La fotógrafa cubana, residente en Suiza, Damaris Betancourt viajó a Cuba en 1998 para cubrir la visita a la Isla del papa Juan Pablo II. Finalmente, no consiguió el permiso necesario para ese trabajo por ser cubana, así que decidió dedicar su tiempo a hacer fotos en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, conocido como Mazorra. "Fui muy ingenua, pensé que iba a poder entrar a los lugares prohibidos, hacer la foto que nadie había hecho, y no fue así, esos diez días fui escoltada en cada momento", dice Betancourt en entrevista con DIARIO DE CUBA.

Las fotos de Betancourt no fueron apreciadas en Suiza, en donde —dice— "la presencia de Cuba en la prensa es muy parcializada, además estaba el tema de la lejanía. Aquellas fotos no tenían nada de sensacional para ellos, porque en aquel tiempo algunos turistas y personalidades iban a hacer aquel recorrido en Mazorra. Les enseñaban a los que yo llamo 'locos felices'".

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23 años después de aquella visita, las fotos de Betancourt vieron la luz en el libro titulado Diez días en Mazorra, en el que cada imagen tiene una historia de fondo.

Betancourt cuenta que, a pesar de que su guía en Mazorra le impedía ir a algunos lugares del hospital, agradeció que estuviera con ella. "Yo nunca había estado con personas con trastornos psiquiátricos, no sabría cómo comportarme en un momento de descontrol. Además, son pabellones inmensos, entras y te pierdes".

"Los internos son personas muy enfermas, no son cosas pasajeras, son personas que viven allí y que llevan mucho tiempo allí. De hecho, conocí a un paciente que había nacido en Mazorra. Se llamaba Rafael y era el único interno que podía llegar a la dirección y sentarse en la silla de Bernabé Ordaz", el entonces director del manicomio que ha sido relacionado con prácticas de torturas a disidentes.

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"Yo fumaba en aquel tiempo y cuando se dieron cuenta de que regalaba cigarros se me acercaban. Una de las cosas que garantizaba Ordaz eran sus dos cajas de cigarro al día, fumaban mucho. Me pedían fotos y así iba entrando por aquellos pasillos", cuenta Betancourt, quien cree haber reconocido en sus fotos a uno de los 26 fallecidos por hambre y frío en Mazorra en 2010, cuatro años después de la muerte de Ordaz.

"Escuché historias muy tristes (...). Algunos eran ciertamente muy graciosos, pero detrás de esa cordialidad había unas historias terribles. El diagnóstico de esquizofrenia es brutal. Son personas en indefensión total", dice la fotógrafa.

"La relación entre los internos y los trabajadores del hospital era muy cordial. Yo también tuve acceso a pacientes muy medicados y que no estaban en períodos de crisis. Hoy en día sé cuando una persona está bajo medicación de este tipo porque hay un brillo especial en sus ojos. Hay un vacío en la mirada".

"Recuerdo que las mujeres internas se llevaban muy bien con las enfermeras, tenían especial relación, eran muy cariñosas y obedientes con ellas".

Betancourt cuenta que llegaba al hospital en la mañana y salía en la tarde, después de almorzar. Recuerda la felicidad que la invadía cuando pasaba el portón de salida. "Me invadía un sentimiento de libertad impresionante, aun sabiendo que estaba allí voluntariamente".

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Si volviera a hacer este trabajo, Betancourt "haría énfasis en los espacios, que en ese momento no fueron importantes para mí. Mazorra, arquitectónicamente hablando, era un lugar hermoso, construido bajo la Colonia. Tenía áreas verdes, campo de béisbol, de rosas…", recuerda.

Pasaron más de 20 años para que Betancourt le diera el valor a las fotos que tomó durante esos diez días en el manicomio cubano. "Yo pensaba que iba a conseguir una serie de fotografías denunciantes, que llegaría a las cámaras de electroshock, que tenía que fotografiar a los pacientes con secuelas, y no sabía darle valor en ese momento al material que había recopilado".

"Pasado el tiempo, revisé esas fotos y me di cuenta de que son testimonios. No sé si existe otra documentación de esa manera recopilada por alguien que esté fuera del oficialismo".

Betancourt cuenta que las fotos empezaron a llamar la atención después de que las subió en sus redes sociales. "Hubo muchas reacciones. Para los cubanos, Mazorra significa algo y está la sombra de que han sido torturados disidentes allí, hay testimonios y por eso el halo de misterio que envuelve a este lugar. Ver que ha terminado en un libro me satisface mucho, aunque también quiero mostrar la serie en exposiciones", dice Betancourt.

"La reacción que existe en una exposición, cuando la gente está de tú a tú con una imagen, la puede ver de cerca y dialogar con ella, me parece fantástica".

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