LA HABANA.- En el barrio de la Víbora, al sur del centro de La Habana, a poco más de cien metros de distancia uno del otro, funcionan dos cafeterías particulares, pero las gestiones de sus negocios son diametralmente opuestas.

En Los Ortiz, donde una ración abundante de arroz frito, vegetales de estación, fufú de plátano verde y masas de cerdo fritas cuesta 50 pesos (2 dólares), sus 12 empleados llevan entre dos y tres años trabajando en el negocio y están complacidos con el trato y el pago que les ofrece el dueño.

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“Trabajo en esta cafetería desde que abrió hace tres años. El pago básico es de 6 cuc por jornada, unos 150 pesos (o seis dólares al cambio), pero tenemos pagos extras si logramos vender más de 200 comidas -casi siempre vendemos más- y las propinas las repartimos entre los trabajadores. En un día puedo ganar 12 o 13 chavitos (cuc), a veces más. Cuando trabajaba para el Estado como contable de una institución de comercio devengaba un salario de mensual de 325 pesos al mes (unos 13 dólares). Además, nos otorgan 20 días de vacaciones al año”, dice Adela, dependiente del negocio gastronómico.

En la cafetería se labora dos turnos de doce horas y se descansa dos días. El negocio funciona en la propia casa del dueño quien además de familiaridad en el trato brinda almuerzo y comida a sus trabajadores.

Otra cara

Muy cerca de Los Ortiz, funciona otro negocio de comida criolla. El dueño ha reconvertido un local en desuso en una cafetería climatizada con aire acondicionado. La calidad de la comida es buena. Pero sus trabajadores se quejan de mal trato, mala paga, ausencia de derechos laborales y groserías constantes del dueño. La inestabilidad laboral es frecuente. En año y medio que lleva funcionando, más de diez dependientes han sido despedidos.

“El dueño es un tramposo. Cuando te contrata te dice que te va pagar 120 pesos diarios, pero luego, alegando que las ventas estuvieron flojas, te paga 60 o 70 pesos. Eso sin contar que acosa sexualmente a las mujeres. Una tarde, mientras estaba cocinando, me tocó las nalgas y me dijo que después que terminara el turno necesitaba verme. Me ofreció 20 cuc para tener sexo conmigo. Al negarme, me cerró el contrato”, señala una exempleada.

Los negocios privados en Cuba crecen en cantidad y calidad. A pesar de las restricciones materiales, de no poder acceder a créditos razonables, importar desde el extranjero y sin un mercado mayorista local donde abastecerse, gracias a la creatividad y perseverancia, ofrecen un mejor servicio que su contraparte estatal.

Pero con un marco regulatoria opaco y un código laboral ambiguo, algunos dueños de negocios se comportan como capitalistas primitivos. “En 2014 entró en vigencia un nuevo Código Laboral, que aunque contempla los deberes y derechos de dueños de negocios y sus contratados, no profundiza ni crea un marco jurídico efectivo. Se especifica el derecho a mantener el puesto laboral en caso de maternidad y la concesión de vacaciones. Pero no resulta muy preciso y los inspectores estatales están más preocupados en extorsionar a los (pequeños empresarios) cuentapropistas que en velar porque se cumplan las leyes de trabajo”, confiesa una funcionaria de la ONAT, organismo que rige el trabajo privado en la Isla.

Según el sociólogo Carlos, “los negocios particulares navegan por un limbo constitucional. La actual Constitución no contempla las pequeñas y medianas empresas privadas ni que un dueño de negocio pueda tener en su plantilla hasta cincuenta empleados. En un principio, esos negocios estaban diseñados para que fueran chinchales familiares y en los cuales se contrataba a parientes consanguíneos o amigos de confianza. Lo primero que tiene que cambiar es la Constitución, y que las normas laborales sean más abarcadoras y exactas en el tema del trabajo privado”.

Perspectivas

De momento, a falta de leyes modernas e idóneas, no pocos emprendedores privados manejan sus negocios al estilo de una monarquía del Medio Oriente.

En paladares, dulcerías y cafeterías de calibre, asegura Diana, psicóloga, “los dueños contratan a jóvenes blancas o mulatas bonitas de buen cuerpo. Hay bares privados que les exigen ponerse shorts cortos y blusas escotadas. Más que camareras, parecen jineteras. Y es que el dueño les dice que mientras más carne enseñen, mayor propina le va dar el cliente. Ya casi es normal que el dueño se acueste con la que le gusta a cambio de mejor trato y salario. Los negros, si son grandes y fuertes, siempre terminan de portero o lavando platos en la cocina”.

Aunque las leyes cubanas no discriminan a las personas por el color de su piel -sí por su ideología-, en la práctica, en instituciones estatales como el turismo y en algunas particulares, de manera más o menos sutil, existen comportamientos racistas.

“Para que a un chef de cocina de la raza negra lo contraten tiene que ser muy famoso. Los dueños de muchas paladares ni siquiera te contratan por un tiempo de prueba. Te dicen que no tienen plaza o te apuntan tu teléfono y te prometen que te van a llamar. Pero nunca te llaman”, señala Octavio, chef de cocina mestizo que lleva siete meses tratando de conseguir trabajo en el sector gastronómico no estatal.

Daniela, ingeniera recién graduada, confiesa que dejó de trabajarle al Estado "simplemente para ganar más dinero. Mi salario era de 500 pesos. Ahora, en un negocio privado gano cuatro veces esa cantidad. Es verdad que te encuentras con dueños de negocios que se afilan los dientes cuando contratan a mujeres jóvenes, pues dan por hecho que vas a pasar por su cama si quieres tener privilegios extras. Mi consejo es que no se dejen acosar y sigan buscando. Siempre existen hombres que saben respetar y valorar tu trabajo”.

El analfabetismo jurídico, sumado a un impreciso código laboral, permite que ciertos propietarios de negocios establezcan prácticas discriminatorias.

“Hay establecimientos privados donde el dueño se abroga el derecho de admisión y no deja entrar a homosexuales o negros que, en su opinión, no tienen pinta de tener dinero. Eso es ilegal. Aunque el negocio sea suyo, esos espacios se rigen por normas y no se puede impedir el acceso a hoteles, bares o restaurantes, a ningún ciudadano sin importar su credo o raza. Pero, claro, el primer transgresor fue el propio Gobierno, que durante mucho tiempo violó el acápite cinco de la Carta Magna (cubana), al practicar el apartheid en instalaciones turísticas. Hoy todavía existen lugares turísticos como María la Gorda, en Pinar del Río, cotos de caza y alquiler de embarcaciones donde los cubanos no tienen acceso”, explica Regino, abogado.

En Cuba, donde el socialismo marxista de ordeno y mando no ha funcionado, ante la opacidad de las leyes vigentes y el anticuado capitalismo de Estado ejecutado por la junta militar que gobierna el país, algunos negocios privados funcionan como latifundios feudales. Y las mujeres que allí trabajan son un objeto de placer.

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