Especial

@DesdeLaHabana

Te puede interesar

LA HABANA.- Incluso hasta morirse puede ser un problema en Cuba. Al filo de las once de la noche llegó el cadáver a la funeraria de Santa Catalina, en el barrio de La Víbora, al sur de La Habana.

En la sala donde se velaría al difunto faltaban sillones y las bombillas estaban fundidas. “Es el único cubículo que disponemos”, dijo con cara de sueño la funcionaria.

Lo tomas o lo dejas. La familia del fallecido no tenía muchas opciones. Desandar por otras funerarias habaneras en busca de un sitio con las condiciones adecuadas no parecía una buena idea.

Estaba lloviendo, hacía un calor de infarto y nadie aseguraba que en otras funerarias el servicio fuera de calidad. “Es que hasta para morirnos somos diferentes. El padre de un amigo mío fue un pincho gordo del gobierno y lo velaron en el quinto piso de la funeraria Rivero con aire acondicionado, merienda y termos de café para los dolientes. La gente del pueblo se las tiene que apañar como pueda”, comenta con sorna un pariente del difunto.

Al final optaron por quedarse. “Total, todas las funerarias en Cuba son un asco. Lo único que pido es velar dos o tres horas a mi esposo y que luego descanse en paz”, señala la mujer del occiso.

Algunos familiares buscaron bombillos en sus casas, prepararon merienda y dos termos de café. Le pagaron diez pesos convertibles a un tipo apodado el Artista, para que limpiara y maquillara el cadáver lo mejor posible.

Las coronas de flores, ya mustias, llegaron cuando el féretro partía rumbo a la Necrópolis de Colón. A falta de cintas, unos papeles con tinta borrosa apenas permitían leer el nombre de las personas que encargaron las coronas.

En el cementerio, antes de las palabras de despedida, se entablaron ‘nuevas negociaciones’ con los sepultureros, quienes podían escoger un buen sitio donde enterrar a su ser querido.

“Que tú te pensabas, mulato. En Cuba hasta después de muerto te persiguen las dificultades. Si no les das un billete por debajo de la mesa a los sepultureros, te despojan los cadáveres y si previamente no la has encargado y pagado, no te colocan una jardinera con flores en la tumba. Se lucra con todo, sea la compra y venta de panteones o contratar una persona que te mantenga cuidado el lugar. De lo contrario, tu última morada se transforma en un marabuzal [parcela donde crece silvestre el marabú]. Por eso es que ahora los cubanos prefieren que los incineren”, cuenta un empleado del camposanto.

La 'cultura del detalle', de la que tanto habla el presidente designado Miguel Díaz-Canel, hace tiempo está ausente en la Isla. El socialismo marxista implantado por Fidel Castro barrió de golpe con el buen servicio, la calidad del trabajo y los valores cívicos. Muchos roban en sus puestos laborales para compensar así los bajos salarios. La burocracia obstaculiza el buen funcionamiento de las instituciones. La cortesía y educación formal desaparecieron en combate.

Es el sálvese quien pueda. La picaresca, la simulación y la mendicidad sustituyen a la honestidad.

Si se le ocurre comer en un restaurante estatal, le aconsejo que tenga paciencia. En la Calle 23, al lado del cine Rivera y a media cuadra de la Avenida de los Presidentes, se encuentra enclavado la otrora cafetería-restaurante El Carmelo, rebautizada con el nombre de Charles Chaplin. Forma parte de la cadena de centros gastronómicos ubicados en El Vedado, que antaño destacaban por su calidad en los servicios.

Díaz-Canel, el pitcher de relevo nombrado por Raúl Castro, en una de sus tantas reuniones con ministros y funcionarios del partido comunista pidió a las instituciones del Estado competir en calidad con los negocios particulares.

“Tenemos que desterrar la idea de que los centros e instituciones estatales son feos, descuidados y con un trato deficiente. La premisa es brindar un servicio de calidad comparable al de los trabajadores por cuenta propia. Tenemos que resaltar la cultura del detalle, del buen gusto”, reclamaba Díaz-Canel, apodado la ‘Nueva Trova’, pues repite lo mismo de otros funcionarios, pero con diferente lenguaje.

Regresemos al antiguo Carmelo. El salón principal está desierto. Un turista italiano, medio ebrio, bebe un mojito tras otro junto a una trigueña que puede ser su nieta con pinta de jinetera [prostituta]. Están sentados tras la barra, mirando por la tele la final de la Champion League entre el Liverpool y el Tottenham.

En otra mesa, un cliente se cansa de alzar su mano, solicitando que lo atiendan. Los impertérritos meseros lo miran como un bicho raro. Pareciera que el usuario es invisible. El cliente pierde los estribos. Si fuera un pistolero del Oeste la respuesta hubiera sido acribillar a tiros al que se le pusiera al paso.

El sentimiento que genera el desencuentro con la absurda burocracia estatal es similar al reloj biológico de un asesino en serie. Te provoca violencia y morder con fuerza el cuchillo entre los dientes.

Lo peor del ineficiente sistema cubano no son el desabastecimiento, las penurias cotidianas y los discursos políticos que lindan con la ciencia ficción. No. Lo aborrecible es la incapacidad para generar belleza, cortesía y buen trato.

Las tiendas, sin ventilación y con los aires acondicionados apagados para ahorrar combustible, parecen cárceles donde el maltrato está a flor de piel. Recorra cualquier asilo de ancianos, círculo infantil [guardería para niños]o edificio de viviendas ejecutados por obreros estatales. Observará chapucerías por doquier. Paredes mal repelladas, techos con goteras y ventanas mal encuadradas, ejecutadas con materiales de la construcción de la peor calidad posible.

En Cuba, incluso si paga en divisas, el mal servicio siempre está presente. Sesenta años de régimen totalitario han demostrado que el Estado es un pésimo administrador. Ni siquiera la muerte es capaz de gestionarse con eficacia.

Aparecen en esta nota:

DLA Clasificados

 

Deja tu comentario