LA HABANA.- Entre el estruendo de los metales de una orquesta mediocre con textos vulgares, cuatro venezolanos que por motivos laborales residen en La Habana, bailan salsa con sus amigas cubanas y a intervalos se empinan un trago de ron añejo Mulata, de una caneca plástica.

Es una de las pachangas que por cualquier motivo o efeméride histórica organizan las autoridades culturales. En esta ocasión en la llamada Plaza Roja de La Víbora, a treinta minutos en auto del centro de la capital.

El día anterior por la mañana, una brigada del Poder Popular levantó con urgencia una tarima chapucera de madera y colocó dos retretes portátiles. Por la noche comenzó la música.

Jóvenes de barrios adyacentes comenzaron a llegar. A la entrada de la Plaza Roja, tres carros patrulleros. Dos parejas de policías examinaban los carnés de identidad y con un detector de metales revisaban a quienes se decidían a pasar.

“Lo hacemos para que no introduzcan objetos perfilo-cortantes o armas de fuego. Tampoco botellas de cristal. El personal que suele venir a estas actividades es bastante marginal”, asegura uno de los oficiales que cuida el orden.

Para los venezolanos es algo normal. “Caracas y otras regiones de Venezuela se han convertido en un matadero. De noche no puedes parar ni en los semáforos. Cuando menos te imaginas, se aparece una banda de panas en motos y sales bien si solo te quitan la plata. Si están de mal humor, te la arrancan, pues”, cuenta un caraqueño.

Cuba es un paraíso comparado con Venezuela. Acá no hay violencia, compa. Allá tienes que tomarte el botellón con los amigos dentro de tu casa, en la calle te la pelan a tiros”, dice otro de los venezolanos.

Todos coinciden que las extensas colas, falta de alimentos y medicamentos no es una invención de “los perversos medios internacionales”, como asegura Nicolás Maduro.

“Es real. Aquello está malísimo. En Venezuela siempre sobró la comida. Ahora no hay harina ni para arepas. Los venezolanos que viajan se ven obligados, como ustedes dicen, a 'jinetear' medicinas, ropa y dinero. Y a 'raspar tarjetas' y al regreso tener unos dolarcitos extras para sobrevivir”, manifiesta uno que en silencio ha estado escuchando.

'Raspar la tarjeta' se le llama al 'invento' ideado por venezolanos que viven, trabajan o están de paso en La Habana. Merodean por concurridas tiendas en divisas y les proponen a los cubanos adquirir mercancías de alto costo con un 15 o 20 por ciento de rebaja. Ellos las compran con su tarjeta de crédito y usted les entrega al cash los pesos convertibles. Después, en el mercado subterráneo local, los venezolanos adquieren dólares estadounidenses, que en Cuba cuestan más baratos que el peso convertible.

“En Venezuela tener dólares es como tener oro. Todos los días la tasa cambiaria clandestina varía. Maduro ha jodido aquello. Yo soy chavista, pero reconozco que él debería apartarse del poder. Ha destruido el país”, dice el más joven, mientras bebe un trago de ron Mulata, y subraya:

“La prensa cubana no refleja fielmente lo que allá pasa. La mayoría del pueblo está cansado de la escasez y de Maduro. El tipo gobierna a golpe de decreto. Si las cosas siguen así, aquello puede terminar en una guerra civil”.

El terremoto de Venezuela, acompañado por una bestial crisis económica, híper inflación y una de las más elevadas tasas de criminalidad del planeta, tiene como epicentro el Palacio de la Revolución en La Habana.

Fue un fiasco del extinto Hugo Chávez reproducir lo peor del disfuncional sistema instaurado por el castrismo y abrir las puertas a asesores militares y de inteligencia cubanos. Ahora los dos países están atrapados. Bajos precios del petróleo, estructuras productivas semiparalizadas, un discurso de odio e incongruencias de Maduro y sus adláteres, que tachan de fascistas y criminales a la oposición y luego piden un diálogo, ha polarizado a la sociedad venezolana.

Y Cuba, por su parte, depende del petróleo de Venezuela para sostener su precaria economía de comando. El nerviosismo entre la boliburguesía chavista llega también al búnker donde gobierna la autocracia verde olivo.

Por efecto dominó, de caer Miraflores, los estrategas de Raúl Castro deberán desempolvar un plan B. Muchos ciudadanos de la isla temen que no exista puerta de salida.

“Si Maduro tiene que entregar el poder en Venezuela, y se derogan los acuerdos de PDVSA con Cuba, tendremos un grave problema. No hay finanzas para comprar crudo en otros lares y se dejan de recibir millones de dólares en concepto de intercambio por los programas de salud y otros civiles. Además, algunas empresas cubanas dejarían de ganar dinero como intermediarias en la compra de insumos para Venezuela. Si aquello explota, Raúl Castro o su sucesor, deberá apurar reformas económicas y de corte político o esperar que el impredecible Trump nos tire un salvavidas. Ni China ni Rusia están por la faena. Lo malo de ese escenario es que retornaría una potente crisis económica. Lo bueno, que tendríamos una oportunidad única para diseñar un modelo democrático, nacionalista e independiente”, apunta un exfuncionario.

Los medios estatales y Telesur, una televisora sostenida con los petrodólares de Hugo Chávez y Rafael Correa, manipulan proverbialmente el actual panorama de protestas en Venezuela.

“Es asqueroso el manejo de la información en Cuba. Sin sonrojarse, dicen que los muertos en las protestas, las deficiencias económicas y los actos vandálicos son culpa de la oposición. Las marchas opositoras, sus opiniones y estrategias no se reportan ni se trasmiten. Telesur solo habla del pueblo chavista y uno se pregunta dónde está la otra parte de la población, que son millones de personas. Por ese llamado al diálogo que ha hecho Maduro se comprende la debilidad del chavismo. No pueden gobernar ellos solos. De lo contrario no pedirían dialogar. Pero a su vez es difícil hablar con una facción que llama asesinos, vendepatrias y fascistas a los que disienten”, expresa un experiodista oficial.

El tema de Venezuela no es una prioridad para casi nadie en Cuba. Si el chavismo saliera de Miraflores, la principal preocupación de los cubanos sería conocer hasta qué punto se vería afectado el sistema energético nacional.

“Eso es lo que más preocupa a los cubanos, porque hemos sobrevivido gracias al petróleo venezolano. De lo demás, uno admira que cuando una parte del pueblo no está de acuerdo con su gobierno salga a la calle a manifestarse. Ojalá que echen al guagüero (Maduro) del poder. El tipo es un bofe”, confiesa el dueño de un negocio privado.

Pero igual que ocurre con la actitud de la ciudadanía hacia la oposición en la isla, en el caso de Venezuela, los cubanos también optan por la indiferencia y por ver el partido desde las gradas. O por beber ron y bailar reguetón en una plaza pública.

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