Escribo de madrugada desde un hospital y en cierto modo es algo extraordinario porque no soy yo el enfermo. Más precisamente sí lo soy, que arrastro este mes un cúmulo de calamidades de salud que harían cortarse las venas al peñazo zen de Alejandro Jodorosky, pero no lo soy en el sentido de que en este instante mi papel es de exclusivo acompañante.

He entrado al recinto hospitalario, por tanto, con la cabeza alta y el rostro falsamente iluminado para evitar confusiones entre el personal médico, que en estos lugares a poco que te descuidas te sacan el apéndice –me refiero al de la apendicitis- y luego es un lío hacerse con uno de segunda mano.

En los pasillos de un sanatorio habita una fauna variopinta que ha desarrollado una asombrosa habilidad para escudriñar los ojos del visitante ocasional y efectuar diagnósticos a golpe de vista. Estas personas se forman una idea inmediata sobre ti, incluso aunque estés sano: “el riñón”, “este no pasa de la medianoche”, “papá primerizo buscando sala de partos”, “médico que sale de una guardia”, “carterista”, “hipocondriaco”. Sitúan una etiqueta al verte por primera vez y ya no te la quitan jamás. Si años después te los encuentras por la calle, bien pueden preguntarte “¿Qué tal la afección del riñón?” aunque nunca hayas tenido problema alguno con el asunto renal, al menos hasta el momento de cruzarte con semejante idiota.

Así, yo he llegado a la habitación, donde uno cierra la puerta siempre como quien entra en la trinchera en pleno campo de batalla. Asumes que en cualquier momento puede entrar alguien armado con cosas que pinchan, cortan, succionan o inyectan, pero que al menos, con la puerta cerrada, te dará tiempo a tirarte por la ventana antes de que te atraviesen una nalga.

Existen dos tipos de acompañantes hospitalarios: los que disfrutan con la circunstancia y los que prefieren pagar el doble de impuestos a cambio de evitar la estancia. En los primeros, no deja de asombrarme el increíble interés que muestran por todos los pacientes de los alrededores, a veces combinado con una sorprendente desidia al familiar moribundo. Al poco de llegar con su enfermo, husmean los exteriores del lugar, saludan afectuosamente a toda la planta, y se erigen en una suerte de presidentes de comunidad de vecinos en horas bajas.

Burlan constantemente las normas básicas de privacidad, hacen bromas sonrojantes a las enfermeras sobre la posibilidad de tomar una copa esta noche y en ocasiones se atreven con los propios pacientes. Es ese perfil de acompañante que se va a la habitación del tipo al que le acaban de extirpar cuatro dedos y exclama: “¿Cómo va eso? ¿Te echo una mano?”. Y se monda de risa mientras el enfermo solicita la extirpación de otro miembro, el miembro de la 402.

Los más fanáticos de la vida hospitalaria interrumpen a los médicos para corregir diagnósticos, ofrecen cigarrillos a las señoras de la limpieza y se pasean en calzoncillos por toda la planta con la misma naturalidad con la que podrían hacer un picnic sobre la mesa de operaciones del quirófano. Tengo pánico a este tipo de vecinos porque son de los que se te meten en casa después de que te den el alta, con la excusa de tomar un café y, cuando te das cuenta, los tienes repartiendo porciones de tu pavo en Nochebuena.

Al acompañante incómodo se le nota en cambio por su pulcritud y discreción. Procura no tocar nada directamente con las manos. Es consciente de que por un hospital circula un prodigioso elenco de virus de todos los colores, jóvenes y fuertes, tal vez encumbrados por haber causado la muerte a un par de viejecitos, y que están deseosos de encontrar carne sana a la que hincarle el diente. Por otra parte, observan con lástima a los demás enfermos, esconden el culo en tiempo récord cuando una enfermera entra en su habitación blandiendo una jeringa, y el día en que el doctor le da el alta a su enfermo suelen saltar de alegría y estamparle un beso en la frente al médico. Naturalmente al llegar a casa se desinfectan los morros con aftershave y un fortísimo colutorio bucal veterinario.

Es este un lugar extraño para escribir la carta a los Reyes Magos. Confío en que podré volver a casa antes de hacer a Sus Majestades pasar el trago amargo de depositar sus regalos entre camilla y camilla. No obstante comienzo a entender por qué las personas mayores piden a los Reyes “salud, dinero y amor” como Los Panchos; y prueba inequívoca de mi avanzadísima edad es que eso es exactamente lo que acabo de escribir en mi carta a los Magos de Oriente de este año. Eso y libros, claro, porque a falta de salud siempre es bueno tener una novela gruesa con la que llenarse de esperanza, un lugar donde formar el intelecto, y un objeto contundente, en definitiva, para espantar a los intrusos acompañantes de las habitaciones contiguas cuando vengan a la hora del desayuno a robarle el sobrecito de sacarina a tu enfermo.

 

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