DARCY BORRERO BATISTA
ESPECIAL

MIAMI.- Daniela está parada tras el mostrador de una gasolinera de Miami; la barriga pesándole ocho meses, pero ella ahí, de pie para atender a los clientes que llegan. Más o menos así ha sido durante los últimos 90 días: 12 de las 40 semanas que dura, aproximadamente, un embarazo. Hace turnos de ocho horas, lo mismo de día que de madrugada, pasa la mercancía por el aparato codificador y echa el dinero a la caja o bien introduce las tarjetas magnéticas en el post.

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Solo quienes vienen con frecuencia notarían un cambio en la rutina de Daniela. Objetos y dinero ahora tienen un filtro que antes no tenían: guantes de nylon que cubren las manos de la embarazada. Debe usarlos, más o menos como todo el mundo, para evitar el contagio con el COVID-19, la pandemia que ha cobrado alrededor de 15.000 vidas en varios países este primer trimestre de 2020. Solo en la Florida, donde Daniela reside desde que emigrara de Cuba, el número de casos positivos al virus sobrepasa los dos millares y obliga a la mayor parte de la población a mantenerse en sus hogares.

Daniela no forma parte de esa mayoría. Espera que en cualquier momento le digan que vaya a casa, a cuidar de ella y de su bebé. Espera que le paguen su salario debido a que la crisis humanitaria no es culpa suya ni de nadie más allá de la teoría de la conspiración.

“Ojalá lo hagan ya” —me dice con cara de cansancio, mientras entre un cliente y otro aprovecha para comerse un sándwich. Sin quitarse los guantes, logra comerlo casi completo antes de que venga alguien más al mostrador. El tiempo hasta que entre un nuevo cliente no será mucho pero no por eso la jornada transcurrirá más deprisa. Daniela no termina hasta las 8 am. A esa hora deben relevarla y probablemente lo haga otra cubana: Minerva, con edad para ser abuela del bebé por nacer.

Minerva llegó a Estados Unidos hace 39 años y lleva sin ir a Cuba el mismo tiempo. Van a cumplirse 40 el próximo 25 de abril. Llegó con la cabeza llena de piojos, dice, después de haber pasado junto a su hermana tres semanas en la Embajada del Perú en la isla. Fue, en toda regla, una de las protagonistas de la crisis migratoria de los ´80 en La Habana y Mariel. Minerva es una de las 10.800 cabezas que no convenían entonces al socialismo cubano. Cabezas cuyos cuerpos balearon con huevos y palabras en mítines de repudio; les llamaban escoria mientras Fidel Castro dictaba: “no los queremos, no los necesitamos”; “que se vaya la escoria”; “Pin-pon-fuera-abajo-la-gusanera”.

La mujer acaba de cumplir tres años de trabajo en esta gasolinera. Se ha ido y ha vuelto, explica. Pareciera que alguna consideración le tienen sus jefes si la dejaron regresar, pero no es esta la única explicación para que la hayan aceptado de vuelta los que ahora mismo no contemplan cerrar la gasolinera. No contemplan cuarentena para Minerva. A ella tampoco le toca ese “favor”, sino que sus medidas de protección se limitan a llevar guantes y nasobuco. Nada más.

Minerva, que es mujer inmigrante, de la tercera edad, no tiene derecho a cuarentena. Daniela, que es mujer inmigrante, embarazada, no tiene derecho a cuarentena. No en esta ciudad, no en este país que hasta el domingo registraba 43.901 casos confirmados del COVID-19 y 557 muertes. No mientras trabajen en esta gasolinera. No mientras las medidas del Estado de Florida no incluyan el cierre de las gasolineras. No mientras el Gobierno Federal se mantenga al margen. Para el presidente de la nación, Donald Trump, cerrar escuelas y negocios, enviar una suma de 1000 dólares a cada residente o ciudadano, debería ser suficiente. Daniela y Minerva son dos unidades que poco alteran las estadísticas.

Tampoco debería alterarlas —según la lógica del presidente— Alexei, cubano radicado en Las Vegas. El treintañero sobrevive frente al timón, haciendo Uber, ese servicio de taxi que se ha popularizado en el mundo y que ahora, con coronavirus, evidentemente pierde rentabilidad. Alexei entendió que era mucho mayor el riesgo al que se exponía que los dólares a embolsillarse. Para entenderlo le hizo falta más que la lógica: emoción. Tras haber transportado clientes de un punto a otro de la ciudad, sintió un malestar que lo colocó en emergencias, aplicándose un test para detectar el virus causante del COVID-19.

