándo la proyección de esa serie en alguna cadena de televisión?– y escritor extraordinario que analizaba la realidad desde una perspectiva profundamente cristiana, la nacida de su conversión en el cautiverio del GULAG.  

Maníacamente odiado por las izquierdas, ya que su obra era irrefutable, también provocó la desconfianza de no pocos que vieron con horror cómo el escritor fustigaba los fallos de un Occidente que caía en la ordinariez, la falta de sensibilidad espiritual y el desprecio hacia la cultura. El hecho de que aborreciera el socialismo, no significaba que no contemplara las deficiencias innegables de otros sistemas. Como todos aquellos que arrojan verdadera luz entre sus contemporáneos, desconcertaba, irritaba y también provocaba adhesiones.  Para mí, a cuatro décadas de distancia, incluso tras su muerte, sigue siendo un maestro.        

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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