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Al mediodía recojo al padre José Conrado en Brickell Avenue y la Calle 8 y, sorteando compromisos y llamadas telefónicas, lo llevo a mi casa. Viene primero la sesión de fotos y un breve video, pues mi colega Álvaro Mata tiene otra asignación.

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Finalmente empezamos a conversar sobre el libro, que se titula Sueños y pesadillas de un cura en Cuba. Uno tiene la curiosidad por saber dónde están unos y otros. “La segunda parte del libro recoge los sueños. La escribí cuando tenía 22 y 23 años; comprende conferencias que impartí y reflexiones teológicas de aquella época, mis últimos tiempos en el seminario San Carlos”, cuenta. “El gran sueño de mi vida ha sido la Iglesia, y la Iglesia en Cuba como servidora del pueblo, porque ella es la presencia de Cristo hoy en la historia. La Iglesia no es un fin en sí misma, repite el papa Francisco; el fin es el Reino de Dios; son las personas que pertenecen al reino, llamadas a realizarse plenamente en la comunión con Dios”, indica.

Para José Conrado la Iglesia son las personas comprometidas a ser fieles a Jesús en el proyecto del Reino de Dios. Un sueño que se ve perturbado, no obstante, por frecuentes pesadillas. “A lo largo de estos años, intentando darle cuerpo al sueño de Dios, he encontrado muchas situaciones, personas, circunstancias que han hecho difícil la realización del sueño”, apunta. Acá en Miami sabemos de algunas de esas pesadillas: el acoso, las represalias, la difamación y hasta la incomprensión en el seno de la Iglesia.

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En más de medio siglo, la Iglesia cubana ha tenido relaciones ciertamente conflictivas con el Gobierno. El panorama actual parece muy distinto del de los años 60, pero muchos cuestionan el costo de esa mejoría. “Ha habido una evolución positiva; mejoraron ciertos aspectos entre la relación necesaria entre el Estado y la Iglesia, pero no hemos logrado el objetivo que la Iglesia se propuso: lograr canales y crear un ambiente de verdadero diálogo”, expresa. “La Iglesia no tiene que enfrentar al Gobierno, pero, manteniendo su identidad, tiene que decir su verdad y ser escuchada. En eso no hemos avanzado mucho”, afirma.

Muchas veces se le prometió a la Iglesia ciertos espacios, acceder a la televisión y permitir la enseñanza religiosa. Claramente, enviar un mensaje navideño no basta. “Cuando la Iglesia habla de diálogo no se refiere a los instrumentos a los cuales tiene derecho en cualquier país del mundo. Es también que se le escuche en el ámbito de la lucha por la justicia y el respeto de los derechos de los seres humanos”, dice. “Es una dimensión del diálogo, que no es cuantificable en cosas que se logran sino en espacios creados”. Para el sacerdote, eso incluye “la posibilidad de cambiar políticas que llevan mucho tiempo vigentes, donde se torna eficaz la acción de la Iglesia a través de su presencia en la sociedad y en su vínculo con el poder político”.

En ocasiones, desde Miami, la actuación de la Iglesia se ha interpretado como débil frente a los abusos del Gobierno. Desde la isla, en cambio, replican que esa percepción es equivocada e injusta.

Conrado es de la opinión de que “la Iglesia ha optado por no hacer declaraciones clamorosas sino tratar directamente con el Gobierno y no airearlo con la prensa internacional. Así que cuando hemos dicho que se ha sido injusto es porque la Iglesia sí ha estado reclamando protestando”, explica. “En mi libro aparecen esos ejemplos. ¿Es suficiente? No. Tenemos responsabilidad en que exista una imagen idílica de la realidad cubana —también buscada desde el poder— y sobre la actuación del gobierno. Sostengo que hay que decir la verdad. Hay cierto nivel de denuncia al que la Iglesia no debe nunca renunciar”, puntualiza. Los comunistas cubanos quisieran que la Iglesia no ofreciera resistencia a la propaganda (porque es un sistema que la maneja muy bien). Leí que una vez cuestionaron la amistad de Aristóteles con Platón por algo que dijo. Y este respondió ‘Soy amigo de Platón, pero lo soy más de la verdad’. Ese es un principio que la Iglesia debe respetar. Si se le ponen condiciones a la verdad, algo anda mal”, subraya.

