LA HABANA.- Aunque en la isla ciertos grupos y personas intenten desmarcarse de la disidencia abiertamente anticastrista, de cualquier modo, siempre serán marcados con letra escarlata por el departamento de Seguridad del Estado y sus guardianes de la fe, especialistas en destrozar reputaciones.

De nada vale la lógica en los análisis de académicos que colaboran en el portal Cuba Posible; las notas puntuales de Fernando Ravsberg sobre la burocracia institucionalizada; las críticas al status quo desde la ideología marxista de Harold Cárdenas o los excelentes reportajes del equipo de reporteros de Periodismo de Barrio.

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Todos, por su pensamiento libre y porque no reciben órdenes de la maquinaria ideológica del partido comunista, son considerados 'enemigos de la patria', caballos de Troya que más o menos sutilmente le hacen el juego al ‘imperialismo yanqui’.

Para los dinosaurios del Palacio de la Revolución no hay términos medios. Las disposiciones las escriben ellos para que las cumplan otros. El ejercicio de la crítica, el debate y la polémica sin el visto bueno del aparato estatal nunca será bien recibido.

Probablemente, como en el infierno de Dante, todos los enemigos o conflictivos del ‘proyecto revolucionario’ no estén ubicado en el mismo círculo. Pero ninguno es confiable.

Al Gobierno le resulta más fácil condenar a veinte años de cárcel a un periodista anticastrista, según dicta la Ley Mordaza que flota en el aire de la república de 1999. Para el resto existen otros métodos coercitivos.

Al final, terminan expulsados de sus trabajos, como el economista Omar Everleny, ahora mirando el drama autocrático desde una beca en Japón, o como los talentosos académicos Pavel Vidal, Haroldo Dilla y Armando Chaguaceda, residentes en el exterior.

De nada vale reconocer de facto al gobierno, apostar por el nacionalismo o un socialismo democrático. Los ucases y el rumbo de la nación son dictaminados por los mismos de siempre.

En un régimen intolerante, autocrático y soberbio, se debe tener la habilidad suficiente para interpretar cuándo se ha sobrepasado la tenue frontera que delimita hasta dónde llega la permisividad gubernamental. Lo dice el refrán popular: jueguen con la cadena, no con el mono.

Tal vez a Roberto Veiga y a Leinier González no los detengan en la vía pública sicarios de la Seguridad del Estado y les quiten sus pertenencias, como lo hicieron con Augusto César San Martín y Ana León, reporteros de Cubanet, cuando el pasado mes de julio se dirigían a hacer un reportaje audiovisual en Cienfuegos.

Es probable que a Arturo López-Levy, politólogo radicado en EEUU y pariente de Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, tesorero de Raúl Castro, no le decomisen libros, dinero y artículos personales en el Aeropuerto de La Habana, ni sea detenido brutalmente como le hicieron al sindicalista independiente Iván Hernández Carrillo, a su llegada a Cuba, unas semanas atrás.

Que el trato de la policía política sea menos degradante, que digan usted y no 'contrarrevolucionario' o 'gusano', no significa que los textos que reflejan la realidad de los ciudadanos y la ola de pensamiento liberal que en estos momentos se puede leer en medios digitales, sean del agrado del régimen y sus órganos represivos.

El gobierno le teme a criterios y análisis diferentes. No importa que el necesario debate se encuentre atrapado en internet y apenas sea conocido por el cubano de a pie. La autocracia de los hermanos Castro es una institución de ordeno y mando. Sus periodistas son soldados de la revolución. No se les puede permitir que escriban por su cuenta en medios alternativos.

La aberración insultante llegó en días recientes por intermedio de Aixa Hevia, mediocre burócrata de la información -más bien censora periodística- que ocupa la vicepresidencia de la Unión de Periodistas de Cuba, cuando propuso expulsar del país al periodista uruguayo Fernando Ravsberg, excorresponsal de la BBC, realizador de la web Cartas desde Cuba y colaborador del diario español Público.

Para Ravsberg, residente en la Isla desde hace muchos años, nada es nuevo bajo el Sol. El mismísimo Fidel Castro en persona en determinado momento lo incluyó en su lista negra. Uno puede estar de acuerdo o no con sus comentarios, es parte de la libertad de expresión, pero que a un reportero de calibre lo traten como a un delincuente es vergonzoso.

Pero ésa es la auténtica entraña del régimen. Una estrafalaria pandilla fundacional que aglutinó iluminados, analfabetos y exconvictos. La democracia no es su plato fuerte.

Para el castrismo, aquéllos que piensen por cabeza propia o se salgan del libreto orquestado por los caciques del partido comunista, siempre serán adversarios. Unos más peligrosos que otros. Pero todos, enemigos.

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