MIAMI.- En la calle Flores, entre Correa y Encarnación, en la barriada de Santos Suárez, La Habana, existe un tipo de vivienda muy común en Cuba, para personas humildes. Se les llama cuarterías, accesorias y en algunos países, chabolas, pero el nombre más común en Cuba es: solar.

Muchos tenían nombres pintorescos y el de la calle Flores al que hacemos referencia era conocido como “El solar de la Margarita” y se distingue de los demás porque fue la cuna de donde salió una de las figuras más excelsas de la leyenda musical cubana. Úrsula Hilaria Celia de la Caridad de la Santísima Trinidad Cruz Alfonso, “La Guarachera de Cuba” Su Majestad: Celia Cruz.

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Nacida el 21 de octubre de 1925, se ha escrito mucho sobre su historia. Hija de Simón Cruz, fogonero de trenes y de Catalina Alfonso, ama de casa, su infancia con sus tres hermanos, Dolores, Gladys y Bárbaro; su nutrida cantidad de primos, entre ellos algunos muy pequeños a quienes les cantaba; su enorme talento musical, que empezó a abrirle puertas desde temprano; los premios en concursos radiales, entre ellos el obtenido en el prestigioso programa La Corte Suprema del Arte, cantera importantísima de donde salió al escenario una cantidad notable del talento cubano que alcanzó categoría de leyenda.

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La inolvidable Reina de la Salsa, Celia Cruz.
La inolvidable Reina de la Salsa, Celia Cruz.

Cantante en “Las Mulatas de Fuego” de Roderico Neyra en 1948; su estancia en Venezuela donde grabó por primera vez; su paso por el conjunto Gloria Matancera y cuando Myrta Silva, “La Gordita de Oro”, que había triunfado en Cuba con La Sonora Matancera regresa a Puerto Rico, su entrada al grupo y la etapa de darse a conocer, enfrentando a un público que no la recibió con los brazos abiertos, pero tuvo el apoyo de Rogelio Martínez, director de La Sonora, que la vio en su total dimensión y la impuso hasta con el director de la disquera Seeco Récords, Sidney Siegel, que no quería que grabaran con ella, pero cuando arrancó el 3 de agosto de 1950 con La Sonora Matancera, ya no la paró nadie.

Desde las primeras grabaciones en Cuba “Cao cao, maní picao” y “Mata siguaraya” el 15 de diciembre de ese año, ya impuso su clase. Celia era una cantante de impecable afinación, a pesar de que en aquellos tiempos y posteriormente por muchos años, no había la calidad de referencia de sonido y/o voz a la que tienen acceso hoy los cantantes y en cuanto a las grabaciones, no existían aún los “melodynes” u otro tipo de afinación electrónica.

Para cantar con propiedad los géneros populares cubanos, sobre todo el son, se necesita no sólo talento, sino conocimiento del género. A pesar de haber pasado por academias, muchos cantantes poseedores del estudio formal de solfeo y teoría nunca pudieron enfrentar una improvisación o entrar a tiempo en un “tumbao”, porque esas asignaturas no estaban en ningún conservatorio.

En Celia el sentido del ritmo era deslumbrante y la academia más importante la había tenido en su casa, o en el mismo solar, donde nunca faltaba un radio encendido, la fuente de información sobre las tendencias y modas musicales de donde bebieron todos los grandes, poseedores de sensibilidad para entender las diferencias y estilos, así que el acento agógico, sentido del tempo y la clave, más el conocimiento del género, no sólo le eran naturales y afines, sino que le brotaban con la envidiable facilidad, negada a la mayoría de los humanos.

Era excepcional y si a esas condiciones se le suma la capacidad de improvisación, joya que ostentan los grandes soneros, picardía y sandunga, más por lo menos 55 años de carrera profesional, entonces podemos comprender por qué fue la más grande, la irrepetible.

En la carrera de cantante popular, el problema no es llegar, es mantenerse y Celia Cruz se mantuvo creciendo día tras día contra viento y marea. Aún desterrada oficialmente de la radio cubana desde 1960, año en que se fue de su país, en total desacuerdo con el totalitarismo impuesto, prohibida en TV y en los medios masivos, fui testigo una noche de 1996, cuando se estrenó de forma limitada en la sala de cine del ICAIC en La Habana, “Yo soy del son a la salsa”, - - el documental de Rigoberto López con guion de Leonardo Padura- del aplauso atronador del público en el teatro cuando apareció en pantalla Celia Cruz.

36 años después, aun vergonzosamente prohibida, el público le brindó el homenaje que se merecía por haber mantenido la cubanía de la forma que lo hizo, desde su carrera triunfal en los escenarios internacionales.

La vi en vivo por primera vez en 1987, cuando estuve como director artístico en una empresa de espectáculos cubanos en México. Estaba conversando con Rosita Fornés y vimos en un periódico el anuncio del último día de Celia Cruz en el cabaret “Margo” y me dijo:

- Daría lo que no tengo por verla.

Tomé el teléfono y llamé a Miguel Nieto, el gerente del lugar, que me dijo que no tenía espacio, pero estaba un amigo común, el Sr. Porfirio Vivar y me ofreció su mesa, así que nos fuimos a ver a Celia con Rosa.

La emoción de verla en escena fue tremenda, aquella señora era un ídolo en mi casa desde que nací. Después fuimos al camerino donde Celia y Rosita se abrazaron y yo le pregunté por un reloj en forma de Rosa Naútica que se colgaba en el pecho y que me llamaba mucho la atención. Me dijo:

- ¿Quién tú eres, que te acuerdas de ese reloj? Todavía lo tengo.

Le dije que era hijo de Germán Pinelli y que de niño había estado junto a ella en varias ocasiones y tuvo palabras muy cariñosas para mi padre.

El día que falleció, el 16 de julio del 2003, le dediqué un espacio en mi programa radial en Radio Taíno, donde la había puesto en varias ocasiones. Me fui tranquilo, esperando una llamada que terminaría en bronca, pero nadie me llamó, sólo gente de pueblo para darme las gracias y para felicitarme por haberla mencionado.

Celia Cruz es un orgullo nacional y espero que algún día, aunque yo no pueda verlo, se levante una estatua como homenaje, que vayan a ver todos, en El Solar de la Margarita.

Octubre de 2017.

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