Alto. Que me den un libro y una trinchera de la conciencia. Una obra de arte en Florencia, una tarde entre sus calles, y una botella de vino toscano. Un amanecer en el mar, un silencio coronado por la luna, subida a la cresta de mi jardín. Pero ni eso. Que me den un libro, no necesito otra cosa. Que me den un buen libro y revienten al otro lado del cristal, si lo desean, los cimientos de un siglo que extenúa tanto como aburre. Tan predecible y tan soberbio. Tan científico y tan supersticioso. Tan moderno y tan manido. Tan joven y tan viejo. Nunca antes 19 primaveras se habían exhibido al mundo tan ajadas, mortecinas, deshilachadas por las patas de gallo y esas ojeras nocturnas y ridículas. Qué mala cara tienen, en fin, nuestros días en el calendario de la panacea de la cosmética. Parece que, muerto Chesterton, algunos años se limitan a rendir pleitesía al juego de sus paradojas, ajenos al devenir que este rincón de la Historia, o de la histeria, les había preparado.

Escribo en cuartillas, garabatos entre fiebres y antigripales. Festival de pastillas en la mesilla de noche. Penumbra y la apuesta, a pecho descubierto, de la soledad: ¿qué estás haciendo ahí? Y, en parte, tal pregunta resuena en cualquier corazón ávido de verdad. Y si hay una certeza propia de hoy, cercana y asfixiante, es el mal gusto. Por eso andan los corazones como almas en pena, huyendo de todas partes, por si el buen Dios un día se apiada y les deja dormitar en los brazos de la belleza, proscrita hasta en las fachadas de tantas iglesias, que más que invitación estética a buscar la verdad y la vida parecen indicarnos la senda de la mentira y la muerte. O el culto a la hormigonera. Qué sé yo.

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Síntesis de un paréntesis: qué tiempo inane, qué festival de vanidades, qué sofoco para el pensamiento, qué condicional nuestra libertad. Es este el siglo de polvo, más polvo digitalizado. Que se lo lleven todo. Que se vayan. Que se queden con ese incesante ruido de sables que da más grima que miedo, con los titulares arrojados como toneladas de pesada artillería sobre la mesa del periodista, con las leyes sentimentales, esa legión de majaderías y megalomanías inverosímiles. Que se queden con el pensamiento-pastel que ha matado la vieja filosofía, con la competición entre oprimidos, muy oprimidos, discriminados y super discriminados, y con la sobredosis motivacional, que siempre me recuerda a esos versos asombrados de Rafa Pons: “No me da miedo perder, me da pereza ser valiente / ¿cómo coño supera tantas cosas la gente?”.

Que me den un libro, de tomo entelado y prosa densa, y me apaguen el sol muy despacio. Que llueva el ciclo de la primavera de las flores, y que se vayan mis horas en contar las descargas de todas esas nubes de junio que me acechan, inquietas, mientras tecleo este pequeño incendio contra mis días. Qué más da. Desde el socavón de mi cama, en la duermevela febril de otro estado griposo, me puedo permitir el sueño, el clamor y el manifiesto contra la filiación con lo que no me pertenece.

Así que, dense prisa, y abran el templo del silencio. Que suenen los pasos procesionales en las calles más calladas. Y con la mirada clavada en mantos púrpuras, en las lágrimas de la Señora, y en las flores blancas de los niños, veamos pasar la mayor de las metáforas de la vida. Y si algunos se revuelven y flirtean con la ansiosa novedad, sea toda para ellos.

Que me den a mí lo viejo y despreciable para el moderno, lo que ya no sirve y a nadie importa, lo que solo levanta la sonrisa compasiva de los estúpidos y eternos aspirantes a Hombres del Milenio –el dios del hoy y ahora-. A mí que me den lo muerto, todos los poemas olvidados, las canciones que ya nadie quiere escuchar y las biografías de hombres que murieron por las cosas en las que creían. Que me den un buen libro, sí, y mi playa, y las rocas en que, entre garabatos adolescentes, urdí mi primer plan para ser feliz, regalándole un cheque en blanco al fracaso. Y así, que me den, después de todo, las llaves del cementerio, con permiso de todos los santos, para husmear sin prisa por el paraíso de la ceniza, donde toda vanidad, todo ruido y toda urgencia descansan en su sueño eterno, dejando a flote solo aquellas bellezas, esperanzas y certezas que aspiran a la eternidad.

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