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LA HABANA.- De aquel juego de ajedrez en el tablero geopolítico de la Guerra Fría, aún no se han apagado los tambores bélicos y el eco de las consignas se mantiene en un pequeño club de regímenes totalitarios.

La revolución de Fidel Castro no fue un evento apuntalado por el eje soviético o amamantado por los servicios secretos de la China de Mao. Aunque meses después de hacerse con el poder, en una estrategia inédita, Castro cambió de alianzas y apostó por el marxismo. Fue una movida compleja con un trasfondo simple: permutó la democracia por el poder absoluto.

"La mayoría de la población, con un elevado porcentaje de religiosidad- ya fueran católicos o practicantes de creencias afrocubanas-, era liberal en temas económicos y más dada a los carnavales y jugar al cubilete que marchar 62 kilómetros como milicianos. Antes de 1959, muy pocos cubanos conocían las ideas de Marx, Engels y Lenin", explica Rodolfo, quien en su juventud fue militante del Partido Socialista Popular.

Como cualquier nación de ideología comunista, en la Cuba convertida al marxismo por voluntad de Fidel Castro, se redactó una Constitución calcada de la soviética. Se instauró el dogma mediático, un férreo control de la sociedad y de los medios. La economía comenzó a planificarse por decreto estatal.

"Absolutamente todo dependía del Partido y del Estado. Desde la cantidad de chorizos a producir, hasta el número de féretros a elaborar en cada municipio. El talón de Aquiles de las sociedades comunistas siempre fue la economía", afirma Rosaura, profesora universitaria jubilada.

El país no producía lo suficiente, la estética era espantosa y la mala calidad de lo que se fabricaba y construía era una marca de la casa. En un segundo plano quedaban las libertades secuestradas. Imperaba la falsa unanimidad, la hipocresía, anteponer la fidelidad a la revolución y al líder a la de un pariente que había emigrado a Estados Unidos.

El Estado te garantizaba una vida espartana, educación, salud pública y una cuota de comida por la libreta de racionamiento a cambio de aplausos y lealtades.

Según José Miguel, graduado en Ciencias Políticas, "el sistema marxista, como experimento, no funcionó en ningún lado. Ni entre los racionales alemanes del Este ni en el aguerrido pueblo soviético, capaz de vencer al poderoso ejército nazi, ser pionera en la cosmonáutica y contar con uno de los más eficientes y poderosos servicios secretos".

La vida cotidiana en Cuba era un exabrupto. Cuando había papa, faltaba la carne, aunque lo normal era que faltaran la papa y la carne. A la escasez se sumaban los apagones, el pésimo transporte público y las casas necesitadas de reparación.

"Diez años antes de que el muro de Berlín se viniera abajo, la China de Den Xiao Ping descubrió que se podía mantener la narrativa de la dictadura del proletariado -que en la práctica es puro capitalismo de Estado- intercalando economía de mercado capitalista con las reglas y protocolos de la sociedad comunista", recuerda Lorenzo, traductor de alemán.

China tuvo éxito. Logró sacar a cientos de millones de personas de la extrema pobreza y a la vuelta de diez años, o menos, pudiera convertirse en la primera potencia económica mundial. Pero eso no hace a China una nación democrática donde impera la ley y son permitidas las libertades ciudadanas. Para nada.

"China es una vulgar dictadura política con una economía capitalista. Pero el pueblo sigue mudo y sus derechos secuestrados. De cualquier manera, han saltado a una estadía superior", dice una funcionaria que vivió en Pekín, quien asegura que "mientras a la persona no le importe la política ni la ideología gobernante, la del partido comunista chino, tiene las puertas abiertas".

Estados Unidos, paladín de la libertad y el respeto a los derechos humanos, priorizó sus intereses estratégicos y apoyó abiertamente a las dictaduras de China y Vietnam concediéndoles incluso el trato de nación más favorecida. Ahora, la administración de Donald Trump negocia la desnuclearización de Corea del Norte y un acuerdo definitivo de paz entre las dos Coreas.

Alejandro, profesor de historia en un preuniversitario, considera que "las concesiones y reconocimientos a China y Corea del Norte por parte de Estados Unidos se debe, entre otras razones, a la tenencia de armas nucleares por parte de esas dos añejas autocracias". Aunque para él, "lo de la dinastía norcoreana es monstruoso. Han puesto en práctica terrorismo de Estado, al explotar aviones comerciales en pleno vuelo, secuestrado ciudadanos japoneses y fusilado sin garantías jurídicas, sin contar la existencia de campos de trabajo forzados y las violaciones sistemáticas de los derechos humanos".

Corea del Norte es un Estado delincuencial. Diferentes ONGs le pidieron al presidente Trump que no olvidara recordarle al impresentable Kim Jong-un el tema de los derechos humanos. Pero hasta donde se sabe, no se lo recordó.

"Camuflar las sociedades totalitarias con un barniz de liberalismo económico, deja en la estacada a los auténticos demócratas que exigen plenos derechos para todos los ciudadanos del mundo", expresa la funcionaria que vivió en Pekín.

Y es un dilema para la oposición en esas naciones. En el caso de Cuba, es sintomático, que opositores consultados intentaron atenuar la estrategia de Trump con Corea del Norte como un mal menor y necesario.

Entonces, ¿qué argumentos pueden sostenerse para no negociar tratados económicos con el neocastrismo? ¿Qué la dictadura castrista no tiene armas atómicas y la norcoreana sí? Porque si comparamos las dos dictaduras, la de 60 años de los Castro y la de 70 años de los Kim, la cubana es una aprendiz.

Lo más preocupante, buscando opiniones de disidentes para este trabajo, es el silencio y el temor a juzgar las decisiones de la Casa Blanca.

Nadie en la disidencia y el exilio ha levantado la voz condenando las negociaciones de Washington con el Estado canalla de Corea del Norte.

Una opinión personal: estoy de acuerdo con el diálogo, pero sin renunciar a los principios cardinales que sostienen la democracia estadounidense. Realicé una pequeña encuesta con 25 personas, todas residentes en La Habana, sobre sus preferencias políticas y el futuro de Cuba. No es una estadística fiable, pero sí un buen termómetro.

Los 25 encuestados quieren prosperidad económica. Apuestan por la ampliación de negocios privados y las inversiones extranjeras. El problema viene cuando se abordan temas políticos. A 16 de los entrevistados, una leve mayoría, les da igual quien gobierne, si se garantizan las libertades económicas.

El tema de elecciones libres, democracia, tripartición de poderes, autonomía universitaria, autorización de otros partidos políticos y libertad de prensa lo apoyan abiertamente 13 personas, una ligera minoría.

El resto tiene sus dudas. Utilizan de pretexto las democracias fallidas en Honduras y México y, mientras existan libertades económicas, desean un Estado fuerte.

A los 25, les preocupan algunas bondades de la democracia, como que cualquiera pueda tener un arma de fuego y el alto consumo de drogas.

¿Nacieron esas personas con un defecto congénito que los predispone a la democracia?

Supongo que no. El club de países donde se practica una democracia de calidad no supera los treinta. El resto tiene democracias defectuosas. O no la tienen.

Quizás sea un problema de educación política y de ciudadanos adoctrinados que los embarga una suerte de Síndrome de Estocolmo. Pero no se puede aspirar a una democracia plena con ciudadanos que no están convencidos de sus beneficios.

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