El que se le aplicó, después de haber demostrado con sus síntomas que lo requería, fue el llamado “CDC 2029-Novel Coronavirus (2019-nCoV) Real-Time Reverse Transcriptase (RT)-PCR Diagnostic Panel”, aprobado por la FDA el 3 de febrero ante la situación de emergencia. No precisamente porque estuviera avalado, sino porque era lo único hasta ese momento con potencial de diagnóstico. Aún los expertos trabajan en la creación de un examen más efectivo: la serología, que busca anticuerpos y permite su detección incluso en la fase asintomática.

Es lunes 23 de marzo y Alexei prepara el almuerzo junto a su esposa en algún apartamento de Las Vegas. Llevan horas de cierta ansiedad esperando la respuesta. Al mediodía ambos respiran con alivio, se dedican el tiempo de la cuarentena. Test negativo al COVID-19. De todas formas, Alexei dejó de hacer Uber durante los últimos días.

Alexei es hombre migrante, menos de 40, padre. Trabajador informal. ¿Su cuarentena de qué o quién depende? ¿Qué representa la suma de unos 3000 dólares que debe enviar el gobierno a su casa en Las Vegas? El presidente indicó que habría exoneración del pago de la renta y los bills (cuentas). Pero dejar de trabajar no era una opción para este cubano que además de los gastos corrientes en el país de acogida, envía remesas a sus familiares en Cuba. El coronavirus, si acaso, viene a reforzar la medida de restricción de remesas a la Isla impuesta el pasado año por Donald Trump.

Desde el otro lado, donde viven apertrechados los viejos de los cubanos-americanos, viejos calificados como población de alto riesgo ante el virus, algunos han decidido firmar una petición al hombre de la Casa Blanca: un respiro en las tensiones EE.UU.–Cuba. Solicitan un respiro para el pueblo cubano y sus abuelos, que son mayoría en la nación caribeña, la de población más envejecida de América Latina. Del mismo modo, la presión social en Cuba durante los últimos días, devino motivo suficiente para que se declarara un cierre de fronteras, efectivo a partir de este martes. Turistas de salida, residentes en Cuba de entrada, solo eso. Para este momento más de 35 casos son noticia en la isla caribeña.

No obstante, poco les importan a muchos las tensiones entre ambos estados. Minerva rompió con lo que llama castrismo hace demasiado tiempo. A Daniela le es más o menos indiferente. Los abuelos, en cambio, no le son indiferentes. Aunque estas mujeres no tengan cuarentena, son capaces de exigir la que merecen sus viejos, a 90 millas. Porque las 90 millas entre capitalismo y socialismo sirven para confirmar, de ambos lados, la polarización persistente pero también la cercanía emocional.

En los subterfugios mentales que atraviesa un migrante, la percepción de que el COVID19 fuera solo un pretexto más para defender pasiones ideológicas, abisma. ¿Es real esa percepción? ¿Cómo cumplir el rol de migrante cubano en USA en medio de una pandemia que podría diezmar las poblaciones de varios países?

En Cuba no ocurre nada que no esté relacionado de algún modo con Estados Unidos. A la pobre isla bloqueada e indefensa no le gusta mirarse a sí misma porque tiene un marido abusador que siempre paga culpas, aun cuando las autoridades pacten con la ignorancia para dar crédito a lo que se halla más en el orden de lo desiderativo que de lo real: ¿el sistema de salud cubano está listo para el contagio masivo de la mayor parte de los 11.2 millones de personas que cubre? ¿Lo están las familias, atascadas en el diario lidiar con el transporte público y la escasez de productos básicos? Mucho menos podrán estarlo sin las remesas. ¿Será que, en parte, los efectos de esta crisis epidemiológica en Cuba dependerán de quiénes sean mayoría: los Alexei o las Danielas y Minervas?

Acá y allá, los gobiernos han previsto la cuarentena, independientemente de quienes puedan o no hacerla, por 30 días, más o menos el tiempo que necesita el bebé de Daniela para venir al mundo. Si llegará a un mundo con coronavirus es difícil predecirlo. Que esté a salvo no depende solo de la placenta de su madre.

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