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LA HABANA.- El caballo frágil y agotado jadea mientras en un carretón de madera arrastra dos decenas de sacos de cemento y tres hileras de bloques. El dueño del alazán es un anciano de manos callosas que se dedica a revender materiales de construcción. Se llama Giraldo, tiene 75 años, y todavía alardea de que sin respirar puede beberse un vaso de ron, cargar jabas de cien libras de peso y correr un maratón de 21 kilómetros en menos de dos horas.

En el otoño de 1962 Giraldo estaba ayudando al padre a sembrar yuca en una pequeña finca familiar en el poblado pinareño de Mantua, 200 kilómetros al oeste de La Habana, cuando un jeep militar con varios oficiales a bordo parqueó en un trillo al costado de su casa. “Era una orden de decomiso. Por asunto de seguridad nacional debíamos entregar la finca. Nos dieron un terreno en otro sitio, porque en nuestra finca y sus alrededores iban a instalar una base militar. Por esos días se notaba tremendo ajetreo de soldados cubanos y rusos. Pero entonces desconocía que el Gobierno iba a emplazar cohetes nucleares en la zona”.

Alberto, excapitán de las fuerzas armadas, que ahora maneja un añejo Chevrolet convertido en taxi colectivo, con una sonrisa dice que 56 años atrás “no era calvo, ni utilizaba espejuelos. Cuando la crisis de los misiles yo tenía 17 años y estaba pasando el servicio militar. En esa etapa, la mayoría de los cubanos apoyábamos a la revolución y teníamos una fe ciega en Fidel. Me movilizaron junto a un batallón de soviéticos en la provincia de Holguín. Teníamos la moral por las nubes pues un año antes habíamos ganado la batalla de Playa Girón. Éramos ingenuos, muchos cubanos creíamos que le ganaríamos a los yanquis en una guerra nuclear. Recuerdo que un muchacho que siempre estaba leyendo libros me contó sobre el desastre y la cantidad de muertos que provocaron las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Una noche, cuando estábamos de guardia me dijo, Alberto, no seas tonto, en una guerra nuclear no hay vencedores ni vencidos. Todo es arrasado. Pero era tan grande nuestra confianza en Fidel y la revolución que le dije, no seas pendejo compadre, tú verás que vamos a barrer a los gringos”.

Diego, un jubilado sordo y casi ciego, en aquellos días estuvo emplazado en una unidad de tanques en el poblado de Managua, al sur de La Habana. “Estaba convencido de la superioridad militar de la [hoy extinta] Unión Soviética sobre Estados Unidos. No teníamos conciencia de lo que era una guerra nuclear. Yo pensaba que después que terminara la tiradera de cohetes íbamos a ocupar la Casa Blanca y poner la bandera cubana en su cúpula. En el campamento nos atiborraban con películas rusas de la Segunda Guerra Mundial. Estábamos idiotizados. Desconocíamos qué cosa era un ataque nuclear”.

Años después se supo que era al revés. Estados Unidos superaba con creces a su contraparte soviética en cabezas nucleares. Y gracias a la información del coronel del Ejército Rojo Oleg Penkovski, quien espiaba para la CIA, John F. Kennedy supo que contaba con ventaja militar.

Rubén, licenciado en ciencias políticas, afirma que “cuando se repasa la documentación desclasificada de la crisis de los misiles es para espantarse. La irresponsabilidad de Fidel [Castro] y el gobierno cubano fue mayúscula. Por inmadurez política no supieron prever las consecuencias de aprobar el emplazamiento de armas nucleares en el territorio nacional. Es cierto que Estados Unidos amenazaba con iniciar una guerra convencional, pero eso no justifica esa decisión aventurera. El máximo líder nos puso en peligro de que nos barrieran del mapa. Y la petición de Fidel a Kruchov, de iniciar primero un ataque nuclear, es más irresponsable todavía. Supongo que la dirección del país no tenía plena conciencia de lo que era una guerra atómica. Aunque la propaganda oficial intenta disfrazar de brillante la estrategia de Fidel, pienso que fue una locura.”.

Svetlana Savranskaya, directora de operaciones rusas del Archivo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, una institución no gubernamental, reveló en 2012 a la BBC “que la crisis de los misiles no terminó el 28 de octubre de 1962, Cuba se iba a convertir en una potencia nuclear, justo en las narices de Estados Unidos y a 140 kilómetros de la Florida”.

Según los documentos personales de Anastas Mikoyan, número dos de Moscú y el hombre encargado de negociar con el Gobierno cubano a partir de la llegada al poder de los barbudos, Castro le rogó quedarse con algunas armas nucleares tácticas. Creía Fidel que los servicios especiales estadounidenses no las habían detectado. El buró político del partido comunista de la URSS no autorizó tamaña estupidez.

Aunque 56 años después la autocracia verde olivo se camufla de pacífica, la historia de seis décadas de castrismo demuestra lo contrario. Por órdenes de Fidel Castro, militares cubanos participaron en la guerra civil de Angola y la contienda bélica de Etiopía. Se alistaron para apoyar al régimen sirio en la guerra de los seis días con Israel. Y socavaron la estabilidad regional en América Latina con planes subversivos.

Cuba gastó miles de millones dólares en preparar un desmesurado ejército que en sus mejores tiempos contó con un millón de hombres en armas, más de 3.000 tanques de guerra y 270 aviones MIG de diversas generaciones. Una vez retirados los misiles nucleares, un contingente del ejército soviético denominado Centro de Estudios Número 11 estuvo emplazado en la Isla. Al este de La Habana se abrió una base de espionaje militar soviética conocida como la Estación de Lourdes. La desaparición de la antigua URSS frenó el ímpetu aventurero de Fidel Castro.

Han transcurrido 56 años y un segmento amplio de jóvenes cubanos desconoce el contexto real de los acontecimientos ocurridos en octubre de 1962, cuando gobernantes ineptos convocaron al pueblo a inmolarse.

Y es que la historia oficial sobre la crisis de los misiles solo cuenta lo que beneficia al régimen. La otra parte se calla, o intentan hacérnosla olvidar.

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