martes 23  de  julio 2024
CUBA

El capitalismo de lujo distrae a familias habaneras

La gente de a pie, que no pueden pagar artículos sobreevaluados, se conforma con ver el brillo tras los cristales y sueñan o se frustran aún más
Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

LA HABANA.- Socialismo a la cañona para los cubanos asalariados del Estado, mientras el capitalismo fastuoso se exhibe inalcanzable en las vidrieras de hoteles cinco estrellas y boutiques que venden ropa de marca a precios de Dubai.

“Es lo que hay”, dice Manuel, quien se dedica a reparar paraguas, bolsos y cualquier cosa que usted pretenda reciclar. En el apartamento incómodo y peor construido donde reside con sus tres hijos, la esposa y la suegra, en el reparto Alamar, al este de La Habana, las opciones recreativas se pueden contar con los dedos de una mano.

“Un centro cultural en la antigua fábrica de guayaberas, dos zonas wifi y algunos parquecitos infantiles con casi todos los aparatos rotos. Aquí no hay paladares famosas, centros comerciales ni hoteles lujosos. Cuando la gente quiere salir a pasear, tiene que coger un P-11 y viajar hasta el centro de La Habana o el Vedado. Si andas bien de dinero, entonces pagas veinte pesos o un fula y vas en un almendrón particular”, cuenta.

Mientras, en una mochila, Manuel acomoda dos 'pepinos' (pomos plásticos de un litro o litro y medio) de agua congelada, “para no tener que comprarla en la calle, que me puede costar de 0.60 centavos de cuc [moneda cubana equivalente al dólar] a un peso convertible cada botella de agua mineral”.

Alamar es un gigantesco reparto-dormitorio construido por la revolución de Fidel Castro en un intento por aliviar el crónico problema de la vivienda en Cuba. Es la antítesis de lo que se debió hacer.

Calles y manzanas mal diseñadas. Edificios uniformes y chapuceros que se amontonan sin orden ni concierto. Escasean las áreas de servicio y de esparcimiento. Y el transporte urbano es de regular a malo.

Similares barrios anárquicos se localizan en todas las provincias. Era el modelo de comunidad proletaria diseñado por estrategas de la arquitectura revolucionaria. Oficinistas, empleados bancarios o dependientes de tiendas, por ucase gubernamental, se transformaron en constructores motivados por la urgente necesidad de tener un techo donde vivir.

Cuando más o más temprano en el país se produzca un giro hacia la democracia, el caos urbanístico y las innumerables deficiencias arquitectónicas de Alamar, provocarán numerosos dolores de cabeza a las futuras instituciones públicas de La Habana. Lo ideal sería demolerlo y levantar condominios populares de calidad.

Pero volvamos a Manuel. Con un calor bestial -según el Instituto de Meteorología, ese día la sensación térmica era de 41 grados celsius- él, su mujer y tres hijos esperan un ómnibus urbano en una parada situada a medio kilómetro de su casa.

El viaje desde Alamar al hotel cinco estrellas plus Gran Manzana Kempiski, en el corazón de la capital, demora 40 minutos, “si navegas con suerte para coger un P” [transporte público], aclara Deborah, su esposa.

Al igual que miles de habaneros, Manuel y los suyos se dedican a recorrer las tiendas del recién inaugurado hotel para ver los artículos, asombrarse de los precios descomunales y soñar que algún día podrán comprar una camiseta Gucci, un reloj suizo o productos Nivea. El colofón del 'tour' es tirarse un selfie con las opulentas vidrieras detrás.

Los ojos desorbitados al descubrir lo que cuesta una joya o una cámara fotográfica se suceden con frecuencia. El lujo y sus precios de infarto se trastocan en chistes que sirven de válvula de escape a la frustración personal de vivir en una penuria permanente por decreto oficial. Los hijos de Manuel juegan a ver cuál mercancía es más cara: “Mira papá, ésta cuesta 24.000 chavitos, mira mamá, este vestido cuesta 1.000 fulas”.

Después de recorrer la galería de tiendas, echarle un vistazo al lobby desde el portal del Kempinski, porque “nos dio pena entrar, capaz que los guardias de seguridad del hotel nos botaran”, confiesa Manuel, se llegaron a una cafetería estatal contigua al Capitolio, repleta de moscas. Allí compraron cinco panes con hamburguesa de cerdo a ocho pesos cada uno, cangrejitos de guayaba a peso y refresco instantáneo, desabrido y caliente, también a peso. Cincuenta pesos en total.

De ahí siguieron su viaje temático hasta las boutiques del hotel Habana Libre, en La Rampa, y terminaron la jornada sabatina en el último grito de La Habana, la nueva tienda Samsung de teléfonos móviles, televisores y electrodomésticos, ubicada en el Mercado de Tercera y 70, Miramar.

Con fascinación, Manuel, Déborah y sus tres hijos, se detenían aturdidos frente a un televisor de pantalla curva 4K, que se vende al equivalente de 5.000 dólares o una gama de teléfonos inteligentes de la marca Galaxy.

Boquiabierta, Deborah, contemplaba las lavadoras automáticas y los refrigeradores estilo americano de doble puerta. “Manuel, ¿cuándo nosotros podremos comprarnos algo así?”. Por respuesta, su marido encogía los hombros.

“No es por masoquismo, pero hay familias habaneras que recorren las tiendas de hoteles de lujo como una manera de esparcimiento. Quizás para ellos es un soplo de esperanza, de observar otra cara de la vida. O todo lo contrario. Mayor frustración. Pero entre los capitalinos está de moda recorrer esos sitios y mirar detrás de los cristales, mercancías que jamás podrán comprar mientras se mantenga el actual estado de cosas en Cuba”, señala Carlos, sociólogo.

En la Isla, el socialismo marxista es más un discurso que otra cosa. En los sitios donde se localizan los mercados socialistas, desabastecidos, sucios, feos y sin aire acondicionado, los dependientes te llaman compañero.

En los bolsones de capitalismo de lujo, iluminados y climatizados, sus empleados cortésmente te dicen señor.

Para algunos cubanos, como la familia de Manuel, visitar esos espacios sofisticados les resulta placentero.

Pero el ridículo poder adquisitivo de la mayoría de los trabajadores, que como promedio devenga salarios mensuales equivalentes a 27 dólares, les impide comprar artículos de calidad contrastada.

A ello se suma que la junta militar que lleva casi seis décadas gobernando la nación, no ofrece opciones de crédito. Todo tienes que comprarlo pagando al contado.

Al llegar a su apartamento de Alamar, pasadas las 8 de la noche, comienzan las malas noticias. No entró agua a la cisterna del edificio y en la despensa solo quedan seis huevos. Es el viaje de regreso a la realidad.

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