LA HABANA.- Desde la funesta noche en que un Raúl Castro de rostro enlutado dio la noticia al mundo, algunas personas todavía lloran, sufren y no concilian el sueño. Esos seres de carne y hueso, “hijos de la revolución”, han perdido toda esperanza de seguir viviendo y, de hecho, viven la vida por vivirla. Sin Fidel, sienten que no son nada.

El fallecido gobernante cubano era “casi un santo” para aquella minoría que no concibe la isla sin la figura icónica de un Fidel Castro barbudo, de uniforme verde olivo, poseedor de una elocuencia que hechizó a miles de hombres y mujeres dentro y allende los linderos de la nación insular.

Ese era Fidel, el “líder excepcional” que partió la historia de Cuba en dos [una pujante antes de 1959 y otra sumida en la pobreza absoluta], que puso frente de millares de personas un bocado de alimento sin necesidad de trabajarlo, que les garantizó dos coronas florales y un ataúd a sus muertos –porque son suyos–, y que es recordado por algunos como “lo mejor que le ha pasado a la isla en el último siglo”.

Por eso lo lloran, y lo seguirán llorando mientras esa misma gente pueda ir a una bodega donde le entregan una ración de arroz y frijoles, y carne de puerco o pollo cuando Dios, Ochún, Yemayá o no sé quién hace el “milagro” de adicionar una proteína a la dieta. ¿Debemos incluir ya a Fidel Castro en esa constelación de deidades?

Fidel pudo haber nacido en Rusia, China o, por qué no, Estados Unidos. Sin embargo, tal vez los “temerarios dioses del Olimpo” quisieron “premiar” a Cuba como el lugar de natalicio del “emblemático” personaje. ¿Qué sería de la isla antillana si la naturaleza divina hubiera puesto en otro sitio al “benefactor” de los cubanos?

Esa es la gran pregunta que ciertas personas se formulan en Cuba. De tal suerte, sin “el santo Fidel”, el capitalismo hubiera sido la égida de un país que desconoce las bondades de este sistema social y económico, en donde los avances tecnológicos llegan 10 o 20 años tarde, y el hambre y la necesidad se aprecian en cada rostro como un sino maldito. Pero no hagamos de este relato un drama: “¡El cubano es el ser más feliz sobre la faz de la tierra!”.

El “rico” Rubén

La gorra que siempre ha usado el septuagenario Rubén es un homenaje sempiterno a la bandera cubana y a los “ídolos de la revolución”: Fidel Castro y el Ché Guevara. Es la prenda de vestir que se pone encima apenas da el primer paso hacia el portal de una casa –la suya, que realmente es del estado– enquistada entre lomas y pendientes del complejo Las Terrazas, una comunidad de un poco más de 1.100 personas, en la provincia que llaman Artemisa.

El columpio blanco, recién pintado, es su principal aliado para pasar los días y las noches meditando sobre lo que él considera “las prebendas del comunismo”. Me dice que es feliz, que nada le falta, que todo lo tiene. Lo que veo es una casa pequeña, de un solo cuarto; un refrigerador donde solo hay una botella de agua, un butacón ennegrecido y nada más. Rubén está resignado a ser “muy feliz” con lo poco que tiene.

Las Terrazas es una de las localidades más privilegiadas en toda la isla, fundada en 1971, y cuyo sustento deriva de la actividad turística. No todos en Cuba tienen la fortuna de Rubén. Los visitantes le dejan algunos euros o dólares por el simple hecho de saludarlos. Además, el Gobierno le provee pocas cosas, pero las suficientes para un hombre que vive solo, y también la naturaleza a su alrededor le permite respirar aire puro y un clima más benigno que el de La Habana.

Desde que conoció la noticia de la muerte de Fidel, este hombre no para de lamentar la pérdida de quien le dio la oportunidad de vivir una vida “digna”, en apariencia, confinado entre montañas y al lado de un lago de aguas cristalinas que constituyen la única panorámica que sus ojos pueden reparar día tras día, hasta que la muerte le dé una verdadera libertad. Rubén me insiste en que tiene razones para ser feliz y agradece a Fidel todo que tiene en su remedo de hogar.

El “pobre” Juan de Jesús

Juan de Jesús también es cubano y su edad raya en los 60 años. Su rostro está lleno de surcos tan profundos como las desigualdades que son evidentes en Cuba. No usa camisa; tiene el pecho enjuto y fibroso. Es otro de los muchos personajes inéditos de La Habana Vieja, en donde sobrevivir es casi una utopía.

Me dirijo a él. En sus palabras percibo otro dolor, otra tristeza. Me cuenta que es de Palma Soriano, una comarca más pobre que otras de la parte oriental de la isla; que vino muy joven a la capital y que gracias a los años de servicio al Gobierno, tiene un techo bajo su cabeza de escasos cabellos ensortijados. En la sala de la casa “biplanta” exhibe una fotografía amarillenta de Fidel junto al Ché.

En los ojos del “pobre” Juan de Jesús es evidente una profunda aflicción. No tiene un baño en óptimas condiciones, el techo está a punto de caerle encima, cuando almuerza no cena y el único café que conoce y toma es mezclado con chícharo. Pero murió Fidel y está compungido. No lo puede creer, se lleva las manos a la cabeza, gesticula y hace ademanes maquinales como perdido en un laberinto. Y exclama: “Ño, se murió el tipo”.

Los “méritos” del “santo” Fidel

Durante 57 años, Fidel Castro despertó la simpatía de los movimientos de izquierda en Latinoamérica y de los países no alineados del mundo, pero también se ganó los calificativos de tirano o dictador por las miles de acciones cometidas en contra de la población de la isla, desde fusilamientos y encarcelamientos injustificados hasta expropiaciones , discriminaciones y violaciones constantes de derechos humanos.

Fidel tuvo las “siete vidas del gato”, saliendo ileso de varios atentados, y una de las alianzas a la que más le sacó provecho fue la suscrita con el exgobernante venezolano, Hugo Chávez, su aliado incondicional en los últimos tiempos, con quien hizo un intercambio de médicos por petróleo, solucionando temporalmente el problema energético de la isla.

El llamado “líder de la revolución” ofreció los hombres de su ejército –como si la vida de los demás le perteneciera– a diferentes causas en el mundo. Por tanto, ha habido derramamiento de sangre cubana en países lejanos como Argelia y Angola.

Pero lo que deja a todo un país el “capricho” de un muchacho al que no le faltaba nada en su familia es más digno de críticas que de loas. Los sueldos que perciben los cubanos son los más bajos del continente, y aunque Fidel aseguraba que en Cuba nadie pasa hambre y que tampoco hay locos, las evidencias demuestran lo contrario. La salud y la educación, dos de los sectores de los que más se jactaba el dictador, de igual forma no son lo que él pregonaba en público y en privado.

En términos generales, los méritos de Fidel para optar por la santidad son exiguos y de poca valía. Y, peor aún, más le servirían al castrismo o al Partido Comunista de Cuba para reivindicar, en favor del exgobernante fallecido, el rol de diablo que se niegan a asimilar los pocos llamados comunistas que persisten en la isla, fidelistas que lo seguirán llorando per secula seculorum como el santo que nunca fue ni jamás será.

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