El periodista, escritor y traductor cubano, que vive en Barcelona junto a su esposa M. y su perro Bruno, asumió el reto de entregar, cada día, el relato de la incertidumbre. En el primer capítulo prepara su trinchera ante el virus y se alista para trabajar en la traducción de un texto de Vasili Grossman. En su piso-búnker, y pertrechado con lo que M. y él han creído necesario, comienza esta historia.

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El también autor de Minimal Bildung (Catalejo, Bokeh), dijo que ofreció estas crónicas a la revista El Estornudo “el día antes del encierro. Se me ocurrió mientras compraba carne para el confinamiento. En la cola de la carnicería”. Las crónicas se publicaron en la revista acompañadas por fotografías hechas por su esposa M., una especie de personaje también junto al viejo Bruno, acertada adición.

Cuando se aproximaba al final de sus entregas de cuarentena, Ferrer pensó en un formato de libro para esos trabajos y lo propuso a Ladislao Aguado (Hypermedia). “A la vista está que no me equivoqué”, contó el escritor, “una cubierta magnífica del maestro Flavio Garciandía, un prólogo de uno de los principales escritores y periodistas de su generación y algunas fotografías de Marlene, mi compañera de confinamiento”.

Asimismo, el proceso del libro le dio la oportunidad de reordenar esas crónicas para la revista, que "tenían el músculo y la fibra de la inmediatez", y añadirles "la carne de más información útil al lector para entender tanto la pandemia, como la manera en que yo la percibí".

Fuente: El Estornudo (Cortesía)- Los pueblos, los barrios, la prisión. Foto: M.
El autor Jorge Ferrer en una de las fotos de sus crónicas, titulada

El autor Jorge Ferrer en una de las fotos de sus crónicas, titulada "Los pueblos, los barrios, la prisión" y tomada por M.

Durante la presentación del libro, el pasado 18 de septiembre, Carlos Manuel Álvarez, escritor y director de El Estornudo, señaló que estas crónicas rompían con la lógica de lectura de la revista, pero “con Ferrer siempre vamos al seguro”. Además, “crea su propia temporalidad”, es un libro “con un sentido del humor muy particular, donde de repente el virus comienza a ser un trasfondo”.

Sobre las ideas que coexisten en esta cuarentena, el editor y ensayista Ricardo Cayuela destacó que “el mundo ruso que hay detrás de este libro es maravilloso. La formación de Jorge en Moscú como traductor de ruso está presente”. De ahí que le haya resultado atractivo “el trabajo de Jorge con Vasili Grossman a la luz de la pandemia de un cubano exiliado en Barcelona que se queja del populismo ambiente, de la cólera y pandemia del nacionalismo catalán”. Y añadió que “estamos ante un libro de poderosa escritura”.

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Durante

La mesa de trabajo. Los papeles, los libros, las pantallas. Ahí está Jorge. Revisa el texto de Grossman, obstinado en quitar el velo de censura, salvar del silencio a chinches y derrotados, y hacer que el tiempo valga la pena, aunque la justicia sea post mortem para el cronista ruso. De modo que su diaria narración del coronavirus contiene otra historia que por fin se cuenta completa.

En esta suerte de matrioshka, el traductor del ruso se convierte también en traductor de la zozobra, en un par de ojos que se asoman cada noche a ver un aplauso autómata, en un escribiente que deja testimonio de su propia sinrazón, porque todo se desdibuja en esta rara temporada.

De cara a un encierro regulado, Ferrer repasa ataduras y absurdos del pasado. “Cuba, cada vez más distante, se me torna próxima a veces, cuando me coge con las defensas bajas”, se lee en una de sus crónicas. El autor, que comenzó a estudiar Periodismo en la URSS y terminó en la Facultad de Comunicación en La Habana, conoce muy bien la censura, el sabor amargo de las cartas sin respuesta, del oficialismo prosaico. Fue parte del proyecto Paideia, “un movimiento de ideas que se enfrentó al establishment cultural y político de Cuba a partir de 1989”. Salió de la isla en 1994 y se asiló en España.

La Cuba de Ferrer es una herida que se puede curar con telarañas o con libros, que viene a ser lo mismo; es la isla al otro lado de la ventana, desde la que este Bobo de Abela susurra “Hola, soledad”; y es, también, ese giro al final del libro, el golpe cercano del virus, la partida inesperada del editor y mecenas Víctor Batista Falla, quien murió en la tierra que no había pisado en 60 años.