Nadie ignora las difíciles circunstancias en que la Iglesia desenvuelve su labor en Cuba. Pero hay episodios verdaderamente vergonzosos: como cuando el cardenal Jaime Ortega Alamino llamó “delincuentes” a un grupo de opositores o cuando negó la existencia de presos políticos. “No estoy de acuerdo con esas palabras; ningún pastor de la Iglesia puede emplearlas. Hay que asumir el riesgo de decir la verdad”, afirma Conrado.

Alguien que se destaca por decir sus verdades y provocar verdaderos terremotos mediáticos es el papa Francisco. Pontífice controvertido por las reformas que trata de impulsar, las cuales deben taladrar muros de conservadurismo secular. En cierta prensa de Miami le llaman el “papa comunista” e interpretan con suspicacia ciertos hechos, declaraciones y gestos. Como el de reunirse con el moribundo Fidel Castro, pero no hacerlo con una representación de la oposición.

“Tratándose de visitas papales, la agenda se rige por lo que determinan los obispos locales. El Papa no hará nada que los obispos cubanos no hayan decidido. Francisco tuvo que lidiar con ciertos límites y él obedeció, como es natural”, explica Conrado. A su juicio, visitar a Castro no fue un error. “Cualquier Papa debe buscar la salvación de las almas y no importa quién haya sido ni cómo haya sido”, expresa. “Con ese gesto mostró todo lo jesuita que es: le regaló a Castro un libro y dos CD del padre Armando Llorente, a quien Castro admiraba mucho (profesor y mentor de FC en el Colegio de Belén de La Habana, falleció en Miami en 2010. Nota de la R.) Que en los últimos días una persona, que en algún momento fue católico, reciba el mensaje de Llorente me da la medida de la grandeza de Francisco”.

En cambio, Conrado sí considera censurable que el Papa no haya visto a los disidentes. “Él los citó a la Nunciatura y a la Catedral y el Gobierno los apresó a todos. Y que no haya protestado públicamente —estoy seguro de que hubo una protesta de carácter privado— no me parece bien. Igualmente me parece un error que Francisco haya hecho críticas en países donde la Iglesia tiene espacios de libertad y no lo haya hecho en Cuba, donde hay poco espacio de libertad. Uno tiene que decir la verdad cuando sea necesario”, sostiene.

Durante un periodo de varios años tres papas pasaron por Cuba. Con cada una de las visitas las expectativas fueron enormes. Desde aquella memorable frase de Juan Pablo II ‘No tengan miedo’ ha pasado algún tiempo. El éxodo de los jóvenes cubanos parece desmentir cualquier idea de esperanza dentro de la isla. El legado de los papas no se evidencia con claridad.

“Cada visita ha tenido su característica y dejó su propia impronta”, dice Conrado. “El encuentro de Juan Pablo II con la gente fue algo extraordinario; y también la dulzura y sencillez de Benedicto XVI. Siempre significó un alivio en medio de una situación extremadamente difícil. Tuve la oportunidad de cubrir como periodista la vista de Juan Pablo II y cuando le preguntabas a la gente respondían que se habían sentido libres y felices por primera vez”.

El padre cuenta que pudo hablar con el obispo de Camagüey, Juan de la Caridad García Rodríguez, actual arzobispo de La Habana y este le fue nombrando las muchas cosas que cada grupo esperaba de la visita. “Le dije que eso era imposible. Efectivamente, me dijo, el Papa no vino a resolver esos problemas. Con su presencia, vino a darnos fuerzas para que sigamos luchando y nos hagamos responsables. La visita de Juan Pablo II fue sumamente coherente y significó un análisis profundo de la realidad cubana, porque él hablaba desde su experiencia del comunismo en su patria, Polonia”.

