MIAMI.- Alejandro Ríos es un apasionado del cine, y esa mirada aguda también le ha convertido en una especie de historiador del séptimo arte, en particular el que se realiza en Cuba. Allí donde las instituciones oficialistas intentan silenciar los trabajos más independientes y arriesgados, Ríos apunta con su instinto crítico para hacerle justicia a esos materiales que apuestan por contar una Cuba real, fuera de los estereotipos o discursos sesgados del régimen.

A tono con su constante aproximación al cine cubano desde la pantalla chica y en las columnas de opinión del diario El Nuevo Herald, el crítico de arte reúne en el libro La mirada indiscreta 10 años de reflexiones sobre el quehacer cinematográfico en la isla. La presentación tuvo lugar este sábado 3 de agosto a las 7 p.m. en Books & Books, Coral Gables. “Es una presentación que yo creo que me debía, en Books & Books, que respeto tanto y es uno de los centros culturales clave de esta ciudad”, comentó Ríos, que había lanzado este título en la Feria del Libro de Miami en 2017.

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“Para hacerlo un poco distinto, me senté con Cristina Nosti e hicimos el plan. Aprovechando la popularidad del programa La mirada indiscreta (aunque ya se acabó), pensamos hacer algo así en la presentación. Por eso, además del libro voy a presentar un corto cinematográfico”, adelantó sobre el material, del cual se reservó el título para proteger a los realizadores ante posibles represalias en Cuba. Ríos agradeció a Rosie Inguanzo, quien estuvo a cargo de la presentación, y a la editorial Hypermedia, que asumió su texto.

La trayectoria de Alejandro Ríos podría contarse con películas.

Cinema Paradiso

La profunda mirada de Ríos parte de un amor rotundo por el cine, pasión que, como confesó, viene de familia. “Tiene que ver mucho con mi padre. En Cuba en los años 50 se imprimían programas de cine en una imprenta en Mantilla. Él tenía la posibilidad de entrar gratis a los cines, y el contagio del cine vino de ahí”.

Como si contara una película, Alejandro se remontó a su infancia en La Habana y a aquellos viajes de su padre por las salas de cine de la capital. “Antes de trabajar en la imprenta él tenía una moto y movía las copias de las películas. Aquello eran unas latas enormes y pesadas, y cuando el Payret estaba poniendo el primer rollo, el cine Actualidades estaba poniendo el último. De hecho, de él dependía la continuidad de la película”.

“Ese es mi Cinema Paradiso”, confesó. “Siempre en la casa veíamos películas. Lo último que hice fue prestarle una película a mi padre. La estaba viendo, se acostó y falleció. Siempre hubo una relación cinematográfica con mi papá”.

La vida es bella

Siendo niño, tuvo la oportunidad de vivir en Estados Unidos, antes de que su familia regresara a una isla que se estrenaba en el “sueño revolucionario” que luego devino pesadilla. “Mi papá, siendo de una familia humilde, siempre fue un impresor, pero con visión, nos trajo a todos a EEUU, en 1955. Estuvimos en Chicago y luego en Hialeah. Mis padres creyeron en la mentira de una revolución para los humildes, y regresamos en la categoría de ‘repatriados’. Temprano nos dimos cuenta de que habíamos fallado, pero ya no había posibilidades de regresar tan rápido”.

“Lo que hizo mi mamá, sobre todo, fue como en La vida es bella, dijo, aludiendo a la película de Roberto Benigni donde un padre simula otra realidad ante su hijo dentro de un campo de concentración. “Hizo todo para que pareciera que vivíamos de forma normal, lo cual era mentira. Estábamos en un estercolero, un lugar espantoso. Entonces la familia de Cuba empezó a irse del país. Mis padres me enseñaron que el país, la patria, es donde está la familia”, afirmó.

Durante los 30 años que vivió en Cuba, trabajó en el Instituto del Libro, “pero hubo un momento en el que pensé: ‘nos tenemos que ir’”. Con ayuda de una carta de invitación logró salir a México, y luego puedo sacar también a su esposa. “Tratamos de cruzar una vez por la frontera en México y nos devolvieron. Pero cruzamos otra vez. El río me llevó y por poco me ahoga. A ella los coyotes la empujaron a la orilla. Era en la época del huracán Andrew. El río Bravo, en Matamoros, estaba revuelto”.