Iluminado por el miedo, en la “odiosa” palabra “miasma” y en la duda de los primeros golpes, describe con tino lo que, meses después, nos han contado los especialistas del caos. Las pandemias “lo mismo despiertan la nobleza de la gente, que atizan el cálculo vil: saqueadores, empresarios codiciosos, populistas y tontos en general clamando contra la globalización y el capitalismo, los nacionalismos paseando su virus de cada día por los predios del desastre, entre las líneas de batalla”.

Es por eso que afirma, seguro de su propia destrucción monitoreada, que “la pandemia te enferma de muchas enfermedades al mismo tiempo. Y casi todas te matan de una u otra manera. Te matan algo”. Para azuzar esas pequeñas muertes se refugia en ideas, esas barcas o cajitas fuera de la realidad, y pedalea en su bicicleta estática con el ímpetu de un hámster que corre en la rueda como si no hubiera un mañana; todo para constatar “cuánto se depaupera un hombre en unos pocos días de ocio”.

Así divaga el autor, entre los caminos de la razón y las letanías del buen vestir, porque un pijama puede ser el final de todo, y nunca antes tuvo tanto sentido escribir una carta, leerla con emoción, sorprenderse saludando a otro confinado allende el mar, en un lenguaje entre habitaciones cerradas.

Ferrer es un observador de esquina, parapetado en sus temores y agudas reflexiones, que insiste en narrar con orden aquello que no tiene ni pies, ni patas, ni cabeza. Embriagado de lecturas, entre baladitas y boleros, traduce textos y también el pathos que sacude al mundo. Junto a un perro con cara de circunstancia y su esposa M., el escritor recurre a lo pretérito y entrañable, como las cartas que escribió Aleksandr Pushkin a su prometida desde una cuarentena por la epidemia de cólera, un libro de Svetlana Aleksiévich, o aquella niña de la escuela primaria.

Estos ingeniosos desvaríos se acompañan de asentadas reflexiones, donde es siempre constante aquel no estar seguro de tener suficiente comida. Lo inmediato cotidiano aflora en medio de disquisiciones intelectuales. O al revés. Descubrirlo es uno de los placeres de esta lectura.

Fuente: El Estornudo (Cortesía)- Anna, Emma et al. Foto: M.- oct 2020
Anna, Emma et al. Foto: M.

Anna, Emma et al. Foto: M.

Después

Días de coronavirus: Un itinerario, es el viaje de un hombre preso en su propia casa. Pero aquí los metros de una sala o una habitación se extienden. Se doblan tiempo y espacio en una agonía festiva en la que el dolor conoce al golpe y la mascarilla a la cara.

Es, también, un informe juguetón y visceral, tanto o más que llevar un termómetro en el ano mientras Svetlana Zajárova se deshace en fouettés en una puesta virtual del teatro Bolshói -bellísimo cierre, por cierto, del decimosexto día-, o ponerse gel para las manos “con un entusiasmo y una alegría que antes reservaba al lubricante sexual”.

Ponerse viejo, o ponerse viejo más rápido. ¿Quién no lo ha notado? Cuando todos los días de la semana parecen domingos, Ferrer recuerda a Ramón Gómez de la Serna cuando decía que “los domingos envejecemos más deprisa”.

Mira a su lado y ahí esta Bruno, el Frenchie que nació en un criadero de Praga, el perro que no querían por tener un soplo en el corazón y que M. llevó a casa para salvarlo de tanto pesimismo. Ferrer describe a su viejo amigo así, como se suele describir a los amigos: "Ronca y se tira pedos en el sofá. Todo parece indicar que le gusta Chopin. Los meses de confinamiento lo han hecho desarrollar una enorme dependencia por el cariño físico". Y presenta una hermosa conclusión: “Era más gato antes, pero la pandemia lo ha vuelto un poco más perro”.

Ferrer ha logrado zafar su discurso de esa masa que tiembla entre titulares y reza por una vacuna, para hacer de la tragedia un asunto íntimo, carnal, a veces morboso. No es raro, entonces, que en medio de un capítulo nos demos cuenta de que también somos Jorge, M., o su perro Bruno, si medimos necesidades primarias.

@GrethelDelgado_

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