El padre Conrado cree que “eso no se dio tan claramente en las demás visitas. Francisco fue demasiado generoso con el Gobierno cubano al destacar su papel como mediador internacional, cuando en el pasado ese mismo país propició los conflictos: el caso de Colombia es un ejemplo. Pero logró sintonizar con la gente y despertó mucha simpatía, mostró mucho sentido humano como pastor de un pueblo que sufre”.

En otros momentos el padre José Conrado ha mencionado la existencia de una crisis espiritual en Cuba. Dagoberto Valdés, director del Centro de Estudios Convivencia, lleva años hablando del “daño antropológico”. Parecería que las visitas papales no alcanzan y que la Iglesia tampoco da abasto para enfrentar exitosamente este mal que se presenta como el mayor obstáculo para una futura reconstrucción del país.

Conrado estima que eso refleja las dificultades a los que se enfrenta la Iglesia. “Estamos en presencia de un pueblo tocado por cosas muy negativas. Puede llamarse de diversas maneras, pero es la consecuencia de lo que le sucede al ser humano cuando es sometido a los mecanismos de un poder totalitario”, afirma. “Un hombre frustrado, frustrante, incompleto, lesionado. Eso requiere una gran sabiduría, paciencia, para salir de ese estado”, acota.

La situación social y económica de Cuba engendra monstruos. El delito (la “lucha”) se generaliza y se asume como natural; también el envilecimiento y la pérdida de valores. En esas condiciones, casi infernales, la Iglesia lleva a cabo una labor espiritual con enormes sacrificios y carencias. Ella se convierte, como institución, en la única reserva moral de la nación. Y cualquier idea de cambio —porque este debe de llegar algún día— pasa necesariamente por su aporte para curar y, a la vez, alentar la resurrección de lo mejor del hombre.

“Hay una frase —recuerda el padre— que se escucha entre nosotros, que viene desde tiempos de la presidencia de Gerardo Machado. Y es “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”. Lezama Lima hablaba de que el cubano construye sus grandes catedrales en la tierra del futuro. La futuridad forma parte esencial de la idiosincrasia del cubano: ‘hoy estamos mal, pero mañana estaremos mejor’. Yo soy un hombre de utopías, de sueños, de proyectos”, afirma.

“La Iglesia es necesaria para sostener, acompañar, fortalecer, mantener viva la esperanza. Sin esperanzas estamos muertos. La esperanza no puede ser virtud de la pasividad, de vivir sin compromisos. Para los cristianos es el impulso a la acción necesaria para lograr el bien del hombre, que es lo que Dios quiere. La Iglesia tiene un papel para este momento, y otro papel para el momento de después: llenar, con la fuerza del Espíritu Santo, los corazones de los fieles para que sepan construir un futuro que, aunque lejano y difícil, debe conseguirse”.

El padre José Conrado Rodríguez nació en San Luis, Oriente, en 1951. Realizó estudios sacerdotales en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana y fue ordenado sacerdote en 1976. Sus cartas a los gobernantes Fidel Castro y Raúl Castro, le ganaron exilios: en 1997, cuando fue enviado a España a estudiar Teología, Filosofía y Periodismo; y en 2013, cuando fue trasladado a una parroquia de Trinidad, adscrita a la Arquidiócesis de Cienfuegos, para que escribiera un libro sobre la Virgen de la Caridad del Cobre. Conrado es muy querido y respetado en Miami, sobre todo, por haber mostrado en su trayectoria un difícil y poco frecuente equilibrio entre fe, sacrificio y amor a la Iglesia, por un lado, y honestidad, valentía y compromiso ciudadano, por otro. El jueves 26, a las 7:00 pm, presenta su libro Sueños y pesadillas de un cura en Cuba en el Museo de la Diáspora Cubana, 1200 SW Coral Way, FL 33145.Teléfono: (305) 529-5400. Diario Las Américas conversó con el sacerdote sobre su libro y otros temas de interés.

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