En realidad es un imbécil. El ataque de sinceridad lo tuvo una amiga con otra hace un par de noches, en una de esas terrazas de verano en las que, cuando las adolescentes levantan el vuelo, puedes encontrar seis millones de cadáveres bajo la mesa. Si quieres una pista para investigar el crimen, anota: todos se conocían entre sí. Nunca subestimes el poder destructor de dos amigas despellejando idiotas a la luz de una luna agosteña en cualquier puerto de mar.

En agosto y en penumbra se hacen confesiones horribles, de esas que ya no logras desprenderte en toda la vida. El ridículo que provocan es una de las sensaciones que mejor resisten el paso del tiempo. Ella está loca por él, lo confiesa sin titubeos. Pero el chico es un estúpido, según su amiga, que lo conoce más. Después de escuchar media hora de conversación ajena me ha quedado incluso la sensación de que esa amiga tan sincera tal vez lo conoce demasiado, pero prefiero no hacer elucubraciones, que ya bastante lío tiene la presunta enamorada.

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La hechizada, cuando alguien le dice que su amor es un cretino, lejos de dudar de su percepción sobre su príncipe, se solidariza con el acusado, lo disculpa con vehemencia, e incluso piensa que su indefensión es tan terrible que queda a merced de cualquiera, hasta de la sosa de su amiga, que siempre está recomendando a todas que se alejen de ellos, porque todos son iguales, o eso le gusta decir a ella, cuyo único novio conocido fue una botella de whisky en el verano en que cumplió los 18.

A la mujer enamorada nadie la puede desenamorar pero eso no merma la insistencia de su pandilla de amigas, que lo intentan por tierra, mar y aire cuando ven que la catástrofe se cierne sobre la embobada, y por tanto, sobre todo el grupo. No en vano, cuando una chica empieza a salir con un tonto expansivo, las consecuencias las pagan también sus amigas, que han de soportar a un besugo integrado en la hermandad y sonreírle masticando pastillas contra las náuseas.

Sea como sea, aquel Jorge –si veraneas en la costa de Lugo, date por jodido– que enamoró a Leire debe ser un idiota profesional. Su amiga se detuvo en los pormenores de su acusación contra él y yo no pude marcharme de aquella terraza hasta que terminó el relato, porque es increíble cómo enganchan las catástrofes ajenas en el chiringuito. Según pude anotar a vuelapluma, Jorge ha hecho creer a Marta que está enamorado de ella sólo para que ésta lo anuncie a toda la pandilla, y poder darle celos a Laura. De ese peculiar modo pretende seducir a Laura, que es la que realmente le hace tilín tilín. Supongo que esta estrategia, la del Caniche Moteado en Ayunas (CMA), la habrá leído Jorge en alguna revista para adolescentes con problemas de comprensión lectora y adicción al cannabis. Entretanto, el tipo pasa las horas con Nagore, que es una chica de bella piel tostada –no es la expresión exacta que ha utilizado Leire para definirla pero dejaré el Diccionario Millenial-Humano para otra semana–, a quien esta absurda costumbre occidental de salir de uno en uno con una sola pareja a la vez le parece una pérdida de tiempo.

Como la amiga de Leire no ha logrado persuadirla en su empeño por pintar a Jorge como un monstruo ha optado por claudicar en el siguiente argumento, sugiriéndole que le proponga al chaval una “relación abierta”. Ignoro qué significa tal cosa pero sospecho que quiere decir que Jorge puede estar con Marta, Laura, Nagore, Leire, su amiga, y cualquier otra que pase por delante, simultáneamente, sin que ninguna de ellas pueda siquiera afearle que jamás acierte a la primera al tratar de llamarla por su nombre. La propuesta convertiría a Jorge en una suerte de 24 horas o 24/7 repleto de ofertas y yo no estoy seguro de que algo así vaya a revalorizar al chaval de cara al mercado de invierno.

No voy a engañarte, Laura: a mí también me parece que Jorge es un cabrón (Capra aegagrus hircus) pero tengo que decirte que a tu amiga, la que propone relaciones abiertas y habla como un bárbaro sin socializar, me la encontré en el zoo hace un par de tardes, saltando de rama en rama. Tal vez debes hacer caso al consultorio sentimental de aquella otra revista para adolescentes, aunque sea más cursi que un nenúfar, y hacer lo que te “dicte tu corazón”. Y después ponerte a rezar como loca para que te dicte salir corriendo. Créeme. Para aguantar al lado a un idiota y dejarte aconsejar por una catadora de vinagre tienes toda la vida. Resiste mientras puedas.

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DLA Clasificados

 

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