Hace unos meses, se publicó Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman), una continuación de Matar un ruiseñor (To Kill a Mockinbird), la obra extraordinaria de Harper Lee, base de una película no menos notable. 

Me apresuré entonces a reservarla y la leí hace poco con enorme interés. Quisiera adelantar que para aquellos que esperen un texto de la altura de Matar un ruiseñor, la novela resultará decepcionante desde muchos puntos de vista. 

De entrada, carece del acento noble, casi épico, que caracterizaba Matar un ruiseñor. Es también más breve y no cuenta con un hilo argumental que vaya más allá del viaje de la niña -ahora veinteañera- Scout a su pueblo natal para pasar unas vacaciones con su padre, el abogado Atticus Finch. 

Sin embargo, a pesar de la distancia literaria, Ve y pon un centinela no carece, en absoluto, de interés. En una época en que se están escribiendo auténticas majaderías sobre la bandera de la Confederación, en sus páginas encontramos un acercamiento extraordinariamente ecuánime a lo que significó la guerra de Secesión, el problema racial y el movimiento de los derechos civiles en los años sesenta del siglo pasado. Y es así porque si, por una parte, se recoge la posición de los partidarios de impulsar las reformas que ayudarían a la población negra; por otra, permite entender las reacciones de una población blanca que temía, sustancialmente, que se repitiera un trauma como el de la Reconstrucción con unas instituciones controladas por una mayoría que, aparte de ser racialmente distinta, resultaba inculta y carente de preparación.

A partir de ahí, Harper Lee convierte en añicos la relación entre Scout y su padre, Atticus Finch, uno de los elementos más sugestivos de su primera novela, aunque lo consigue sin alterar el perfil enormemente atractivo de ambos. 

Pero, por encima de todo, estas páginas constituyen un hermoso canto a la responsabilidad moral que cada individuo ha de afrontar por sí mismo. La gran tentación en nuestra vida es la de intentar cobijarnos bajo un centinela que nos indique el camino que hemos de tomar en encrucijadas difíciles. Sea la dictadura de lo políticamente correcto, la predicación del clérigo, la disciplina de partido o los consejos del programa preferido de televisión, son millones los que se sienten más cómodos contando con alguien que les diga lo que han de hacer.

A decir verdad, ese punto de partida ha permitido la creación y consagración de no pocas formas de pensamiento totalitario, que pretenden contar con la legitimidad de mostrar e imponer a los demás lo que deben pensar y hacer.

La realidad, sin embargo, es muy diferente y se corresponde con el gran mensaje de la octogenaria Harper Lee. Ese mensaje consiste en que, al fin y a la postre, ese centinela debe ser nuestra propia conciencia y que no podemos escaparnos de nuestro deber descargándolo sobre aquel al que, supuestamente, nos sometemos. Se trata de una tesis extraordinaria en una época caracterizada por tanta irresponsabilidad moral.    

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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