“Yo creo mucho en la suerte. A los pocos días de llegar, en el 92, empecé a trabajar en el Miami Dade College, en la oficina del Dr. Eduardo Padrón, cuando era presidente del [campus] Wolfson”, contó.

La ventana indiscreta

Cuando se hable del impacto o la resonancia del cine independiente cubano, habrá que mencionar el trabajo de Ríos en torno a la divulgación de estos materiales fuera de la isla, sobre todo en Miami, a donde, por cierto, han llegado muchos jóvenes realizadores en busca de las libertades que no tenían en Cuba. “El cine cubano es como un trampolín: te vas para un festival y no regresas más”, aseveró Ríos.

Sin paternalismos, pero con la sensatez de quien reconoce el trabajo ajeno, el crítico destacó que “uno no tiene función ni labor, no creo en eso, pero al menos una responsabilidad personal de tratar de colaborar desde un lugar donde uno puede, desde la libertad, que aunque parezca manido, es de verdad. Mi libro tiene mucho que ver con eso. Tiene muchas partes que tienen que ver con el cine, sobre todo el cine joven”.

“Hace poco transmitieron en Cuba un programa de Amaury Pérez junto a un fotógrafo de apellido Solís, tratando de desacreditar al cine joven. Y ese es un programa oficialista. Trataron de ningunear al cine independiente, diciendo que es relativo, ‘te dan dinero de aquí, de allá’. Es un desconocimiento total de lo que es el cine independiente. Por ejemplo, Steven Soderbergh, el primer cineasta independiente de EEUU de los nuevos tiempos, cuando alguien le dio un dinero él lo hizo, pero no lo hizo bajo los auspicios de algún mercado de Hollywood. Eso lo hacen para desacreditar a los muchachos que ya de por sí sufren mucho con la ley que no es ley de cine, con el decreto que no es decreto. Es una labor difícil, y he tratado de explicar eso en el libro. Para contar la Historia de Cuba, los historiadores van a tener que ir tanto al cine oficialista como al cine alternativo”, enfatizó.

Al hablar del lanzamiento de su libro, el crítico cubano hizo un paréntesis para destacar la importancia de la lectura entre los más jóvenes. “Al libro hay que cuidarlo al extremo, porque hay una desventaja tremenda; están los libros electrónicos, aunque a mí me sigue gustando el libro tradicional. El lector se está perdiendo porque se ha vuelto lector de medios sociales. Casi no hay lector de libros, de novelas, de historias. Sobre todo lo veo en las generaciones nuevas. Ver un muchacho en un parque con un libro es un milagro”.

La tendencia podría deberse a que “quizás la modernidad los haya hecho perder el hábito. Porque cuando te encierran en el socialismo, en el totalitarismo, el libro es un gran refugio. Me acuerdo que en Cuba el libro era una conspiración, porque lo compartías, y se iba deteriorando, pienso en un libro de Reinaldo Arenas, de Cabrera Infante, por ejemplo, que venía con portada de [la revista] Bohemia, o de [la revista] Verde Olivo, para confundir más”.

Ríos hizo hincapié en que, así como la lectura inteligente, el cine “quiere ser un acto de libertad, de mirar donde no se debe mirar. El buen cine nos pone delante cosas en las cuales quizás no habíamos reparado. Te estás asomando por una ventana, por una cerradura”.

“El cine tiene que ver mucho con el voyerismo porque el director te monta una escena para que la mires y la disfrutes. Eso está en La ventana indiscreta, el título de la película de [Alfred] Hitchcock. Este maestro sabía que el cine era un acto de indiscreción. Este fotógrafo mirando todo lo que pasaba en el edificio de enfrente hasta que descubre un crimen, es el epítome del cine. El cine es mirar”.

Ríos, quien se retiró del MDC en diciembre del año pasado, continúa activo a través de la participación en eventos culturales de la ciudad de Miami, así como sus columnas de opinión. Además, realiza semanalmente el programa Pantalla Indiscreta, en TV Martí.

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