LA HABANA. Un señor gordo con voz de tenor y un bolso colgado de manera transversal en el pecho, a su paso por las calles interiores de la barriada habanera de Lawton, pregona que compra pomos de perfumes vacíos y botellas plásticas de refrescos.

Dos santiagueros que huyen de la pobreza y falta de oportunidades en su provincia, anuncian que reparan colchones. Y una señora le grita desde el balcón a un vecino que acaba de llegar el picadillo a la carnicería.

Lawton, en el sur de la capital cubana, antes del mediodía, es una combinación de hollín, calles rotas, gente que vende cualquier cosa con el reguetón de fondo. También de pequeñas tertulias que se arman en las esquinas o cualquier sitio.

En el portal de una bodega cinco personas charlan sobre el desempeño del Yuli Gurriel y Yasiel Puig en la Serie Mundial. Luego, debaten sobre las nuevas medidas migratorias anunciadas en Washington por el grisáceo canciller Bruno Rodríguez Parrilla y que comenzarán a implementarse el 1 de enero de 2018.

Es raro que en Cuba una familia no tenga parientes al otro lado del charco. Mildred, madre de tres hijos y dos hermanos residentes en Miami, opina sobre las nuevas reformas migratorias: “En lo personal no me benefician esos cambios, pues mis hermanos eran médicos y cuando estaban de misión en Venezuela, se la dejaron en los callos a esta gente (régimen). Tienen que cumplir un castigo de ocho años sin poder entrar a Cuba. El gobierno debiera entender que Cuba es de todos los cubanos y no solo de los que a ellos les convenga”.

En la misma cuerda piensa Julio, padre de un joven talento beisbolero que saltó la cerca en pos de cumplir su sueño de jugar en Grandes Ligas, ganar salarios de seis de ceros y ayudar a su familia a salir de la perpetua pobreza.

“Con los peloteros que abandonan el equipo en eventos internacionales pasa igual. No pueden entrar a Cuba hasta que al Gobierno le dé la gana. Ahora hacen concesiones para contrarrestar la dura situación económica del país. Trump es un tipo medio loco y de él se puede esperar cualquier cosa. Venezuela ya no puede enviar la misma cantidad de petróleo y el Estado necesita con urgencia los dólares de quienes una vez llamaron gusanos”, apunta Julio.

Cuando usted conversa con ciudadanos de a pie, la opinión generalizada es que el gobierno tiene que derribar por completo el muro que lleva tanto tiempo dividiendo a los cubanos.

“Cuba necesita más de ellos, que ellos de nosotros. El sistema actual anda a la deriva. Hay que renovar la infraestructura pública y muchísimas cosas construirlas de nuevo. Necesitamos capital, personas preparadas en lo último de la ciencia, tecnología, gestión productiva, empresarial y bancaria. Los más talentosos en distintas esferas del saber, el deporte, el arte y la cultura volaron del verde caimán. Lo que queda es el menudo, el fondo del armario. Somos una nación envejecida”, señala Onelio, economista.

Pero la autocracia castrista sigue con su estrategia de comando y mentalidad de Guerra Fría. Es su estado natural. Lo que mejor se le da. Venderse como una víctima acosada por el gobierno de Estados Unidos.

Y contradictoriamente, la solución es negociar con el supuesto enemigo. El régimen se ha enfrascado en una batalla, a veces real, casi siempre exagerada, con las diferentes administraciones de la Casa Blanca, desde 1959 a la fecha.

En su afán de abrirse un hueco en el escenario internacional, a golpe de exportar guerras de guerrillas, ejércitos de batas blancas y legiones de soldados al continente africano, Fidel Castro secuestró las aspiraciones del pueblo cubano.

La diáspora y la gente que sobrevive en Cuba fuimos, y somos, rehenes de políticas típicas de naciones imperiales y centros de poder mundial, no de un país pequeño y atrasado.

Han pasado 26 años de la caída del comunismo en la URSS y aún la dictadura caribeña no se decide a dar el único paso previsible y razonable: pactar con los cubanos de adentro y de afuera.

Es la única salida a la vista del conflicto nacional. Solamente se necesita una disculpa pública y sentarse a negociar. Pero dialogar con todos, no solo con aquéllos afines a su ideología.

Hay que dejar atrás los viejos rencores. El futuro de Cuba pasa por enrolar a toda la emigración (y no solo a la que vive en Estados Unidos) y a los cubanos del interior en la reconstrucción de una sociedad moderna, tolerante y funcional.

Desde luego, el régimen tendrá que hacer concesiones. Libertad de expresión, democracia y elecciones libres. La lista negra de compatriotas, que por decreto fálico o despótico, no pueden viajar a su patria debiera ser anulada.

Carlos Alberto Montaner tiene todo el derecho del mundo a presentar sus libros en La Habana o realizar una conferencia en Guanabacoa. Siempre y cuando paguen salarios justos, no los sueldos de miseria que dan a los cañeros haitianos en La Romana, República Dominicana, los hermanos Fanjul pudieran construir ingenios en la tierra que les vio nacer.

DIARIO DE LAS AMÉRICAS y El Nuevo Herald debieran tener la opción de abrir corresponsalías en La Habana: buena parte de sus lectores son cubanos afincados en la Florida.

Basta ya de ordeñar a los emigrados pagando a precio de oro el pasaporte y la renovación del mismo. Ningún cubano debiera pedir permiso para entrar a su hogar.

No entendí los vítores y aplausos de un sector del exilio cuando el canciller Bruno Rodríguez lanzó la nueva propuesta migratoria. El Gobierno no está haciendo ningún favor. Es un derecho aceptado internacionalmente que los ciudadanos de un país puedan viajar y regresar al lugar donde nacieron cuando así lo deseen.

No existe mejor muestra de nacionalismo y soberanía que involucrar a todos y cada uno de los cubanos en el futuro de su país. Todavía estamos a tiempo.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario